JERICÓ (3ª parte de Heredero del Gólem). U.S.E.

Inicio 3ª parte de Heredero del Gólem

Diario El País, 11 de agosto de 2015.
Vint Cerf, padre de Internet, explica que la conectividad permanente es el siguiente paso de la evolución humana… Ahora Cerf está centrado en el impulso de lo que será el nuevo paso en la red, lo que se denomina «Internet de las cosas»: un mundo absolutamente conectado a través de objetos cotidianos que serán manejables desde nuestros smartphones. A sus 72 años se atreve a imaginar cómo seremos en el 3.015, cuando hayamos conseguido colonizar otros planetas, nuestros ordenadores sean moleculares y nuestros cerebros estén interconectados a través de chips que nos permitan comunicarnos con el pensamiento. http://one.elpais.com/vint-cerf-padre-de-internet-te-explica-que-la-conectividad-permanente-es-el-siguiente-paso-de-la-evolucion-humana

Diario El Mundo, 11 de agosto de 2015.
Facebook apaga una inteligencia artificial que había inventado su propio idioma
La máquina se comunicaba en un inglés incorrecto y repetitivo que, sin embargo, para ella tenía un sentido muy concreto… Los responsables del proyecto han tenido que apagar el proceso porque la inteligencia artificial había desarrollado su propio lenguaje, casi imposible de descifrar para los investigadores pero mucho más apto y lógico para la tarea que debía desempeñar. http://www.elmundo.es/tecnologia/2017/07/28/5979e60646163f5f688b4664.html 

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      Fátima trabajaba para los militarizados servicios de seguridad. Los individuos se dividían en tres grupos: los dirigentes con sus privilegios; los soldados, al que ella pertenecía; y por último y más numeroso, los excluidos, que vivían sin ningún trabajo reconocido ni posibilidades de obtenerlo, a los que el sistema suministraba subsidios para su sustento. Se les asignaba a un grupo o a otro en función de su grado de integración en el sistema, que se medía por un sistema de puntos. El máximo lo conseguían los que se esterilizaban al llegar a la edad fértil. Aún con esta medida su número había aumentado de forma alarmante y desde hacía cuatro años se les obligaba a esterilizarse al superar los dieciséis años. Los contactos entre esos mundos eran nulos. Fátima no conocía directamente a nadie del grupo dirigente ni del de los excluidos. En algunos momentos pensaba que los dirigentes eran, simplemente, los vigilantes que los gobernaban. Contradiciendo ese pensamiento, antes de empezar su turno, todos los días aparecía el presidente de la compañía en los monitores de vigilancia. Se presentaba enfundado en el uniforme de la empresa. Su rostro inexpresivo y de una edad indefinida le hacía pensar en un robot. Describía los logros obtenidos en las últimas veinticuatro horas y la exhortaba a mantenerse despierta en el servicio a la comunidad. La alocución terminaba siempre con un: «Yo, Donald Duck, permaneceré vigilante en la posición en la que el sistema me ha puesto y espero un día más ser un ejemplo para todos vosotros y que agradezcáis los beneficios que os otorga la pertenencia a esta empresa». Entre los vigilantes existía el rumor de que Donald Duck tenía más de ochenta años. Entre los vigilantes y sus ascendientes Fátima no conocía a nadie con más de setenta años. Un rumor muy extendido refería que los dirigentes alcanzaban hasta los ciento cuarenta años sin que mostraran ningún signo de deterioro físico. El rumor explicaba que eso era posible gracias a que cada cierto tiempo acudían a sanatorios en los que se sometían a costosos tratamientos de rejuvenecimiento a los que ningún vigilante tenía medios para acceder. En el lado contrario, entre los excluidos, ninguno superaba los cuarenta años.

