LA INSTALACIÓN, Autor: Luis Vinuesa

      Román llegó al portal de Mariola sobre las tres y media, hora en que ella ya habría vuelto de repartir. Tras llamar varias veces al telefonillo sin obtener respuesta, una señora mayor se asomó al balcón contiguo al suyo y le dijo que pulsara el botón del 2ºA; que ella le abría. La mujer lo aguardaba en el descansillo. La novia de mi hermano le había dejado un mensaje, un mensaje que le había dictado al nieto de la mujer con quien Mariola, al parecer, se llevaba estupendamente.

      «¿No llamaría usted a los municipales el otro día? —me dijo mi hermano que preguntó.

      —Sí, hijo; lo siento, pero me asustaste. Aprecio mucho a Mariola y pensé cualquier cosa. Pero ahora ella me ha dicho que puedo confiar en ti; aunque no mencionó que vinieras con esos pantalones de medio náufrago y esa camisa tan hortera. ¿Te has pegado con alguien? —concluyó, en alusión a mi brazo vendado.

       —No, no es nada. Venga, a ver ese mensaje.

       —¡Tito! —llamó hacia dentro de la casa.

       —¡Ya voy, abuela! —se oyó desde lejos.

       »Tras un minuto largo, apareció un niño de unos diez años, lentamente, dando pasos militares. Carraspeó como un señor y empezó a leer sin titubear del cuaderno que llevaba en la mano:

      —“Me llamo Alberto, pero todos me llaman Tito. Mariola es mi mejor amiga mayor, yo soy su mejor amigo pequeño y como tal me ha encargado dar un mensaje a su mejor amigo mayor”.

      »Aquí el niño se detuvo y me miró con fijeza; yo me impacienté:

      —Su novio; yo soy su novio. “Novio formal” —precisé para información de su abuela.

      »Luego Albertito dijo:

      —Lo dudo.

      »¿Pero qué coño dudaba el niño —pensé—, de que yo era “novio”, o que era “novio formal”?

      —Vamos, termina, Tito —apremió su abuela.

     —Este es el mensaje final; es de Mariola —me advirtió el chaval—; no lo digo yo.

      —Venga, suéltalo.

      —Lo dice Mariola, yo no.

      —Vale, entendido, Albertito.

     —“¡Román, vete a freír espárragos!”. —exclamó con ganas, porque, según aclaró, la frase iba entre signos de admiración».

      De interrogación habían de ser las cejas de Román cuando la abuela le entregó un manojo de espárragos trigueros junto con un par huevos, una morcilla y media barra de pan.

      «Te los puedes freír revueltos, en la cocina —dijo la mujer mientras Albertito, con la solicitud de los niños haciendo cosas serias, se aprestaba a abrirle la puerta de Mariola.

      —Te doy paso yo —dijo—, para que no se te caigan los huevos.

    —¿Esto también te lo ha mandado decir tu mejor-amiga-mayor? —le preguntó Román».

      El chico lo acompañó hasta la cocina, donde dejó las viandas. Luego se esfumó a toda carrera como dibujito animado.

      ¡Joder, con Mariola!, vaya una manera de decirle las cosas. Pero… ¿qué cosas? Román no tenía ni idea. Bajo la ducha y mientras se sacudía todo un día de solanera, pensó si no era una forma de utilizar a Albertito para retomar subliminalmente el tema de tener niños. Pero la alegoría se le tornó funesta: si Román freía los espárragos, ¿Mariola cortaría con él? Mandar alguien a freír espárragos es una fórmula coloquial de despedirlo.

     —Tu chica quería hacer una performance contigo —le apunté yo a mi hermano.

      —Solo con los anacardos en mi estómago —dijo él—, mi apetito era terrible. En la ducha me limpié la herida, a un tris de necesitar puntos. Al salir, me eché alcohol que me produjo un escozor tan agudo como para romper copas de fino cristal… Renové la venda y a continuación me vestí con el albornoz de Mariola, que me quedaba corto, y me lancé a la búsqueda de otros comestibles distintos a los putos espárragos. El frigorífico se encontraba desusadamente vacío. Busqué por los armarios despenseros: ni conservas, ni chocolate ni nada. Solo aceite y sal, ¡no te jode! En la encimera había una botella de Rioja que estaba diciendo “descórchame”. Una trampa maquiavélica. Total, que ya tenía todo en la sartén: el revuelto perfecto. El olor me hacía salivar cuando me percaté de que al chico, en persona y en pensamiento, no lo había llamado Tito; ni Alberto, sino “Albertito”: un diminutivo que solo yo empleé y que acaso lo singularizaba como hijo mío (y de Mariola) en tanto a la metafísica del lenguaje. Además, su temple me recordaba al de Óscar.

