HIPNOTIZADOR, 1910. Autor: Juanma Cuerda

Hay un mago, eso está claro. Dentro de un párrafo sabremos que se trata de Francesco Benvenuti, del que puede conseguirse alguna información si uno añade una te al apellido. En todo caso, es lo primero que vemos: a Benvenutti o Benvenuti, concentrado en sostener en el aire, vía hipnosis o telequinesis, la pelvis de un voluntario en trance.

La fotografía se encuentra en la página cien del catálogo de una exposición de fondos propios de la BNE relacionados con la magia. Acotándola, sólo un nombre, F. Benvenuti, ahora sí, y una estimación de su datación, alrededor de 1910. La acompaña otra, tomada unos minutos después, de peor composición pero mayor impacto visual: “Hipnotizador subido a hombre”, que deja resuelta cuál será la progresión dramática del número.

Entre ambas, deducimos el momento en el que el mago sube de un salto o trepa sobre el voluntario con un ale-hop o su equivalente en italiano, después de anunciarlo con adecuada pompa, pero con la suficiente rapidez para que el público se agite o proteste, se eche las manos a la cara sin poder creerlo y así, entre el ruido y la confusión, nadie se acuerde de buscar el truco.

Al escándalo contribuye un secundario, húngaro o también italiano, mezclado entre el público que gritará ¡Incredible! o ¡Benvenuti!, como si fuera un cantante de trap presentándose a sí mismo. Lo metemos claramente en el ajo por cuanto que su parecido físico, bigote, perilla y su actitud amenazante, de último aviso antes de sacar la navaja, nos llevan a pensar que es un ayudante del mago y que ha sido, en otros escenarios y con otros públicos, cómplice de Benvenuti en espectaculares números de desaparición y teletransporte.

Benvenuti, su compinche y el voluntario que respira fuerte sobre las sillas acaparan, por tanto, el principal foco de atención. Tras ellos y a su alrededor, los espectadores eligen actitud frente al espectáculo: unos miran el número de magia con asombro o escepticismo, otros miran de frente al objetivo, con mayor o menor suficiencia, con la boca más o menos abierta y con los párpados más o menos entornados en función de su escala, nivel y complemento de productividad. Un último grupo, a la derecha del encuadre, mira más allá del fotógrafo, al grupo de damas que observan entre risas a sus maridos o a un caballero rezagado que acaba de llegar y se pregunta si está a tiempo de posar con el resto.

Algunos de ellos posan con indiferencia, acostumbrados a los actos sociales y a la presencia del fotógrafo con sus incomprensibles preparativos previos al fogonazo. A ellos les da igual Benvenuti o su primo, saben que los hombres son imperturbables a los juegos de niños y que después de la excéntrica actuación aún quedarán algunos asuntos que resolver con el secretario o el ministro de turno.

Otros, sin embargo, se postulan para protagonizar una obra de misterio. En ella, tras consumarse el número con Benvenuti subido a los muslos del voluntario, el rellano que hace de escenario se queda a oscuras. Se oyen pasos y se arrastran muebles. Varios gritos varoniles piden luz. Alguien tose, alguien enciende un fósforo y otro alguien acerca unas hojas de periódico, sección Ecos de Sociedad, para iluminar la estancia y descubrir que Benvenuti yace en el suelo muerto, con un agujero del tamaño de un balín en el estómago.

Descubierto el cuerpo, habrá uno o dos gritos más, algo menos varoniles, de los que nadie se responsabilizará y, finalmente, uno de los hombres de poco pelo y buen bigote, sacará las manos de los bolsillos y dirá Alto todo el mundo o Que nadie se mueva, entre nosotros hay un asesino y yo sé quien es.

Si ha de haber un asesino, en este punto ya sabemos quién es: la primera figura de la izquierda, delatado por sus ojos extraños, su flequillo esculpido, su pajarita ladeada, su pañuelo arrugado y, sobre todo, por sus zapatos sin calcetines, con los tobillos al aire, característicos de alguien que ha perdido todo contacto con la sociedad civilizada.

Junto al hipotético asesino, que bien pudiera ser el maître del restaurante anejo, tres figuras observan atentamente el proceso hipnótico de Benvenuti y una cuarta, con descaro, escruta la cara del voluntario porque sabe que ahí se esconde la clave, él no sabe cuál es, de todo este asunto. El tipo, de vivaz bigotillo y corte de pelo rebelde parece dudar del trance del voluntario, pese a su probable ronquido, y está dispuesto a tocarlo o a soplarle en la cara, lo más cerca que pueda, antes de que alguien le llame la atención.

Que nadie parezca preocupado por él es el gran éxito del mago Benvenuti, que ha convencido a todos, delante y detrás de la cámara, de que no hay nada, mientras mantenga su brazo en alto, que pueda romper este trance.

Juanma Cuerda, febrero de 2019.

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