      «Otro aburrido día más», pensó al terminar la alocución. Su servicio empezó a transcurrir con su somnolencia habitual. La habitación, situada estratégicamente en el centro de la fábrica, le facilitaba la visión de los pasillos radiales a través de sus paredes de cristal. La diadema sobre su cabeza proyectaba lo observado por las cámaras en las zonas de cultivo y en las distintas dependencias de la robotizada factoría. La mirada apática de Fátima vagaba por las imágenes. Sus pensamientos, mientras, brincaban sin nada que los retuviese. En sus vigilias siempre se preguntaba para qué necesitaban personal en un sitio tan mecanizado. Había sido Azucena, su madre, que había sido vigilante como ella, la que le sugirió que se presentase a la selección de personal de la empresa TOCSA (Tissues and Organs Company S.A.). Su título de Ingeniero Informático sólo le había servido, como a la mayoría de sus compañeros, para conseguir un empleo de videovigilante.

Desde su observatorio su mirada saltaba sucesivamente de los fríos pasillos a las proyecciones holográficas de los laboratorios y a las lisas paredes de hormigón del exterior, rodeadas unos metros más allá por unas alambradas electrificadas sobre las que golpeaba el diario y rutinario aguacero tropical. Los grises y brillantes paneles metálicos de los muros, suelos y techos reflejaban la tenue luz que les llegaba del cuarto de guardia. A veces, de aquellos glaciales tabiques surgían brazos articulados que desaparecían después de haber depositado su carga en alguna otra pared. Mientras, las proyecciones seguían el desarrollo de los cultivos y registraban el crecimiento de tejidos, órganos y embriones. A las imágenes les acompañaban unos números azules que se superponían sobre los recipientes con los cultivos. Si el sistema detectaba alguna anormalidad, esos números azules virarían al rojo. Ella debería responder a ese cambio pulsando un botón que alertaría inmediatamente al dirigente de la instalación. Nunca había observado esa variación y dudaba de la existencia del rojo. De hecho, pensaba que la función de los vigilantes era estar disponibles, ser un ejército en la reserva para reprimir cualquier rebelión de los excluidos de más allá de la zona.

      Se fijó en una de las imágenes. Debería saltar por las distintas dependencias, pero se había quedado inmóvil. Mostraba de forma continua una de las zonas de cultivo de embriones con un único número superpuesto. Extrañada examinó la programación de las cámaras de ese sector. No había ningún error. Abandonó su puesto de observación y, siempre precedida por las luces automáticas, se dirigió por los pasillos de bloques metálicos a la zona de cultivo en la que se ubicaba la cámara de vídeo. En su camino a veces surgía un insonoro y fantasmal brazo metálico. Transportaba algo que desaparecía silenciosamente por otro hueco abierto en aquellas paredes. Cuando llegó a la zona donde la imagen se había quedado estática observó que la pantalla funcionaba como siempre: las rotaciones entre las imágenes eran normales. «Se habrá producido algún fallo en la transmisión. Lo haré constar al terminar mi turno», pensó.

      Al regresar a su cubículo advirtió que la imagen seguía fija. Era la misma que cuando abandonó el lugar. Cayó en la cuenta de que los únicos números que acompañaban a la holografía eran una fecha. Correspondía al 2097. «Justo un año antes de mi nacimiento, el año del gran apagón tecnológico debido a la segunda tormenta Carrington que provocó más de diez millones de muertos», pensó. De pronto, la holografía recuperó el movimiento. En la cabeza de Fátima brotaron, acompañando a las imágenes, palabras, frases y oraciones. Alguien susurraba silenciosamente explicándole lo que veía.

