LA CASA DEL TEJADO ROJO, Autora: Carmen Lalinde Antón

 

Escúchame bien. Hoy te enseñaré a catar un vino. Lo primero es coger la copa por el tallo para que no se caliente el cristal. El color te dará una idea de su edad. Igual que entonces tus mechas rubias, aún infantiles, me dijeron que rondabas los quince. Caían indómitas por tu cara ladeada, por tus ojos, achinados para evitar la intensidad de la luz del sol, por tus labios de los que todavía desconocía su predisposición para sonreír. ¿Sabías que cuanto más se acerca a un tono cereza brillante más joven es el vino? Aproximadamente ese era el de tus labios aquel verano. Rojos y almidonados, como perfilados por un pintor meticuloso.

Entonces me hablaste y no supe lo que decías. Solo era capaz de ver cómo apartabas tu pelo con esos dedos largos y ágiles y formabas un moño que se elevaba en un instante sobre el abismo que me pareció tu espalda. “¿Me oyes?” Repetiste, “¿que si tú eres el nuevo; el de la casa del tejado rojo?” y se abrió una sonrisa sobre la que se volvió a desplomar el nido de mechas rubias.
Al catar el vino es mejor que no lleves perfume. Así evitarás confundir sensaciones. Y recuerda, es importante que no lo agites al principio para poder apreciar los aromas primarios. Si puedes, procura que la habitación esté bien ventilada y sea luminosa. Tú aquel día de agosto olías a verano. A crema solar, a piel morena y caliente. Si cierro los ojos todavía puedo olerte y consigo transportarme a esas calles llenas de cuestas, de veraneantes y de bares. De sardinas y laurel. Oigo con claridad el murmullo de los barcos al fondo y entonces siento otra vez aquellos espejismos de eternidad.

Enseguida me acogiste y gracias a ti el grupo empezó a incluirme en sus planes. Tú, la hospitalaria, mi barra libre de afectos. Te aseguro que eso es muy de agradecer cuando eres el nuevo, el de la casa del tejado rojo. El hijo de la loca. Esa era mi madre para todos desde que mi padre nos dejó y tuvimos que regresar al pueblo. Pero nosotros volvimos para quedarnos.

Los inviernos eran duros a pesar de las cartas, de los recuerdos y de insistir cientos de veces en los mismos recorridos que hacíamos juntos en verano. Un año tras otro tú solo permanecías en mi mente. Los caminos se volvían fríos y silenciosos y acababan en la casa del tejado rojo junto a la figura triste y perturbada de mamá. En cambio, en tus cartas, me hablabas de la vida en la gran ciudad. Me decías que echabas de menos el verano y a mí, aunque no terminaba de creérmelo. Todo era tan atractivo a tu alrededor que se me volvía inalcanzable y me torturaba con la idea de que nunca podría hacerte feliz.

El sabor dulce es el que primero se percibe cuando el vino llega a la boca. Llega directo a la punta de la lengua. Así me supiste tú también aquella noche. Nos alejamos del resto y seguimos la conversación en la playa sentados en una dorna. Nos descalzamos y las olas, mansas, respetaban a ratos nuestros dedos. Llegaban sonidos de fondo de música y risas. También ese día bebíamos vino, pero era peleón y bailaba entre paredes de plástico transparente. Cuando me acerqué más a ti pude notar cómo temblabas. Tú tenías frío, yo calor. Después de ese primer beso dejé de contarlos.

¿Has oído alguna vez que cuando movemos ligeramente la copa, si el vino es muy denso vemos caer sus lágrimas? Yo vi las tuyas cuando me detuvieron. Negabas con la cabeza a todos los que gritaban que había acabado con la vida de mi madre. A los que me llamaban loco. Igual de loco que ella, te decían.

Solo tú confiaste en mí. No sé si sabes a qué llaman un vino redondo. Es complicado de conseguir, pero no imposible. La dificultad está en que tiene que mantener un equilibrio perfecto entre los cuatro sabores. Aunque te parezca extraño, la acidez es imprescindible para darle frescura al vino. Tú defendiste mi inocencia sin concesiones y no paraste hasta que apareció la nota de despedida de mi madre.

Después buscamos nuestro sitio hasta que comprendimos que teníamos que regresar. Pusimos un huerto, plantamos frutales y tiramos la casa por dentro por si algún día éramos más. Para el final dejamos el tejado. Los dos estuvimos de acuerdo en el color. Un rojo intenso, como tus labios, como un buen vino.

Ahora miro tus manos que siguen confiadas mis instrucciones. Siempre te gustaron los anillos. Coges el cristal y entre tus dedos se ven destellos de plata. Elijo el brindis y como es habitual, el motivo vuelve a ser tu sonrisa.

Carmen Lalinde Antón

 

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