UNAS CERVEZAS EN LA ALONDRA, Autor: Carlos Fernández-Barrutia

 

 

 

Yo soy un abogado barato, de esos que trabajan con causas imposibles. Hace ya dos años me tocó defender a Rufino en el turno de oficio, le libré de una temporada en la cárcel y ya no quiso separarse de mí. Se convirtió en mi sombra: hoy es el chico de los recados, mañana se transforma en mi ángel protector y en el intermedio es un buen cocinero. Duerme en el sofá del salón justo a la entrada de mi cuarto para que nadie se cuele en mis sueños.

Estaba acusado de participar en un atraco. Yo nunca supe la verdad. Él, sacando media sonrisa, siempre dice que esa mañana le dolían las muelas y que se quedó en casa. Le busqué una buena coartada y salió absuelto.

Rufino es tuerto, para tapar el hueco se pone un parche negro de esos que usan los piratas. Su madre me contó que siempre tuvo los dos ojos y que una tarde oscura de noviembre, después de años de ausencia, apareció con una cuenca vacía. Le habló de una disputa con un inglés al otro lado del Atlántico y no quiso contarle más.

Tiene el pelo siempre revuelto y su único ojo es penetrante, inquieto y algo achinado. Su lengua es rápida y afilada. Es de esos hombres que saben engatusar a las mujeres y de los que por un gesto o una palabra entran con facilidad en la pelea. Es valiente y nada le asusta; la navaja bien escondida y siempre dispuesta.

Me contó que tuvo un amor que se acabó hace tiempo, que para mantenerlo tenía que mentir mucho a aquella mujer y que se cansó de no poder decirle la verdad. Un día él desapareció y ya no supo más de ella; también me contó que en el recuerdo algunas noches volvía su aroma. Me dijo que se llamaba Graciela y que Graciela iba siempre más despacio que el tiempo. Una noche me habló de un hijo en América y no volvió a decir más.

Un viernes de hace dos semanas a última hora de la tarde le propuse ir a tomar unas cervezas a La Alondra. “Un bar con decoración ecléctica”, decía la guía nocturna de la ciudad. Allí estaba el tresillo de la abuela con los brazos cubiertos por protectores de ganchillo, tres camillas con faldas de flores habilitadas para el juego, unas cuantas sillas de madera de distintos estilos que parecían estar colocadas al azar, dos mecedoras, un par de cómodas actuales de esas que se compran en una enorme tienda sueca, cuatro o cinco mesitas bajas, unos cuantos taburetes metálicos y aquí y allá floreros con flores de tela intentando dar al local un ambiente acogedor.

En una pared había un aparato de música siempre en marcha a un volumen exagerado. Para acompañarlo, colgados en el mismo muro había un arpa, dos oboes y un saxofón. El aparato sonaba con una mezcla de estilos y de décadas, jazz y country americano, la movida de los 80, melodías  italianas y francesas de los sesenta y a veces Gardel cantaba un tango o se escuchaba a Sarita Montiel cantar un cuplé. Como todo en el bar la música también era “ecléctica” y sonaba a su manera.

 Esa noche Rufino y yo nos acodamos en la barra, pedimos dos dobles de cerveza de malta y perdimos nuestras miradas por el local, cada uno a lo suyo. Los clientes también eran variados, algunos trajeados con sus corbatas, mujeres con vestidos veraniegos, hombres de aspecto fornido con camisetas negras muy estrechas, chicas de pechos ajustados con faldas y pantalones cortos, pelos largos o casi rapados de todos los colores, calvos, barbas extensas o recortadas e incluso algún bigote extraviado.

 En una mesa cercana un grupo de mujeres jugaba a las cartas y reía, parecían inmunes a los hombres que se acercaban a curiosear. Cuando ellas  repararon en nuestra presencia sus ojos se dirigieron hacia el lugar dónde nos encontrábamos, yo noté que las cartas de la baraja comenzaron a alterarse y que el juego perdió parte de su interés. Ya sabía que yo no era el centro de atención. En unos minutos Rufino se había convertido en la estrella de La Alondra, su sola presencia y su parche le convertían en el punto de mira. Nos bebimos deprisa las primeras cervezas y tuvimos que pedir la segunda ronda para no quedarnos de vacío.