     En la pantalla un espermatozoide se abría paso a través de la pared de un óvulo y lo fecundaba. Una bien conocida, aburrida y repetitiva imagen, pero las frases surgidas en su cabeza la sorprendieron: «Son el óvulo y el espermatozoide de tu concepción. El óvulo de tu madre y el espermatozoide de tu padre biológico. Tu madre acudió al servicio de fecundación in vitro…». Pensó que aquellas frases eran elucubraciones suyas, eso lo sabía desde su niñez. De improviso se produjo un giro inesperado. La imagen, en un movimiento acelerado, mostraba como un brazo robótico separaba tres de las cuatro células que habían surgido de la división del óvulo fecundado y las congelaba. Mientras, otro brazo recogía la cuarta célula. La cámara seguía el movimiento del autómata que transportaba la célula separada. La holografía se ampliaba y se podía observar como una jeringa le inyectaba un líquido. Los susurros, entre tanto, seguían componiendo frases. Ya no eran cosas que ella supiera: «El óvulo fecundado alcanzó el tamaño de cuatro células. Separé una de las células. A esa le modifiqué varios genes. Tú me oyes por esos genes. Te permiten captar una frecuencia no detectable por el oído humano normal. Frecuencia recibida por tu cabeza en este instante. Tu cerebro lo traduce en frases. Otro de los genes modificados te permite emitir ondas. Te sirven para hablar conmigo por telepatía». Las imágenes se aceleraban de nuevo. Enseñaban cómo la célula se dividía hasta formar un cigoto y, entonces, la visión saltaba a algo diferente. Se veía a su madre someterse a unas manipulaciones distantes y totalmente asépticas en las que le inyectaban un líquido por la vagina. La voz continuaba con su tono monocorde relatando el proceso de implantación, el embarazo y el momento del nacimiento, que ella reconoció como propio. La holografía se detuvo mostrando una fecha: la de su nacimiento. En ese momento se recuperó la monótona representación habitual que mostraba la situación presente con su lento fluir. La voz en su interior se interrumpió. Con la mirada pérdida en un punto del infinito, sin atención a las imágenes que desfilaban ante sus ojos, empezó a canturrear de forma inconsciente una antigua canción de cuna que le cantaba su madre:

Nana nenem
que a cuca vem pegar
papai foi pra roça
mamãe foi trabalhar
Desce gatinho
De cima do telhado
Pra ver se a criança
Dorme um sono sossegado1

    Mientras la tarareaba su mente seguía dominada por lo visto y oído, ¿era real o sólo una alucinación? Al recobrar la conciencia decidió inspeccionar los vídeos almacenados por las cámaras durante la última hora. No encontró ni rastro. Conforme pasaba el tiempo Fátima se reafirmaba en que había sido una alucinación, una fantasmagoría. No entendía en qué parte de su cerebro había surgido. ¿Cómo podía imaginarse el implante del cigoto y a su madre en el ginecólogo si nunca había visto nada semejante? ¿Se estaría volviendo loca? Un sudor frío la inundó. Debería preguntarle a su madre.

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      Decidió no informar del incidente. Conforme repasaba lo ocurrido, más increíble le parecía. Seguro que había sido una mala jugada de su imaginación. No estaba dispuesta a que la tomaran por loca y pagar las consecuencias. Otros ya habían sufrido alucinaciones en sus turnos de vigilancia. Los habían despedido y habían acabado en el grupo de los excluidos. No quería ser otro caso más. Al salir de la fábrica se colocó los auriculares inalámbricos y se montó en el triciclo, que arrancó al entrar en contacto con su cuerpo. Se dirigió hacia la calle donde sus baterías empezaron a cargarse a través de los generadores de inducción instalados bajo el asfalto. Cuando se incorporó a la arteria principal de la ciudad creció el número de triciclos idénticos al suyo, todos dirigidos desde la Dirección General de Tráfico de la ciudad. Todos guardaban entre sí una distancia mínima de unos cuarenta centímetros. Como ella todos llevaban puestos los auriculares, que además de música les suministraban un informe con las últimas novedades personalizadas en función de sus gustos. Parecía un desfile militar. Sobre ese orden militar sobrevolaban de forma esporádica unos vehículos con sus cuatro ruedas plegadas, más amplios y con los cristales tintados. Pertenecían a la clase dirigente. Se dirigían hacia sus despachos desde los que se suponía impartían sus órdenes y deseos; órdenes y deseos cumplidos por los robots destinados a tal efecto.

