SONRISAS SON RISAS, Autor: Luis Vinuesa

Si simón significa sí y nel significa no, ¿qué significa simonel?

                                                                                  BOLAÑO, Los detectives salvajes

 

bolaño

BOLAÑO, Los detectives salvajes

 

Bajo al primero izquierda, tengo una media hora para componer la crónica antes de que llegue la trabajadora social que valorará a mi vecina para la Ley de Dependencia. Marisol tiene a los hijos distanciados; a cambio de pequeñas propinas, yo le hago recados en los que entra todo tipo de papeleo y gestión como la que ahora me ocupa. Ella se encuentra bien; pero debemos exagerar su situación para obtener más ayuda, de modo que después de desayunar se mete dos orujitos y medio Trankimazin, este último a indicación mía. La viejita me tiene fe. Y espero que ustedes a mí, no voy detrás de ella como un buitre por la herencia: Marisol vive de alquiler y apenas posee rentas.

Mientras mi vecina da vueltas risueñas por la casa, poniendo rectos los cuadros —o torciéndolos—, yo repaso mis notas acerca de la tertulia bolañense, donde ayer nos centramos en la intervención de Amadeo Salvatierra en Los detectives salvajes. ¡Qué nombre más entrañable, el de Amadeo Salvatierra!, dijo un participante. Otro alabó sus apostillas a cuenta del Directorio de Vanguardia de la revista Actual, confeccionado por Manuel Maples Arce. Respecto a esto, consulto mi ejemplar de Los detectives: «Ramón del Valle-Inclán. José Ortega y Gasset. ¡Pero qué hacía don José en esta lista!…».

Viene la trabajadora social, adelantada a su hora. Puede ser una táctica.

Buenos días. Buenos días, ¿Marisol Beltrán? Sí, adelante, yo soy su vecino. ¿Y qué hace usted? Representarla. No, que qué hace con esos papeles. Son míos. ¿No estará aprovechándose de ella? No, señora. Señorita, matiza, y no me subestime, ¡nunca subestime a una funcionaria de la Comunidad de Madrid! Si yo fuera de menor rango, pongamos un oficial del Ayuntamiento, debería mostrarme inflexible y registrar la mugre del hogar al pensar que un intrigante como usted le ha aconsejado a Marisol no limpiar durante un tiempo para así aparentar necesidad. Y prosigue: ¿a ver, qué está usted haciendo? ¿No debería ver a Marisol?, replico. Ya la he valorado, dice, dejémosla que ronque en el sofá.

Observo a mi vecina ovillada sobre los cojines. Me acerco y la cubro con la rebeca que antes se ha quitado. ¡No crea que me va a ganar así!, dice la funcionaria. Se iba a enfriar, me defiendo. Ah, granuja, la ayuda que reciba la anciana ahora depende de usted. ¿De mí?, pregunto alarmado. ¡Demuéstreme que esos papeles suyos no encubren datos bancarios o jurídicos de ella! No, mire. Y le enseño mi bosquejo de la crónica bolañense. Y la tipa, con sus dedos como filamentos, lo revisa. Podría acusarle, dice; pero bien, estos apuntes no revelan espionaje alguno sobre Marisol. Ha tenido suerte. Gracias, respondo alivianado. Han tenido suerte: usted, que queda sin cargos; y Marisol, quien obtendrá sus prestaciones. Firma y DNI, ordena la funcionaria. Firmo, apunto el DNI y se va con una sonrisa ambigua, quizás de agente curtida que traía bien preparada su farsa para ahorrarse tiempo y trabajo.

Llamo a la más kafkiana de las tertulianas, para pedirle ayuda y consejo, tengo los nervios como cuerdas de violín: antes me doy a la botella de orujo que a mi crónica a medio hacer. Suenan los tonos telefónicos mientras observo algunas de mis notas, una especialmente aguda proveniente del más rimbaudiano de los compañeros: «el barco [Amadeo] baja más ebrio que los pasajeros [Belano y Lima] por un río oscuro [memoria de Amadeo] y cambiante [poema de Cesárea] que desemboca en la claridad [ventana]».

Me contesta la más kafkiana de las tertulianas, le cuento mis circunstancias en casa de Marisol y le preguntó si cree que pueda haber funcionarias tan audaces. Simón, dice. Y yo mismo concluyo: llevamos cuarenta años bajo el mismo signo político, los tecnócratas han tenido tiempo de sobra para adiestrar a sus… ¿Qué te pasa?, me pregunta. Ando intimidado, respondo. Achicopalado, replica ella, esa sería la palabra bolañense. La + kfkn d ls trtlns sigue: achicopalado, como Belano ante su recurrente sueño de niño, ese que transitaba por las líneas recta, ondulada y quebrada y que a modo premonitorio anuncia el poema de Cesárea del cual deducen que es una broma. ¿Y entonces por qué van a buscarla?, pregunto y prosigo: para mí el arte no es una broma. Buscan a una madre, a la madre del realismo visceral, apunta mi contertulia. «Pero estos eran huérfanos de vocación», parafraseo. Simonel, duda la kfk, si nacen de (o por) «Cesárea», se mitologizan, pues asemejan a Dionisos, el resucitado, el nacido dos veces: la segunda, del muslo de Zeus. ¡Hostia!, digo, ellos pretendían un segundo realismo visceral. Calma, me dice la kfk, atiende a tu vecina.

Después

Este Después puede funcionar como elipsis en la crónica, o calificarse de microrrelato metafísico al abstraer los puntos suspensivos como desenlace abierto a la vida misma.

Así se lo conté a la kfk, quien se descojonó de mí con el cañón de su carcajada. Ahora he buscado en Los detectives, necesito asociar la sonoridad: «Cesárea supongo que estruendosamente, con su peculiar sentido del humor que a veces explotaba, bastaba una chispa, una mirada y ¡bum!, de improviso Cesárea ya se estaba revolcando de la risa, y Encarnación, bueno, supongo que Encarnación se rió de un modo más discreto». Asociar, dije, igual que la kfk asoció conmigo: Estás influenciado por el poema Sión, que, como tu microrrelato, son artefactos literarios solo porque los significantes de sus títulos evocan significado: el tuyo, simple; el de Cesárea, algo más complejo: anagrama quebrado con tilde intercambiada: «Sión», «sí / no».

Mira, explicaba la kfk, los cuadros de Alphonse Allais tienen su valor artístico sobre todo por el título. Así, el cuadro monocromo blanco Primera comunión de jovencitas cloróticas en tiempos de nieve, el monocromo rojo Cosecha de tomate al borde del mar Rojo por cardenales apopléticos, o el monocromo verde Rufianes todavía en plenitud con el vientre en la hierba bebiendo absenta son divertimentos considerables. Para mí, más que tu microrrelato o el poema de Cesárea. El mérito de Sión, en tanto a la pragmática, reside en que fue concebido por Cesárea como venganza —prosigue la kfk abundando en algo que ya apuntó ella misma en la tertulia—, como venganza hacia los hombres estridentistas, tan vanguardistas ellos-ellos en una reunión donde censuraron la opinión poética de Encarnación Guzmán, la amiga de Cesárea e «inocencia personificada».

Más de cuarenta años lleva mirando Amadeo Salvatierra el poema sin entender nada, creyéndolo punta de lanza de la vanguardia; más de cuarenta años Cesárea regocijándose, como los que Winckler vivió a la expectativa de su venganza contra Bartlebooth; veintitrés urdiéndola, dieciocho esperando el cumplimiento.

 

 

(En la cabecera, Mary Shelley)

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