EMMA, Autor: Manuel Cardeñas Aguirre

 

 

Hablando de escritura:

De Rouen a Yonville apenas hay distancia, más o menos el tiempo que cuesta esbozar cuatro ideas, expresar la revelación que lleva implícita todo sueño o imaginar el interior sesudo de un pensamiento.

Gustave está en Croisset. La noche ha sido un desastre, no ha podido escribir una línea, mucho menos, dormir. Se levanta de la silla sumamente excitado, encima del escritorio un amasijo de frases inacabadas, notas por doquier. Emma nubla su cabeza por completo, no entiende sus asiduas desapariciones, esos periodos grises en los que cada poco ella se escapa, el último, ¡hace un mes que no sabe nada de ella!

Necesita verla, está dispuesto a todo, se calza sus gruesos zapatos de paseo, se echa un ligero abrigo sobre los hombros, sale del estudio en silencio y abandona sigilosamente la casa, ni siquiera se fija en su cuidado jardín; abre la cancela y decide seguir el Sena hacia arriba, marcha pegado a las robustas tapias de las casas, quiere pasar desapercibido, parece un furtivo; clarea el alba, pespuntean los primeros rayos de luz iluminando las copas de los árboles y algún que otro mirlo se aclara la voz apuntando su pico hacia la esfera del cielo.

«¡Yonville! ¿Dónde, si no?»

Cuando llega al pueblo las tabernas están abiertas, se detiene en la primera que ve y se desayuna un café tostado en puchero del presente y un indefinible bollo anclado en las vitrinas del pasado; apenas tarda unos minutos, no puede estar quieto, siente una excitación que le impele al movimiento, sale, recorre las calles, se fija en las fachadas, han amanecido tricolores de fiesta y el frontón del ayuntamiento luce guirnaldas de hiedra.

Se acumula la gente a su alrededor, llegan de todas partes, hormiguean bulliciosamente, pero nadie lo ve, nadie repara en su presencia, los comicios, ese eufemismo para nombrar la feria de ganado, reclaman toda la atención de la muchedumbre. Le pregunta al farmacéutico Homais quien ni siquiera se digna mirarlo; de repente, Flaubert repara en un sombrero verde, es ella, ahí está, ¡sí, es Emma!, y no puede menos que fijarse en cómo la expresión serena de su rostro no deja adivinar nada, la sigue con la mirada, se abstrae en su contemplación, se detiene en los detalles: en sus ojos de largas pestañas curvas, en el color rosa que atraviesa el tabique de su nariz y en cómo inclina la cabeza sobre el hombro mientras ve entre sus labios la punta nacarada de sus dientes blancos…

No puede continuar con su atenta observación, Madame Lefrançois tironea de su manga para llamar su atención, señala en dirección a Rodolfo quien, de manera decidida, se dirige hacia Emma saltándose todo tipo de protocolos, forzando sonrisas y voluntades:

«¡Lo sabía, lo sabía!… ¡Ese donjuán de pacotilla!… ¡Está perdida!»

Se lanza en pos de ambos, es urgente hablar con Emma, no entiende su comportamiento, se le acumulan las preguntas, necesita saber qué va a hacer, qué decisiones va a tomar, si abandonará a Berthe y a Charles; no soporta ese vivir a oscuras al que su abandono le condena, además, teme por ella, ve el peligro que supone  ese vivir escindido en el que se halla sumergida, esa terrible separación entre ilusión de realidad y la cruda existencia rural que le rodea, la brecha aumenta cada día que pasa; pero la multitud le impide ir más deprisa, además, Monsieur Lheurex y su empalagoso hablar lo detienen bruscamente; de repente, la guardia forma frente al ayuntamiento, los bomberos con sus galas hacen lo propio, está llegando la carroza del prefecto, se cortan las calles, Flaubert no puede seguirlos, los ve desde lejos, Rodolfo se ha detenido, se señala su indumentaria, seguro que está haciendo gala de esa estudiada humildad que no es más que pura pose, le está diciendo lo que ella quiere oír: que no ha podido ponerse otra cosa, que sus elecciones son propias del descuido, revelación de una existencia excéntrica, de los desórdenes del sentimiento, las tiranías del arte, y siempre un cierto desprecio de las convenciones sociales; «¡oh, cómo lo mira ella!», Flaubert sabe que la presencia de él y sus ponzoñosas frases hacen mella en el imaginativo corazón de Emma, apelan por igual a sus miedos y a sus deseos, la elevan en la misma medida que la incitan a la evasión de la mediocridad provinciana, con toda seguridad estará apelando a las vidas que se ahogan y las ilusiones que se pierden en ella, lo que haga falta para acercarla hasta sus rijosas pretensiones.

Se oye un «¡Presenten armas!» que detiene el discurso interior del escritor, el prefecto no aparece, en su lugar surge un consejero cualquiera que desconcierta a las autoridades y a la multitud, pero después de cierta confusión se suceden los saludos protocolarios y la nueva autoridad se dirige a la tribuna donde inicia un discurso inflamado de petulante oratoria acerca de la República, no pueden faltar palabras como patria, progreso y florecimiento, se incluyen alabanzas para el comercio, las artes…

Flaubert asiste como si estuviera ausente, está rodeado de gente por todos los lados y le es imposible moverse, Rodolfo y Emma han desaparecido, «¿dónde estarán?», todo lo ocupa la voz pretenciosa del consejero: «la confianza renace, y, por fin, Francia respira.»; vuelven a dominarle sus primeros temores, se imagina todo: al embaucador Rodolfo y a la ingenua Emma juntos, la mirada lánguida de ella hacia él, ese desmadejarse lentamente ante su sibilino acoso, las palabras de Rodolfo asaltando las escasas defensas de ella, y vislumbra el cerco al que él la estará sometiendo, primero un mínimo acercamiento, luego un roce sutil y preciso que la conmueva, más tarde caricias abiertas y miradas directas a los ojos de ella que de forma entregada entornará los párpados para respirarlo mejor

Flaubert siente como si se estuviera mareando, entre el cúmulo de voces y de imágenes que asaltan su cabeza y el discurso vacío y pretencioso del consejero, por momentos, se siente desfallecer; quiere irse de allí, salir como sea, busca en el cielo un respiro para su desazón, pero al elevar la vista observa cómo la ventana del salón de sesiones proyecta la sombra de ellos dos:

¡Están allí!, ¡los dos juntos!… ¡Sin compañía!, ¡con el salón vacío!

No soporta más, tiene que irse, volver a casa como sea: empuja, da codazos, se mueve con dificultad y, sin saber muy bien cómo, al poco está en las afueras de Yonville, aprieta el paso, quiere llegar cuanto antes a su estudio, hasta su escritorio; lleva consigo sus sentimientos hechos trizas, la cabeza lúcida y la mano empuñando una pluma imaginaria deseosa de escribir…

 Gustave Flaubert acaba de crear uno de los capítulos más brillantes de la historia de la Literatura, nunca, hasta ese día, música y prosa se habían acercado tanto, el contrapunto al que somete su escritura es portentoso: reúne todas las voces de su imaginación y las hace sonar fielmente medidas y pautadas para que el lector asista al prodigio, además, ha intercalado hechos y sentimientos, imaginación y sugerencia, y todo ello dispuesto armónicamente en torno a una composición pensada de antemano.

(Gustave Flaubert, Madame Bovary, Segunda parte, capítulo VIII.)

 

Manuel Cardeñas Aguirre, 11 de octubre de 2018.

 

(Pintura de cabecera: Jean Jacques Henner)

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