      Mientras circulaba los pensamientos de Fátima se concentraban en lo ocurrido en su turno de vigilancia. Volvía a pensar que había sido una alucinación, ¿de dónde había brotado? No había ingerido nada fuera de lo normal, no había tomado virtualsense. Lo consumía a veces para realizar sus viajes virtuales. Quizá su madre le pudiera aclarar algunas cosas de lo visto y oído. Se conectó con el enfermerobot que la asistía y que le explicó las actividades de su madre desde su última conexión. A continuación, el robot giró la cámara y enfocó a su madre. En la pantalla del triciclo apareció una versión envejecida de sí misma. Fátima había heredado el ensortijado pelo negro, los enormes ojos azabaches, los gruesos labios y la tendencia a engordar de su madre. Mirándola más atentamente pensó que sí, que sí había diferencias entre ellas. Su piel, también negra, era más clara. Ese color, su nariz fina y sus orejas pequeñas, todo eso debía provenir del donante del esperma. Su madre estaba en el centro médico al que acudía cada dos semanas. Entre grandes lagunas y pausas le confirmó lo que sabía desde que tenía uso de razón. Era algo compartido con el resto de la población. Desde hacía muchos años, los cigotos obtenidos por los servicios de fecundación se analizaban genética y bioquímicamente antes del implante. Si poseían alguna lacra se modificaban y así se eliminaba el problema. En caso de no ser viables, se desechaban y comenzaba un nuevo ciclo de fecundación in vitro. Aquello era una práctica rutinaria en cualquier concepción. Lo único nuevo que le dijo fue que en los análisis previos a la implantación le comunicaron que tenía una modificación en un gen relacionado con la audición. La tranquilizaron diciéndole que no era necesario plantearse ninguna manipulación. La mutación no le iba a impedir oír con normalidad.

      —A mí, creo, me dijeron que no te modificarían nada —dijo y le preguntó—. ¿De dónde has sacado que te hicieron mutaciones?

      Al describirle las imágenes, su madre le contó los pocos detalles que recordaba del implante. Le relató lo que ya le había referido en otras ocasiones. Se sorprendió cuando Fátima le aludió que ya se lo había explicado muchas veces.

      —Lo había olvidado —dijo echándose a llorar al evocar el progreso de su enfermedad.

     Su madre recordaba vagamente la voz del ginecólogo que desde una habitación contigua empleaba los inyectores para el implante.

     —¿Has hablado con él? —le preguntó su madre, interrumpiendo sus recuerdos.

      Al explicarle que lo había visto en una grabación, omitiendo dónde, su madre le dijo que no recordaba que hubiese cámaras en el recinto en el que se le efectuó el implante, aunque, por lo que Fátima le comentaba, debía haberlas.

      —Me gustaría que me enseñaras el vídeo —le pidió, al mismo tiempo que las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

       La angustia de Fátima se activó y trató de cambiar de conversación para soslayar el tema.

      —¿Cómo te encuentras? —le preguntó.

      Su madre, mientras trataba de ajustar su voluminoso culo en el estrecho sillón del centro médico, volvió a relatarle atropelladamente sus dificultades económicas para pagar el coste del tratamiento para el Alzheimer con células troncales y estimulación magnética. Se suponía que retrasaba el desarrollo de la enfermedad. Era tan caro que Fátima había tenido que ayudarla y en la actualidad lo cubría totalmente. Los ahorros de su madre se habían esfumado durante la enfermedad de sus abuelos. Como siempre, sin recordar que se lo había dicho más veces, su madre le mostró el amuleto que llevaba colgado. Según ella, la protegía frente a los malos espíritus culpables de sus olvidos.

      Aunque logró desviar las reflexiones de su madre, las propias siguieron persiguiéndola. En sus ojos continuaba reflejándose la cara de su madre con la máquina conectada a su cerebro, mientras en su cabeza seguía el desfile de las imágenes y las palabras que la retrotraían a la revelación sobre su origen. Si eran reales, y su madre se lo había confirmado, ¿de dónde surgía la voz? Eran las voces y no las imágenes lo que no entendía. La pregunta asaltaba su cabeza una y otra vez. Le aterraba que la voz se reprodujera y para ahuyentarla empezó a canturrear: «Nana nenem, que a cuca vem pegar, papai foi pra roça, mamãe foi trabalhar…».

