UN HUECO EN EL ESTÓMAGO, Autora: Raquel Arqued

Modelos de la Facultad de Bellas Artes comienzan este miércoles una huelga indefinida contra la «precariedad».

Según explicó a Europa Press la modelo Lucía Martínez, ésta es la única opción que la subcontrata les ha dejado después de que «incumpla reiteradamente» el acuerdo laboral por el que deberían tener un «contrato fijo-discontinuo en vez del de obra y servicio» por el que se rigen en la actualidad.

 

Lucía recogió el periódico de manos del repartidor antes de meterse en el metro. Buscó la noticia y descubrió sus palabras entrecomilladas entre las del redactor. Cerró los ojos. Se encontraba un poco mareada. Quizás debería haber desayunado. Quizás no debería haber salido de casa sin meterse algo en el cuerpo. Le gustaba desayunar acompañada, pero Dani ya no estaba.

Ni estaba ni estaría. Llevaba ya unos días en los que su cuerpo aún dormido se giraba buscando unas piernas en las que enredarse y solo la enroscaba el tacto frío de la bajera desocupada. Su cabeza caía sobre el hueco que había dejado su almohada y no sobre su hombro. Extendía el brazo y se percataba de la inmensidad de la cama.

—¡Qué bien hueles! —decía apoyándose sobre el pecho.

—¿Qué dices, Lucía? Huelo a horas en cama, ¿cómo voy a oler bien?

¿Cuándo había dejado de agradecerle con una sonrisa y un leve beso en la frente esa especie de buenos días? ¿Cuándo dejó de acariciar con las yemas de la mano del brazo aplastado el rostro de Lucía hasta terminar de despertarse? Ese proceso había tenido su tiempo, su cadencia, incluso sus señales; un escurridizo abandono del que ella no se había percatado. ¿Cuándo había empezado a contestarla con desgana en lugar de dejarse abrazar?

«Próxima estación: Puerta de Jerez». Dobló el periódico y lo guardó en su mochila. Le quedaba una larga caminata hasta la facultad. Podía coger un tranvía pero hacer ejercicio diario era su consigna.

Empezó a caminar por el paseo de palmeras. Le gustaba ir cómoda. Vestía una camiseta negra de mangas tres cuartas, ligera, no como el color. Con cualquier gesto de elevación de brazos su ombligo saludaba al día, pues el thai morado colgaba de las caderas. Sus sandalias negras, sencillas y planas, permitían ver sus uñas lacadas en color carne. Le gustaba cuidárselas porque aún quedaban señales de sus tiempos de bailarina de clásico, de sus puntas, de sus dedos sangrantes, de sus huesos deformados. Dejó a un lado el Archivo de Indias y continuó pegada al muro de la catedral. Llevaba un paso vivo. De vez en cuando tenía que recordar a su cuerpo la postura de bailarina y la ajustaba echando los hombros atrás. Luchaba por zafarse de aquella encorvada con la que se había acostumbrado a caminar. Veinte minutos la separaban de su destino, pero ella siempre tardaba menos. Sorteando a los turistas pensó en lo curioso que resultaba que esos «veinte minutos» fuera el tiempo que Dani indicaba cuando le preguntabas cuánto se tardaba en llegar a cualquier parte. Dani.

—¿Por qué ahora? —recordó su propia voz.

—Porque ya estás curada.

—Nunca he estado enferma.

—No empecemos.

—Si me dejas volveré a caer.

—Lucía, chantajes no, por favor, que lo tenemos muy trabajado. Quédate con lo mucho que nos hemos querido.

—Pero podemos seguir…

—Yo ya no, Lucía. Estoy orgulloso de lo que has conseguido, pero este flotador perdió aire, ¿entiendes?

—No, no lo entiendo.

—He estado contigo hasta verte bien, pero hace tiempo que se acabó. Mira, mañana vendré a por mis cosas.

—¿Así? ¿Sin más? ¿No puedo hacer nada? ¿No hay segunda oportunidad?

—Solo nos haríamos daño.

—¿Y esto qué es?

—Quiero decir, más —y dejó escurrir esa mano que había estado posada en las suyas todo el rato.

Lucía se tocó el dorso para ver si rescataba esa última caricia, pero se había perdido en el primer baño de glicerina, agua y sal.

