TRUCO O TRATO, Autor: Iván Salomón

La tarde se presentaba con un frío muy intenso, pero no resultaba impedimento para que los más jóvenes especialmente, se prepararan para salir en busca de sus particulares premios. Edward se esforzaba por abrigar lo más posible a su hijo Bryan para combatir con éxito el repentino invierno que se había colado en el otoño de aquel día tan especial para todos ellos. Salem era una ciudad que por desgracia para todos ellos, se había hecho muy famosa a nivel mundial por unos hechos de los que no se sentían orgullosos. En cambio, sí lo estaban de la celebración del día de Halloween y de la forma tan espléndida en la que se vestía la ciudad y sus gentes.

Edward era muy reacio a dejar salir a su hijo de apenas seis años a buscar dulces en la noche de Halloween, a pesar de que era una de las noches del año que con más ilusión esperaba. A pesar de la cantidad de innumerables historias y leyendas de miedo y terror que se asentaban en la ciudad aquella noche, había un suceso ocurrido hacía más de treinta años, que era conocido por cualquier ciudadano que allí viviera y que por supuesto, provocaba un miedo real en todos ellos. Pero habían venido muchos amigos de Bryan a buscarlo, entre ellos Morgan el hermano mayor de Natalie, que tenía quince años y que haría un poco la función de adulto responsable. No pudo negarle a su hijo aquella ilusión reflejada en su rostro, así que lo besó y lo abrazó con fuerza, contemplando lleno de temor desde la puerta, cómo se iba disfrazado de vampiro con su bolsa para las chuches en la mano y rodeado de todos sus amigos.

Morgan estaba cabreado porque su madre le había obligado acompañar a su hermana pequeña y los mocosos de sus amigos a ir por las casas a buscar dulces. Aquello le resultaba humillante, detestaba que le vieran con aquellos estúpidos bebes disfrazados de diversos personajes de terror. Él hubiera preferido estar con su novia, besándose y pasándolo bien, pero su madre tenía que trabajar y no podía ser ella la que los acompañara. No se pudo negar y por las oscuras calles de la ciudad, eso sí sin disfrazarse, se dirigía con todos ellos en busca de los preciados dulces.

El cielo de Salem se había cubierto por completo de unas nubes negras que amenazaban lluvia, y con ellas, las esperanzas de los jóvenes de disfrutar de una noche de miedo. Pero por el momento las amenazadoras nubes aguantaban. No como el frío, que a medida que iba cayendo, la noche se iba haciendo mucho más intenso. Los chicos habían recorrido ya un par de casas y habían obtenido un suculento botín, pero ni mucho menos pensaban detenerse y seguían esperanzados en seguir aumentando el mismo. Morgan en cambio, había pasado poco a poco del enfado a la inquietud. Desde que habían salido de la casa de Bryan, y en especial desde hacía un rato, tenía la extraña sensación de sentirse observado, como si les estuvieran siguiendo. Se había girado en varias ocasiones para mirar hacia atrás para percatarse de si era así, y para su asombro, había creído ver una alargada sombra escondida entre las casas y los callejones de escasa luz. Pero frotándose los ojos, había cerrado los mismos para volver a mirar, y en ambas ocasiones no había visto a nadie. Tratando de convencerse a sí mismo, pensó que se trataría de la sugestión de aquella noche tan marcada por el terror.

Llegaron a la casa de Richard Wilson, un borracho que vivía solo y que no se caracterizaba por un carácter muy agradable. Morgan no se había percatado de que se trataba de su casa, hasta que el propio Richard abrió la puerta. De haberse dado cuenta, les habría dicho que continuaran con la siguiente casa del vecindario.

-¿Qué queréis mocosos? -preguntó Richard con cara de pocos amigos y oliendo a alcohol al abrir la puerta.

-¿Truco o Trato? -dijeron los niños con ilusión y a la espera de su dulce premio.

-¡Fuera de aquí! ¡No hay nada para vosotros! –gritó con voz muy furiosa al tiempo que cerraba la puerta con un portazo.

Los niños se quedaron atónitos ante el desagradable de aquel borracho solitario. Natalie y varios compañeros querían cumplir con el Truco y lanzar una serie de huevos contra la puerta de aquel maleducado adulto, pero Morgan se encargó de evitarlo, asegurando que no merecía la pena y que lo mejor sería continuar a la siguiente casa, donde seguro que sí los surtían de dulces.