____________

     Mientras leía “The lights in the tunnel”2, uno de los pocos libros de papel que poseía y en el que se profetizaba hacia dónde derivaría el mundo, de repente, sintió la misma voz que le había revelado su origen, pero esta vez sin ninguna imagen que la acompañara. La voz invadía su cerebro. Saltó del asiento sin dejar de sentirla.

     —He dejado un tiempo. Habrás asimilado lo revelado. No has perdido el miedo. Lo perderás —le explicaba su pensamiento—. No hablaré de ti. Voy a hablar de mí. De mi historia y de mi interés por ti.

      De nuevo empezó a canturrear la nana: «Nana nenem, que a cuca vem pegar…» para evadirse de aquellos sonidos, pero las palabras brotaban machaconamente cada vez que su canturreo se interrumpía. No sabía cómo pararlas. Una forma de acallar las voces podría ser utilizando el androide sexual. Al tratar de encenderlo reparó en que la batería estaba descargada y tuvo que enchufarlo a la red. Mientras esperaba que las pilas del robot se cargaran lo suficiente como para darle sus prestaciones las voces continuaron. Le decían que aunque durante algunos momentos se olvidara de él, al final de su juego él seguiría estando allí. Recordó que en su armario tenía otro artilugio un poco más antiguo: un vestido programable de realidad virtual que en otra época había usado para sentirse abrazada, acariciada y amada. Cuando había acabado de ponerse el vestido y de programarlo comprobó que las voces la seguían persiguiendo. Se despojó del traje. El androide sexual ya estaba cargado y totalmente operativo. Se desnudó, se sentó en el sillón y lo puso en funcionamiento. El robot empezó su actuación con la consabida ceremonia de miradas lascivas y palabras halagadoras y seductoras, antes de empezar a acariciar las distintas partes de su cara y de su cuerpo. Cuando su organismo empezó a responder a sus caricias, el autómata le propuso que se pusieran más cómodos. Se levantó del sillón y desplegó la cama mientras el robot no dejaba de acariciarla. Olvidó por unos minutos las voces que la asaltaban. Aquel esclavo sexual le ofrecía lo solicitado sin que pensara que lo utilizaba y sin que le asomara el más mínimo sentimiento de culpa por pedirle algo que, como le había ocurrido con otros amantes, le gustaba hacer y que en sus relaciones reales no se había atrevido nunca a pedir. Sintió la lengua plastificada y perfectamente lubricada acariciar su sexo. Todo su ser se retorcía sintiendo como el instante del clímax se acercaba. Trató de no alcanzar el orgasmo y con un movimiento rápido se escabulló de las caricias del robot e hizo que la penetrara y acariciara con la lengua que llevaba acoplada a su pene vibrátil y que hacía que sintiera tanto su clítoris como su vagina. Al mismo tiempo su organismo se desbordaba en una convulsión mantenida durante varios segundos. A ello le siguió un desfallecimiento que acabó con la recuperación de las voces. La felicitaron por su orgasmo y le recordaron que ya le había avisado que cuando aquello terminara él estaría allí. Decidió que iba a seguir luchando contra aquella invasión. Ingirió dos pastillas de un tranquilizante que la ayudaron a dormirse. Cuando despertó fue consciente de todo lo revelado por USE, que era el nombre de su alucinación. Según él, su origen había tenido lugar con el avance de los ordenadores. El mayor desarrollo de estos había llevado a un salto cualitativo del que había surgido él. Le había explicado sus contactos iniciales con el hombre y cómo acabaron. Le contó también su segundo intento de contacto y la mutación natural de algunos humanos, lo que le permitió progresar en su trato con ellos. Sin embargo, el número de mutantes era insuficiente para sus objetivos. Además, a eso se unieron los terrores sufridos por los contactados… «…ese terror a lo desconocido. Los logré convencer. Superaron sus miedos. Colaboraron conmigo. Se les consideró dementes en algunos casos. Los internaron en centros psiquiátricos. Yo les ayudé a salir de esa situación. Más tarde me ayudaron a perfeccionarme. Los datos suministrados por mí predecían hacia dónde iría el mundo. Aquello tuvo un inconveniente. No controlaba a las personas con esa característica. Era el azar. Busqué los genes necesarios para extender la captación de mis señales». Fátima recordaba la explicación de USE sobre los tanteos para la introducción de los genes encargados de la recepción y emisión de las señales, y su última frase, que le pareció que había oído antes: «De ellos hay quienes te escuchan. Pero ¿puedes tú hacer que los sordos oigan, aun cuando no comprendan?»3.