      —Román —lo interrumpí—, te vendría bien algo de terapia.

      —Sí, con Griselda, ¡venga ya!

      Mi hermano y yo íbamos de frente el uno con el otro. No disimulábamos la falta de sintonía entre él y Griselda; sí, Griselda, mi chica, la psicoanalista on-line.

      —Hazte pasar por otra persona —sugerí—, o búscate otro profesional.

      —¿Con qué dinero?

     —Bueno, pues Griselda te trataría gratis —apunté yo, pero mi hermano lo obvió y siguió con su historia. Cuando me lo contaba se encontraba bien, acaso con unas cervezas encima; pero aquel día sofocante en que se había enfrentado a una víbora, a un gasolinero y a un conductor de autobús, aquel día en que había sido acechado por un dron como un insecto gigante y había bautizado a una vaca con el nombre de Madonna, podría calificarse poco menos que delirante y las ideas le brotaban en consonancia:

   —¿Pero y si el revuelto de espárragos era en realidad una pócima afrodisíaca de la hechicera Mariola y tras la ingesta yo intentaría con-sumar nada más verla sin emplear preservativo ni marcha atrás ni nada de nada?

    Al parecer, Román devoró el plato, como quien dice, en lo que le duró ese pensamiento.

     Alguien tocó al timbre de la puerta. Fue a abrir vestido con el albornoz color turquesa de su chica.

   Albertito y su abuela entraron mudos, como actores indiferentes al espectador y se llegaron a la cocina.

      «¡Se lo vamos a contar todo a tu novia! —advirtió Albertito, e hicieron mutis los dos, llevándose la botella de vino empezada y el cuscurro de pan que le había sobrado».

      Casi al instante entró Mariola.

    «Vaya, la directora de escena —anunció mi hermano—. Tienes unos comediantes fabulosos.

       —Ya me han dicho: has frito los espárragos.

      —Y la morcilla y los huevos en tortilla; venía con un hambre atroz, Mariola; no veas las que he pasado.

      —¿A que es listo Tito? Podríamos adoptarlo, ¿eh, Román?

      —No bromees con eso.

      —¿Con qué, con tenerlo como hijo?

      —No, con la posibilidad de que sea huérfano.

      —No, no es huérfano. Te has acojonado, ¿eh, Román?».

       Mi hermano se fue sin responder para la habitación de ella pensando que su chica se lo estaría pasando bomba con su performance o instalación; pero él, ese día las había pasado canutas. Si lo iba a mandar a freír espárragos, cosa que le había salido ya muy bien, que se lo dijera a la cara, una cara que Román ocultaba ahora boca abajo, tendido sobre la cama. No tardó cinco minutos en dormirse y prender las antorchas oníricas que formaron un pasillo en penumbra donde mi hermano se internó hacia su subconsciente en un sueño que más adelante detallaré, pues también se lo contaría a Griselda luego después.

     —Cuando desperté —proseguía Román—, Mariola se estaba vistiendo. Calculé que andaba preparándose para ir a trabajar y miré el reloj: las cuatro de la mañana. Había dormido yo un montón de horas como consecuencia del día ajetreado y la digestión pesada del revuelto de morcilla y trigueros. Entonces recordé a la abuela y a Albertito y le pregunté a Mariola por su relación con ellos.

      «La abuela es mi casera, majísima. Me confabulé con ella y con Tito, que está en el grupo de teatro de su cole, para hacerte la instalación de “mandarte a freír espárragos”. Y como los freíste y además te los has zampado, querido Román, te voy a dejar.

      —¿Qué?

      —Que te abandono.

      —¡Mariola! —exclamé.

      —Ah, los símbolos son los símbolos; no supiste verlos.

    —Venía que me moría. Déjame explicarte. ¡Mira el brazo! —dije, y me arremangué la manga del albornoz.

      »Como Mariola permanecía muda, lo desenvendé con aires trágicos.

      —¡Ostras, vaya herida! —exclamó ella, echándose la mano a la boca. »Todo indicaba que iba a creerme, así pues le relaté mi peripecia siguiendo al casero en busca de pistas sobre mi ropa y otros enseres.

      —¿Te enfrentaste a una víbora? —se admiró Mariola cuando llegué a esa parte.

      —Sí; la escupes con decisión, se despista un microsegundo y entonces la arreas con la piedra.

     »Mariola me abrazó y eso, al parecer, significaba que no iba a dejarme. Luego terminé la historia contándole que había llegado a su casa con tal traza, que tuve que echar los pantalones “semipiratas”, sucios y pringosos de jara, directamente a la basura.

      —¡Ostras, las cucarachas! —exclamó Mariola, y se lanzó para la cocina.

