¿REMORDIMIENTOS?, Autor: Luis Vinuesa

Voy a devolver Bajo el volcán a la biblioteca donde sorprendo a la prestadora de libros viendo videos de gatitos por internet. ¿Qué haces?, le pregunto alarmado. Ya ves, responde, el nuevo jefe, un viejo con su ojo avizor o de buitre, que prefiere que simulemos nuestra inactividad frente al ordenador; mejor que frente a un libro. ¿Y por qué no lees PDFs?, le pregunto. Debido a mi gran velocidad lectora sobre pantalla retroiluminada, el oftalmólogo me ha recomendado reducir las lecturas informáticas. Me prediagnostica una especie prepresbicia. ¿Tartamudez? Anda, observa, dice ella, y restaura una ventana:

Sin título

      No entiendo nada, digo. Pero igual le hago una foto. ¿Para tu crónica?, pregunta Leonor. Más o menos, respondo. De cualquier forma, dice ella, el viejo con su puto ojo de buitre se jubilará pronto. Igual se muere antes.

      Es Leonor una de mis bibliotecarias preferidas, de las más competentes hallando volúmenes de forma manual y paradigma en sí misma de la lectura con su figura ligeramente encorvada sobre un libro cuando el trabajo —o la falta de él— se lo permite. Solo con permanecer tras el mostrador de manera performativa inmersa en el texto, merecería el salario. Actualmente, lo que menos se hace en estos neoespacios culturales es leer libros físicos.

      Bien, pues ella me pregunta si, junto a Bajo el volcán, voy a devolver también Los detectives salvajes. No, este es mío, digo, no tiene tejuelo. Déjamelo igual, a ver qué tienes anotado, ¿porque tú eres de los que escribes en los libros, no? ¡En los de la biblioteca, no! Venga, trae.

      Tras hojear y ojear, me dice: O sea, que en tu tertulia estáis a vueltas con el desierto en Bolaño. Sí, le digo, yo creo que es como un no-lugar: utópico en Los detectives, apocalíptico en 2666. Pero estás con Los detectives, dice Leonor, fíjate dónde se ubica el manicomio de Quim Font.

      Miro y leo: “camino del Desierto de los Leones, en las afueras de México DF”.

      Enlacemos, dice ella, Hugh soñaba que moría devorado por los leones en el desierto… ¿Qué Hugh?, le interrumpo. El de Bajo el volcán, el que cometió adulterio con su cuñada. Ah sí, recuerdo. El león, sigue ella, es emblema del desierto y según Jung es indicio de las pasiones latentes y puede aparecer como signo del peligro de ser devorado por el subconsciente. Podrías ser mi hija. Más bien hermana pequeña, matiza Leonor o su ceño. Vaya, no podré, pues, “enlazar” con ella, con la bibliotecaria feroz que con poco más de veinte años se ha leído todo, como quien dice, tal y como se decía de Joyce.

      Anda, vete ya, que vas a llegar tarde. Llegaste a mi desierto mayor para mí. ¿Cuál es tu desierto?, pregunto. ¿El del vértigo horizontal? Leonor o sus labios no responden.

      Adiós. Adiós.

      Me he encontrado con Tepu en el metro; él sostiene que Quim Font tuvo una relación con Laura Damián y que su enajenación no se debe al arrepentimiento por rozar el estupro. Tampoco a que él fuera quien la atropellara, sino al desconsuelo por el óbito de la amada interfecta de veinte años. Joder, Tepu, qué palabras más diversas empleas, le digo. Y él responde: ¡Como los desiertos! Dime uno distinto al de Sonora. ¡El delta del Zambeze!

      Ya en la tertulia, Emejota dice que los detectives somos tanto los lectores como los tres personajes principales de la novela; con “salvaje”, Bolaño nos ofrece dos líneas de sentido: el salvaje-primitivo, al estilo del poeta que inicia su camino, o el salvaje-feroz cuyas comisuras rebosan tinta.

      Enepé tilda de licencia bolañense el capítulo 23 de la segunda parte, porque no aporta nada a la trama detectivesca. Es el capítulo de los escritores en la feria del libro de Madrid, la celebrada en 1994… ¿en pleno mes de julio?

      No somos dados a rastrear la verdadera identidad de los autores allí presentados, merezcan o no la pena. Esto ya lo han hecho muchos con resultados desiguales. De modo que nos limitamos a destacar el testimonio del que por unanimidad más nos ha gustado, ya que por sí mismo constituye un relato corto. Es Jotaeme el que tira una cuerda de Pablo del Valle a Allan Poe, hasta el Corazón delator de este cuyas resonancias son evocadas por los pasos de la cartera de Correos con quien el tal del Valle estuvo casado y a quien abandonó. El género epistolar ha muerto, a no ser dentro de la novela histórica. Dios ha muerto, y los jefes con ojos de buitre deberían hacerlo.

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