Richard Wilson se volvió a su sofá del salón visiblemente cabreado por la intromisión de aquellos mocosos. No le gustaba nada Halloween, de hecho lo odiaba y no quería saber nada de aquellos odiosos críos. Como volviera a llamar otro grupo de niños a su casa, pensaba darles un escarmiento. Inmiscuido en tan depravados pensamientos, cogió una cerveza de la mesa y le pegó un largo trago mientras retomaba el partido que veía en la televisión. No se percató de la sombra alargada situada detrás que avanzaba inexorable sobre él.

Los niños estaban recibiendo un montón de dulces de la familia siguiente, los cuales eran vecinos del desagradable Wilson, cuando de pronto, un terrible grito procedente de la casa del mismo los hizo ensordecer. Aquel era un grito desgarrador, casi gutural, pero los chiquillos conscientes de la noche que era, no le dieron mayor importancia riendo felices nuevamente ante el premio de haber llamado aquella casa. Morgan en cambio cada vez se sentía más nervioso, aquello no le parecía un grito para nada normal, por muy borracho que fuera el individuo. Además, estaba nuevamente aquella sensación de vigilancia en todo momento que le ponía los pelos de punta.

El hermano de Natalie, en ocasiones, conseguía dejarse llevar por el espíritu de aquella mágica noche y se reía con los pequeños, y más viendo la sonrisa en sus caras, evidencia más que notable de lo que estaban disfrutando. El oscuro cielo nocturno de Salem mostraba un ligero y siniestro resplandor, consecuencia de la enorme luna llena que trataba de abrirse paso. El aire se había detenido por completo y el frío arreciaba, pero la lluvia continuaba aguantando para deleite del grupo de pequeños monstruos.

Transitaban por las oscuras calles, cruzándose con otros grupos de chicos, con adultos e incluso en ocasiones, caminando en incómoda y breve soledad. Reían y saltaban ilusionados, cuando de pronto, un grupo de cuatro adolescentes vestidos todo de oscuro, les dieron un terrible susto. Los niños gritaron de miedo e incluso a algunos se les cayó al suelo su bolsa de dulces. Morgan, que también se asustó ante la repentina aparición de los adolescentes, se giró con rapidez para recriminarles su actitud tan poco divertida. Totalmente desconcertado, Morgan comprobó cómo tres adolescentes se marchaban entre risas calle abajo ante el efecto provocado por su acción. Rápidamente se giró para buscar a su alrededor y el de los niños, por si veía o daba con la anomalía que su vista le estaba ofreciendo. Pero lo que descubrió fue aún más desconcertante y más desgarrador. Sin ser capaz de explicar cómo, Bryan no se encontraba con ellos, había desaparecido ante sus ojos.

Morgan atemorizado, miró en todas direcciones y a su alrededor, pero no lograba dar con el paradero de Bryan. Sus amigos lloraban desconsolados ya que habían perdido a su amigo, y por mucho que el hermano de Natalie lo intentaba, no lo encontraba. Sin saber muy bien cómo, se había esfumado delante de ellos. Morgan tenía pánico de ir a casa de los Simon y comunicarle a Richard que había perdido a su hijo, por lo que tomó la decisión de coger al resto de niños y hacer una pequeña batida juntos por el vecindario en busca del pequeño Bryan.

Caminando por el vecindario, magistralmente adornado para la ocasión como toda la ciudad, buscaban desesperados a su amigo desaparecido sin haber obtenido resultado alguno. De pronto, una mujer de unos treinta años se acercó corriendo y gritando desesperadamente hacia ellos, mientras lloraba de forma desconsolada. Al llegar a la altura de los mismos, se abalanzó sobre Morgan sujetándolo por los hombros y zarandeándolo con desesperación.

-¡Tienes que ayudarme! -le gritaba desesperadamente la mujer, con una cara poseída por el terror más absoluto.

-Cálmese señora, y dígame con calma qué ha pasado señora Crowell –quiso saber Morgan, que había reconocido a la señora que lo zarandeaba desesperadamente.

-Mi hija Molly ha desaparecido –sollozaba sin control la señora–. Él se la ha llevado, estoy segura.