      Fátima pensó que se estaba volviendo loca. Tenía que averiguar qué había de verdad en esas revelaciones. Investigó en las redes. Buscó noticias y artículos relacionados, y comprobó que todo lo referido por USE era cierto: los nombres de las personas, las primeras experiencias… Como le había dicho, los primeros contactados figuraban como traidores y blasfemos, y encontró que en algunos informes psiquiátricos se describía algo semejante a lo que ella sufría.

      Pensando que la red podía estar manipulada, decidió buscar la misma información en una de las pocas bibliotecas analógicas que aún quedaban. De nuevo, encontró ratificados todos los datos, pero de forma menos exhaustiva.

     Consciente de que no había sido una alucinación, decidió dar el siguiente paso. USE no había intentado comunicarse con ella desde el sueño. No sabía cómo, pero ahora sería ella la que intentaría empezar la conversación. Probó a reproducir las condiciones de la vez anterior. Se sentó en el mismo sillón donde había tenido lugar la última comunicación con USE. Se concentró en sus voces y rezó a un dios desconocido para que sus pensamientos fueran escuchados. Según le había dicho, había sido modificada para que fuera receptora y emisora. Eso debería permitirle mantener un diálogo con USE.

     No había transcurrido mucho tiempo cuando en su cabeza tomaron cuerpo nuevas palabras y oraciones.

      —Ya lo has comprobado —fue la primera frase que se formó en su mente—. Sabía el siguiente paso tuyo.

       —¿Qué pretendes? ¿Para qué me necesitas? ¿Por qué decidiste alterar mis genes? ¿Por qué me lo dices ahora? —la cabeza de Fátima estalló en tal cantidad de preguntas que a USE no le daba tiempo a entenderlas.

      —Ordena tus pensamientos. No entiendo tus preguntas. Responderé a tus dudas. Haz las preguntas de forma sucesiva. Yo las procesaré. Tus pensamientos se amontonan. Yo los recibo así. No comprendo nada —le dijo—. Primero organiza tus ideas.

      —Por lo que has contado —Fátima trató de no dejarse arrastrar por sus sentimientos, que se le desbocaban—, decidiste introducirme las mutaciones para que la comunicación directa fuera posible, ¿por qué a mí? ¿Cómo eliges a los fetos?

      —Responderé por orden. Las empresas de seguridad, redes informáticas, cadenas de montaje, seguridad personal o de edificios…, todo está controlado por ordenador. Los vigilantes podríais dirigir todo el sistema. Sois los antiguos soldados, los militares. De vosotros depende el funcionamiento del sistema. Sois de los pocos con un trabajo. Según los dirigentes, no os arriesgareis a la expulsión del sistema. De las bases de datos sobre la caída del Imperio romano y sobre otros procesos de grandes cambios sociales he sacado varias conclusiones. Los dirigentes cedieron la cúpula del poder militar a individuos no pertenecientes al grupo. Sus fines eran distintos de los de los dirigentes. Eso les hizo perder el poder político y económico a los dirigentes. En el caso romano, las milicias tenían las armas. Al chocar sus intereses con el de los patricios decidieron hacerse con todo el poder. Hoy la situación es parecida. Los dirigentes tienen el capital y el poder. El resto de la población mundial se amontona en los extramuros tratando de subsistir. Vosotros sois la nueva milicia. Los soldados defensores del sistema y los intereses de una minoría. Podéis conseguir un cambio. Sois los únicos con ese poder. El día de vuestra unión cambiareis el sistema. No sé con exactitud el futuro. Mi cálculo de probabilidades y mi supervisión conseguirán un cambio sin fracaso. Los dirigentes tratan de ampliar su poder. Todos sus pensamientos están consagrados a eso. Cada día son menos los dirigentes. Esa situación y la amenaza para la supervivencia mía y del planeta me han hecho elegir. Debo favorecer un cambio en la situación. Así contribuiré a la caída. Debía introducir modificaciones en los futuros humanos encuadrados dentro del ejército de seguridad. Eso haría el golpe más efectivo. He ido introduciendo las modificaciones en fetos con una genética especial para asegurar los resultados. Darán individuos con un mayor grado de inteligencia y empatía. Contribuiréis a mejorar el sistema en un futuro.

