PELIRROJO, Autor: Rodolfo Yaz

La veracidad de los hechos deberá ser objeto de análisis. Se sabe, con precavida cautela, que nació en el año 1273; otoño fue su inicio, una madrugada de hojas secas. Engendrado en una lujuriosa mañana, su madre vivió la gestación con constantes dolores. Feo como pocos, nació pelirrojo y corto de piernas. Amamantado con cariño creció fuerte entre vegetación constante. Las circunstancias propias de su ámbito diario se desconocen para ser desarrolladas con precisión histórica y es a partir de sus 17 años que los datos se vuelcan hacia una confusión admirable.

En una mañana de abril a pocos días de cumplir 18 años partió en viaje hacia oriente en montura de cuero que haría comodidad al galope constante. Sus intenciones eran llegar hasta donde el animal conservara sus fuerzas y más allá, hacer pie a distancia. En los primeros meses vio pasar estaciones, geografías diversas y pueblos reacios a extranjeros. Hábil en el manejo de su cuerpo y una espada forjada en antigüedad bastaron para enfrentar cualquier conflicto que pudiera nacer en su avance. Un episodio cercano al año 1294 lo dejó con cicatrices varias y una imprecisión en el detalle presuponen una idea de valentía extrema y esas piernas cortas de robusta fortaleza.

El momento en que sus oídos comenzaron a percibir lenguas extrañas resultó de un atractivo preciso, detallado. Su aspecto, se cree, cobijaba una apariencia impropia para los seres de aquellos parajes. Prominente barba cubría su cara y ropas ya gastadas eran compañía.

En un asentamiento de nombre dudoso y creación fantástica, en tierras de planicies constantes y montañas en horizonte, sus cabellos colorados sembraron sorpresa y admiración entre los 27 seres humanos que allí existían. La comunidad de naturaleza nómade trasladaba su existencia siguiendo las condiciones climáticas. Todo detalle que pretenda explicar la vida en dichos parajes resultará confusa y falta de belleza lingüística.

Lo importante es lo que se supo por el conocimiento transmitido por las leyendas de aquellas lejanas tierras. Este saber mutado en tiempo e inventiva supo sobrevivir pese al constante asedio al que se vieron sumergidas aquellas tierras a lo largo de los años. Las tentativas de dominio extranjero pretendieron aniquilar el lenguaje y sus creaciones; una idea de imponer una realidad diversa en sentido e historia.

Pero lo que se puede saber a conocimiento exacto producto de la recopilación iniciada en el siglo XVIII por el antropólogo inglés Thomas R. Wordsworth y detallado en el libro “Mitos y Leyendas Universales”, ediciones Wilde, Londres 1825, es lo siguiente. Se le atribuye carácter de divinidad a un ser cuya característica principal eran sus cabellos rojos. Llegado una mañana de verano, de solsticio, no demoró su presencia en generar asombro. Su fuerza física fue comparada a la misma que podían detentar más de 300 animales salvajes y se le reconoció la efectiva realización de más de 198 milagros, siendo sus pelos rojos motivo de sumisión al ser identificados con la divinidad solar. Reinó por voluntad ajena en aquella comunidad de 27 miembros a su llegada y multiplicando su número al engendrar hijos con todas las 13 mujeres presentes. La tenacidad en la creencia de buena fortuna de los habitantes de aquellas tierras habría sido atribuido, en un principio, al color característico de los cabellos de quien fuera llamado, según se puede precisar, con el término “Tactu” o “Tlactu”, palabra imprecisa y posiblemente de ficción narrativa. El paso de los años fue desgastando la vitalidad y así como llegó, a una edad cercana a los 54 años, la atribuida divinidad partió una madrugada de frío ante los silenciosos ojos del único testigo que supo advertir la partida.

Hasta acá llega la presunta veracidad de los hechos. Lo que continúa deberá obedecer más a inventiva que a realidad.

El cuerpo moribundo fue hallado junto a un arroyo de montaña en lo que hoy se conoce como el norte de Italia por dos hermanos de 12 y 8 años que hacían pesca de diversión. La abundante cabellera roja aún resistía el paso del tiempo y de su cuello colgaban extrañas figuras de metal. Se oyó un quejido y unos ojos que mostraban cansancio. Al volver con sus padres los hermanos indicaron el lugar donde sabían presente al hombre. Al llegar, el cuerpo ya no manifestaba vitalidad, y un examen exhaustivo de sus ropas y pertenencias fue realizado por la familia hallando, entre sus objetos, una pequeña figura tallada en piedra con la cabeza pintada en rojo con pigmento extraño. Se puede presumir con inventiva que dicho objeto fue colocado por la familia en la puerta de su casa con la aparente intención de generar buena fortuna obedeciendo a un criterio imaginado. Con el fin de evitar pestes y enfermedades comunes en aquellos tiempos, el cuerpo encontrado fue arrastrado varios metros y quemado en un lugar de escasa vegetación. Humo negro y olor a carne quemada armó impresión en los dos chicos que a distancia, veían lo ocurrido.

Cuentan que en tierras nórdicas era costumbre quemar el cuerpo de los reyes una vez que estos pasaban a la otra vida. Así fue el fin; su cuerpo ardió como el rey divino que supo ser ante la vista de los cuatro integrantes de una familia campesina mientras que más allá, en olvidadas tierras orientales, de voz en voz se relataba el día en que la divinidad se hizo presente.

Se admite que los detalles han tenido en todo momento naturaleza cercana a la realidad. Se cree que toda vida narrada pudo existir y existió; para consultas recurrir al texto antes citado: “Mitos y Leyendas Universales”, capítulo 7, página 239. Copia del mismo puede hallarse en la biblioteca de la Universidad Nacional de Córdoba; última extracción: agosto de 1954.

Y así nacen las leyendas.

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