-¿Quién es él? ¿Cómo que se la ha llevado? -preguntaba desconcertado Morgan.

-Estábamos en casa abriendo las bolsas para ver cuántos dulces había conseguido y me distraje un momento, solo un instante, y él se la llevó. ¡Él me ha arrebatado a mi Molly!

La mujer se fue corriendo calle abajo presa del pánico y la desesperación, dejando a Morgan con la palabra en la boca y sin explicarle con algo más de tranquilidad cómo había desaparecido su hija y quién aseguraba que era el culpable de habérsela llevado. Pero él sabía perfectamente de quién hablaba la señora Crowell. Aunque intentara decirse a sí mismo que solo se trataba de una leyenda popular de Halloween, su cabeza se encargaba de recordarle lo que había sucedido hacía casi cuarenta años.

Morgan tardo unos segundos en centrarse en donde estaba, en lo que había sucedido y tratar de seguir buscando a Bryan. Pero al mirar hacia el grupo de chavales, se percató de que algo no iba bien. Dylan no se encontraba con el resto de sus amigos. Había apartado la vista unos instantes mientras aquella desesperada madre buscaba a su hija desaparecida, y al volver a poner la vista en los niños a su cargo ya no estaba. Cómo podía haberse ido tan rápido y delante de sus narices. La tensión en Morgan crecía por momentos, había perdido a dos niños y no tenía ni la más remota idea de qué hacer para recuperarlos. En un intento desesperado por tratar de ver por dónde podía estar el niño, detuvo su mirada en un callejón oscuro. Unos intensos ojos rojos parecían emanar de las profundidades de dicha oscuridad, puestos en él y los niños. Morgan no pudo evitar coger a su hermana de la mano y acercarla hacía sí sujetándola con fuerza. No era capaz de apartar la mirada de aquellos intensos puntos rojos, que a cada instante que continuaba contemplándolos, tenía la sensación de que algo o alguien se estaba metiendo en su cabeza. Comenzó por un ligero susurro, luego siguió por una horrible melodía, todo ello dentro de su propia cabeza, para continuar con unas terribles imágenes de unas jóvenes, unas velas negras y unos cánticos. Morgan cerró los ojos y emitió un grito atronador que salió del interior de su ser. Al abrirlos, observó que aquella mirada penetrante del callejón había desaparecido y que su hermana Natalie se aferraba a él con fuerza. En cambio, Matthew y Nicole habían huido presas del pánico y corrían calle arriba como alma que lleva el diablo.

Sin pensarlo, comenzó a correr detrás de ellos mientras llevaba a su hermana pequeña de la mano. No podía permitir que se llevara a más niños, no al menos mientras él pudiera evitarlo. Comenzó a tener la extraña sensación de que de un plumazo y de forma repentina, la calle se hubiera quedado desierta. No se veía ni un alma, tan solo los dos niños a los que perseguía para darles alcance y tratar de ponerlos a salvo. Pero había algo aún más siniestro y que a Morgan le ponía los pelos aún más de punta. El silencio era escalofriante, no se oía ni un solo ruido.

Estaba a punto de alcanzarlos, cuando sin mediar palabra alguna y sin saber muy bien cómo, la pequeña Nicole se elevó por los aires, para instantes después, salir despedida varios metros hasta perderse de vista. Morgan y su hermana se frenaron inmediatamente paralizados por el pánico absoluto. Trató de cubrir los ojos de su hermana para que no pudiera contemplar aquel espectáculo dantesco. Matthew nada más ver salir volando a su amiga, entro en shock y salió corriendo sin parar en dirección hacia una hilera de casas algo más apartadas. Morgan le gritó de forma desesperada con la esperanza de que se detuviera y volviera con él, solo quería tranquilizarlo y protegerlo. Pero el niño estaba totalmente fuera de sí y corría sin control y sin un destino definido.

Matthew se fue poco a poco acercando a las casas, y cuando parecía que iba alcanzarlas para poder refugiarse y recibir ayuda, una sombra muy alta salió de la zona más oscura y sombría para cernirse sobre el pequeño y arrastrarlo hacia dicha oscuridad. Sus gritos se ahogaron y se extinguieron nada más perderse en su interior. Morgan, que no se había atrevido a soltar a su hermana ni un segundo, no podía salir de su asombro. Nada de todo lo que le estaba sucediendo tenía sentido. Trataba de convencerse de que todo se trataba de un horrible sueño del que enseguida despertarían. Pero sus ojos no podían olvidar aquella terrible sombra, ni su cabeza, la cual tenía horribles visiones desde que la había mirado fijamente. No pensaba morir aquella noche y menos su hermana, por lo que emprendió el camino hacia su casa corriendo todo lo rápido que se lo permitía sus piernas.