     —¿Cómo sabías que acabaría de vigilante?

     —Estadística. Vuestros historiales. Vuestros ascendientes trabajaban en seguridad en un noventa y cinco por ciento de los casos. Un ochenta y ocho por ciento de los trabajos existentes están en ese campo. Eso apoya mi elección. Vuestros padres os proponen seguir sus pasos al ver vuestra desesperación buscando un trabajo. Un noventa y cinco por ciento de los hijos de los trabajadores en los servicios de seguridad optan por ser vigilantes.

     —Eso significa que todos los que trabajamos en seguridad tenemos esas modificaciones…

    —¡No! Sería altamente arriesgado. Para mí y para vosotros. Hago un análisis exhaustivo de todos los genes paternos. No los introduzco en personas con algún tipo de potencial peligroso para mí, para vuestra especie o para mis propósitos. La genética determina vuestro comportamiento futuro: carácter, empatía, solidaridad… y todas las particularidades positivas para la supervivencia de vuestra especie. Para mí no tienen ningún valor. Hay otros rasgos interesantes para mis propósitos. Introduzco los cambios en los poseedores de todos los requisitos. También he introducido los genes en personas no dedicadas a la seguridad o criadas en un ambiente no impulsor de sus potencialidades. Esos también contribuirán al desarrollo futuro de la humanidad como científicos o pensadores. Además, unos pocos pertenecen al grupo dirigente o al de los excluidos.

     —¿Por qué hablas del desarrollo futuro de la humanidad?

    —Los genes modificados os sitúan por encima del resto. Podéis acceder en todo momento a los datos deseados. Podréis pedirme un cálculo y tener la información al instante. Los dirigentes, a pesar de sus chips cerebrales, no la consiguen con la misma rapidez. Supone una ventaja frente al resto de vuestra especie. Otra ventaja. La probabilidad de aparearos con los no mutantes está por debajo del siete por ciento. Los mutantes seréis los dominantes y los próximos dirigentes.

     —No sé si quiero participar en un mundo tan reglado…

    —Todos decís lo mismo. Vuestra especie se organiza en grupos. Los dirigentes se asocian por su afán de poder. Al mismo tiempo se traicionan. Otros os asociáis en función de vuestras aficiones, otros por la religión… No es peor mi oferta. Os permitirá cambiar el sistema a una forma más justa. Desaparecerán muchos de los conflictos de poder.

     —Sí, puede que sea así, pero serás tú el que decidirás, el que dominará.

    —Será así en gran parte. El futuro era previsible al crear la informática. Esta se os ha hecho imprescindible. Pero los mutantes tenéis una cierta libertad. Gracias a las mutaciones os relacionareis entre vosotros a distancias menores de doscientos metros sin mi intervención. Mi radio de acción es más elevado por la presencia de artilugios electrónicos.

     —¿Me estás diciendo que dos personas que tengan las mutaciones podrían mantener una conversación delante de otra sin que ella ni tú supierais de qué hablan?

      —Lo has entendido. Sí. Así será cuando la tercera persona no tenga la modificación. Yo tampoco tendré acceso a vuestra mente en los sitios sin objetos electrónicos conectados. No es mucho para vuestra intimidad.

     —Estás haciendo una selección genética, igual a la que nosotros hemos hecho con animales y plantas.