Dentro del grupo observé a una chica morena, más bien delgada, que dejó su vista fija en mi amigo. Él le hizo un gesto para aproximarse, la morena afirmó con la cabeza y un hombre calvo,  muy alto y de anchas espaldas se puso tenso, como en estado de alerta. Yo empecé a sospechar que el final de la noche no iba a ser tranquilo. Fue entonces cuando maldije la hora en la que entramos en aquel bar. Nos bebimos la segunda cerveza y empezamos con la tercera.

De pronto, ¡oh, casualidad!, se escuchó a Luz Casal cantar aquella canción de los ochenta que se titula “Rufino”. Mi amigo sonrió y mirando a la morena que no le perdía de vista se puso a cantar el estribillo:

“Rufino, me lleva a jugar al casino.

 Rufino, me invita a comer langostinos.

Me gusta verle bailar con su aire de pingüino.

Rufino es: libertino, divino y superficial”.

Esto pareció molestar aún más al hombre calvo y muy alto, que tenía toda la pinta de ser el novio o el exnovio de la chica morena; lo que no se podía dudar era que tenía aspecto de matón y que su puño podía estampar a cualquiera que se le pusiera delante. A mí lo que me fastidió fue que pingüino y superficial no rimaran.

Apareció entonces Rufino “el atrevido”, probablemente la cuarta cerveza estuviera relacionada con su osadía. Se subió a un taburete y señalando desde las alturas a la chica morena volvió a la carga con el estribillo:

“Rufino, me lleva a jugar al casino.

 Rufino, me invita a comer…”

Y justo cuando iba a decir “langostinos” el taburete se tambaleó por el empujón que le dio el calvo, que ahora parecía celoso. Se escuchó a la chica morena decir, “Boxer, no seas bruto, no le hagas daño”. Y Rufino perdió el equilibrio, por un instante pareció que iba a besar el suelo, pero como es tan rápido como un felino, cayó de pie y le dio tiempo a poner la zancadilla al gigante Boxer. El calvo se levantó como una exhalación, yo me interpuse en su trayectoria y salí despedido hacia la puerta de entrada. Me dio tiempo a ver cómo volaba un vaso que se estrelló contra el ojo derecho del calvo. También pude distinguir la mano que lo había arrojado, era de una chica rubia que se sentaba justo al lado de la morena. El calvo dio un chillido de animal herido y se quedó sentado en un taburete con las manos sujetando la cabeza, parecía que la profesora le había castigado a la silla de pensar, pero dudé de que este Boxer fuera capaz de recapacitar sobre algo más que no fueran sus puños. Por unos minutos el bar volvió a la calma.

Rufino y yo nos acercamos a la mesa de las chicas, las invitamos a unos gintonics y para nosotros pedimos otras cervezas. Me sentí incapaz de saber cuántas rondas llevábamos. La rubia, que había acertado en el ojo del calvo con un vaso, se llamaba Rosa, y me contó que trabajaba en un circo como lanzadora de puñales. Me encantó su mirada ingenua y me asustó la energía de su brazo.

Sonó un tango en la voz de Gardel y Rufino sacó a bailar a la morena, él era un experto bailarín y ella que cojeaba ligeramente de la pierna izquierda se comportó cómo una profesional. Justo cuando Carlos Gardel finalizaba con: “mi Buenos Aires querido cuando yo te vuelva a ver… no habrá más penas ni olvido…”, el calvo pareció despertar. Se acercó a la pareja para intimidarla y la morena en un movimiento rápido y elegante, le hizo una llave que lo dejó con un par de dientes clavados en las baldosas. Margarita, que así se llamaba, sonrió a Rufino y le hizo un gesto indicando que lo más razonable era la huida. Salimos los cuatro en busca de un taxi que nos alejara de aquel bar. Me encontré especialmente protegido cuando me enteré que Margarita era profesora de artes marciales. ¡Vaya chicas tan impresionantes nos acompañaban!

Esa noche nos bebimos casi todo Madrid y cuando ya estaba amaneciendo Rufino propuso un atraco. Solo le pregunté que si le dolían las muelas.

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