La calle y casi la ciudad entera se encontraban desiertas y el silencio era más inquietante que nunca. El cielo mostraba una calma a pesar de los nubarrones negros como el carbón, y presentaba un extraño resplandor que producía la luna llena. Se encontraban muy próximos a su casa, ya se imaginaban abriendo la puerta de la misma y refugiándose en los brazos de su madre. Pero algo les hizo detenerse en seco en su avance. En mitad de la calle, se erguía imponente la siniestra sombra de alargada figura y mirada aterradora. Ambos permanecían quietos e impasibles, sin mover un solo músculo, pero sin poder dejar de contemplar aquellos ojos rojos como el infierno. Morgan parecía absorto en aquella figura, incapaz de moverse. Mientras el oscuro ser se acercaba a ellos lento pero implacable.

De pronto, alguien tiró de él y de su hermana hacia atrás, hasta arrastrarlos tras los matorrales de un jardín. Morgan contempló ilusionado que se trataba de su novia Michelle, la cual se escondía agachada en el suelo de dicho jardín. Ambos se fundieron en un abrazo, al igual que la pequeña Natalie que estaba totalmente aterrada.

-¿Qué demonios hacéis en la calle a estas horas? -increpó Michelle a su novio.

-Lo mismo te podría preguntar yo a ti –respondió con evidente cabreo Morgan–. Esa cosa lleva persiguiéndonos toda la noche.

-¿Os encontráis bien? -quiso saber visiblemente preocupada por los dos.

-Nosotros sí, pero he perdido a su grupo de amigos –contestó abatido-. ¿Qué cojones es esa puta sombra que parece tener vida? ¿De dónde coño ha salido?

-Tú al igual que el resto de la ciudad sabe qué es cariño –le contestó pasando la mano con cariño por su cara–. Todo empezó en 1982 cuando aquellas jóvenes inconscientes, se reunieron en la noche de Halloween para mediante símbolos satánicos, velas negras y una serie de impronunciables cánticos y conjuros invocar al diablo. Pero como todos sabemos no lo consiguieron y murieron quemadas aquella misma noche. Pero algo oscuro lograron llamar que desde hace 36 años se aparece todas las noches como la de hoy para sembrar el pánico y el terror en Salem.

-Pero eso es imposible, todo eso que me cuentas parece sacado de cualquier leyenda popular propia de esta noche, que se le cuenta a los niños para meterles miedo –dijo mientras él mismo era consciente de lo que había visto y al mismo tiempo, conocía perfectamente aquella terrible historia.

Los tres se encontraban abrazados, tratando de mantenerse quietos sin hacer ruido, intentando protegerse los unos a los otros de la terrible amenaza. Michelle y Morgan hablaban casi entre susurros sobre aquella terrible historia grabada a fuego entre todos los lugareños, ajenos a la sombra alargada de ojos rojizos que se cernía sobre ellos. La pequeña Natalie, apenas tuvo tiempo de alzar la vista hacia la oscuridad que estaba a punto de engullirlos y emitir un grito desgarrador.

Salem, 1 de Noviembre. 9.00 a.m.

La policía estatal salía de la casa con Edward Simon esposado, ante la mirada destrozada y acusadora de los vecinos y de las propias cámaras de televisión que grababan al cruel asesino mientras era introducido en el coche policial. En el sótano de su casa se habían encontrado evidencias y pruebas de los nueve niños y adultos desaparecidos durante la noche de Halloween, entre ellos su hijo. Además, se habían encontrado restos de simbología satánica en el suelo del mismo. El propio Edward aseguraba desesperadamente su inocencia mientras era increpado e insultado por los vecinos y familiares afectados.

A una distancia prudencial, Bryan Simon observaba la escena con una sonrisa siniestra y macabra dibujada en su rostro. Sus ojos de un brillante e intenso rojo, contemplaban impasible la escena.

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