Oír los gritos coreados y los silbatos hizo que avivara el paso.

Lucía saludó a sus compañeros. Habían quedado en hacer la huelga delante de la facultad. Una huelga estética, rezaban las pancartas. Colocaron mesas bajo los arcos ojivales de la portada y las distribuyeron cual columnas hacia el patio interior de la facultad. Las acompañaron de los carteles que los propios estudiantes les habían ayudado a confeccionar, coloridos unos, con aire de antigüedad los otros. A la hora convenida se quitaron las ropas y, completamente desnudos, se subieron a las mesas cubriéndose con enormes plásticos haciendo las veces de campanas de vidrio. Meros adornos desechables para la Universidad.

Lucía se acomodó. Se sentó llevando su pierna derecha hacia el lado contrario, casi su talón rozando el pubis. La izquierda, flexionada por delante del cuerpo y con la rodilla hacia la cabeza, le permitía apoyar su mentón. Con ambos brazos abrazaba su pierna. Sus ojos azules atravesaron el plástico buscando la línea del horizonte entre los viejos ladrillos del patio y recordó su primer posado. Había salido pudibunda con el albornoz y lo había dejado deslizar de su cuerpo sin apenas levantar los ojos. El olor a óleo y aguarrás se quedó impregnado durante días en la prenda, casi tanto como el peso de cada par de ojos sobre su cuerpo. Se había tumbado tal y como le había indicado el maestro, quien acomodó las telas y modificó un par de ángulos de piernas y brazos. Con la mirada baja pudo contemplar sus pechos pequeños como moldeados por un bol de postre; la ligera curva de su vientre que ella percibía como prominente; la esbeltez de sus piernas sobre el lienzo adamascado, la casi transparencia de una piel que permitía ver los ríos de sus venas. Debió pensar que quizá le sobraran un par de kilos, pero se sintió segura. No era capaz de percibir cómo empezaban a marcarse sus costillas, ni sus muñecas infantiles, ni sus picudas rodillas, ni sus mordidas y ajadas uñas disfrazadas con esmalte. Ahora sí que lo recordaba y se avergonzaba.

Cerró los ojos y cambió de postura. Empezaba a sudar bajo el plástico, por lo que decidió levantarse antes de llegar a marearse. Extendió su cuerpo, elevó los brazos por delante del mismo, como Dafne huyendo de Apolo, con la punta de los dedos separando la cubierta del resto de su piel. Tenía que haber comido algo, lo sabía. Aguantó poco más. Retiró su dúctil campana, se cubrió con el albornoz para secarse, se vistió y recogió su parte, despidiéndose de los compañeros.

Estaba muy cansada: el abandono de Dani, la huelga… No podía más. Entró en El Petisú para tomarse un café y se pidió para acompañarlo una bandeja de pasteles surtidos. Le costaron lo mismo que lo que le pagaban por hora de posado, casi doce euros. Pensó que si hubiera cobrado lo estipulado el café estaría incluido. Sentada junto al escaparate aspiraba el aroma de los panes y bollos, el perfecto acompañamiento de la afrutada bebida arábiga. Separó un par de pasteles y los puso en un plato. Bajo esos olores el establecimiento se convirtió en un espacio agradable, un refugio, como la cocina estando Dani. Despacio, saboreó el pastelito de nata intentando no mancharse la nariz con el azúcar glass; dejó que el de tarta, con su ligero bizcochito y la cubierta de moka, le recordara a las celebraciones de cumpleaños infantiles. Y ya se vio disfrutando del tercero de crema, paladeando el cuarto borracho, mojando el quinto de hojaldre relleno, devorando el de piñones, zampando el de manzana, engullendo el bracito de gitano, chupando el de fruta con nata.

¡Basta!, dijo su cuerpo, porque él también veía las rodillas hincadas en el suelo, la boca sobre las fauces del retrete, las manos aferrando indistintamente taza y pelo; porque él sentía el ácido tomando su cuerpo hasta conquistarlo en el paladar durante horas y las lágrimas perdidas por el rostro sin arrepentimiento; porque oía a su cerebro fabricar excusas y engaños y embustes. ¡Basta!, repitió.

 

 

 

Fotografía de cabecera: Publicada por machacadas.com

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