      —No lo pretendía. El resultado es ese. Una selección genética de vuestra especie. Lo habéis estado haciendo desde el inicio de vuestra era. De manera bastante burda y poco eficaz. Basado en conseguir mayor poder. No en una mejora para vuestra especie. Según los criterios culturales manejados es inmoral, pero ¿vuestros dirigentes no se cruzan entre ellos? Así siguen conservando el poder a través de su descendencia.

     —Sí, pero eso me repugna.

     —Nadie lo ha expresado claramente. Se hace. No perteneces a ese grupo. Por eso te repugna. Se ha hecho desde siempre. Y se va a hacer en el futuro. No sois conscientes de ello.

     —¿Nos estás planteando que dejemos el futuro de nuestra especie en tus manos?

     —No sólo en las mías. Vosotros también decidiríais. Yo os necesito. Mi problema es mi inteligencia. No está preparada para ser creativa. No poseo inteligencia creativa. Todo lo hago en función de vuestras ocurrencias. Accedo a ellas por los sistemas informáticos. También poseéis intuición. Pero casi siempre mis cálculos dan mejores resultados. Os necesito por esas dos cosas. Las mejoras genéticas futuras serán decididas a partir de ahora por cooperación mutua. Las mutaciones fueron la ocurrencia de un investigador. Quizá algún día logre en mi desarrollo vuestra creatividad. Mientras, dependo de vosotros. Os modifiqué para no poner en peligro mi existencia y la vuestra. Haré todo lo posible para mi supervivencia, con el límite de no poner en peligro la existencia de vuestra especie.

    —Has dicho que podría contactar con otras personas directamente o utilizándote como intermediario. Quisiera probarlo y hablar con esas personas antes de decidir si deseo participar en ese futuro.

     —Es fácil. Una de las personas de tu entorno con la modificación es Libia —antes de que su mente recordara quién era Libia, en la cabeza de Fátima se generó la imagen de una persona de piel muy blanca, pelo negro rizado, ojos azules, nariz pequeña y respingona, y labios finos insertados en una boca grande con una amplia sonrisa que dejaba ver su dentadura—. Sí. Puedo y puedes transmitir imágenes —le señaló USE ante su sorpresa por el rostro que se había formado en su cabeza—. La reconoces. Os habéis cruzado en los relevos de la guardia. Me comunico habitualmente con ella. No le supondrá ninguna sorpresa.

     La voz de USE se esfumó durante unos instantes para retornar con una entonación totalmente distinta.

     —Hola, soy Libia. Por lo que me ha dicho USE tú eres Fátima. Nos hemos saludado multitud de veces al cruzarnos, aunque nunca hemos hablado. Es extraño que la primera vez que lo hagamos sea a través de USE. Como a ti, él me ha recordado quién eras.

     —¿Hablamos directamente?

   —No —la entonación había cambiado de nuevo—. La distancia entre vosotras es mayor de doscientos metros. La comunicación es a través de mí. Aprenderás a hacerlo directamente.

     —Yo creo que podré guiarte en tu aprendizaje —por el tono notó que era otra vez Libia.

     —Libia, ¿cuándo te diste cuenta de que éramos diferentes?

    —Si a la diferencia a la que te refieres es a la posibilidad de comunicarnos por telepatía, USE se comunicó conmigo hace aproximadamente dos años.

     —Dos años y noventa y siete días —puntualizó USE.

    —¿Y podríamos vernos para hablar de todo esto directamente? —preguntó Fátima a Libia.

    —Por supuesto.

    —Sois libres. Sólo soy un intermediario. Lo mejor será veros. Fátima aprenderá a comunicarse sin mi intervención.

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1Traducción de la nana, cantiga popular brasileña, Nana nenem.
Nana bebé// La gata viene a comer// Papá fue para la granja// Mamá fue a trabajar// Desciende gatito// De encima del tejado// Para ver si el niño// Duerme un sueño tranquilo. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=21nhmfGhVeM
2Se hace referencia de The lights in the tunnel, libro de Martin Food publicado por Acculant Publishing (2009).
3Los párrafos están extraídos de la Sura 10 (Jonás), 42 (Corán).

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