      —Regresó al rato envuelta en olor a insecticida.

      —Esa jara debe ser miel para ellas —dijo—. Las hijas de puta han infestado también tu camisa, esa hortera que traías; no sé por qué la dejaste en la cocina.

      —Porque no sabía que había una plaga.

      —Tus zapatillas se han perdido también.

      —¿Tantas cucarachas hay?

      —Un montón. Aparecen de noche como furtivas. Por eso no tengo comida en casa. Van a venir a fumigar hoy a fondo. Mi casera ha llamado a una empresa especializada aprovechando que estaré fuera una semana.

      —¿Fuera, dónde? —pregunté.

      —¡En Ibiza! —dijo ella con entusiasmo.

      —¿No currabas con las monjas?

     —A eso voy, a trabajar de comercial allí. Me voy a duchar, el avión sale dentro de tres horas.

      —¿Y yo: qué hago sin ti? —le hice la pregunta dentro del baño, a donde la seguí».

      Ella no respondió a esta cuestión, pero mientras se duchaba le explicó a Román que su performance “esparraguera” había sido inspirada en cierto modo por Roberto Bolaño, de quien Mariola se estaba especializando. Mi hermano la escucharía con claridad, porque se mantuvo asomado por una rendija de la mampara por la que salía el vapor de agua caliente, prólogo a la lengua reveladora de Mariola tal que sibila del oráculo de Delfos…

      —Vale, Román, déjate de literaturas —le corté a mi hermano.

      —¡Pero si ahora viene lo bueno!

      —Anda, sigue —le dije.

     —Bien, pues Mariola habla sin tapujos del gran Bolaño. Lo imagina como dentro de un cuento haciendo sus últimas gestiones en la vida, que consisten en dirigirse a las oficinas de Anagrama a ver al editor Jorge Herralde, un tipo que arriesgaba en lo literario y en sus tiempos en lo político y a quien el escritor chileno oyó decir que la gran novela estadounidense son los cuentos de Raymond Carver.

      «Robertito Bolaño —continúa Mariola— se detiene ante el escaparte de una librería, salpicado de lluvia. A través del cristal observa el libro Vivir para contarla, la autobiografía de Gabriel García Márquez. Busca entre los libros expuestos y no encuentra ninguno de los suyos. Es casi de noche y el reflejo le devuelve una cara medio desvanecida donde el agua que resbala se hace marca de amargura, calando hasta la fotografía que saldrá en la mayoría de las solapas de sus ediciones póstumas.

      »El escritor camina pensando en autores que caen como en ese cuadro de Magritte, Golconda, en el que llueven señores: autores como Rodolfo Wilcock, Borges, Alfonso Reyes, Marcel Schwob, el propio Magritte en un ejercicio autoficcional. El pintor dentro de su pintura, similar a ese otro cuadro suyo, Tentativa imposible, en el que representa a un artista paleta en mano pincelando a una muchacha desnuda. Pero Bolaño no va a las oficinas de Anagrama a hacer literatura dentro de la literatura, sino a hacer literatura externa, tan externa que la hará una vez sus cenizas hayan sido esparcidas. Será su particular canto del cisne, esta vez sin escribir una letra; otros lo harán por él. En Anagrama fingirá que le interesa mucho que se cumplan sus instrucciones dadas para que 2666 se publique por separado, en cinco partes. Él está gravemente enfermo y deben respetarlo; pero sabe que si muere, sus herederos en común acuerdo con Jorge Herralde e Ignacio Echevarría (su albacea literario) le rectificarán y cada volumen unitario de 2666 se abrirá con una nota explicativa que justifique la agrupación de las cinco partes. ¿Quién se atrevería a fraccionar tan magna y excelsa obra? Quizás Ignacio, piensa Bolaño, añada otra nota argumentando en detalle la decisión. Pero, tal vez, alguien se dé cuenta de su maquinación comparable a la de Sensini, relato suyo en el que los protagonistas son dos escritores que se lanzan a participar en concursos literarios. Y este relato no hubiera funcionado, si no hubiese obtenido el premio “Ciudad de San Sebastián”, mención que Anagrama coloca a su final cuando lo publica abriendo el libro Llamadas telefónicas y que eleva el cuento a lo sublime. Bolaño recuerda que definió esta literatura saliendo a la realidad como “instalación”, en una entrevista que en 1999 le hizo Cristián Warnken, un tipo que se había leído prácticamente todas las referencias literarias que surgían, y eso es de agradecer en un periodista, piensa Robertito Bolaño cuando accede, con los pies mojados, a las oficinas de Anagrama y empieza a bromear con Teresa Aliño, responsable del departamento de edición».

      Mariola salió de la ducha y Román se quitó su albornoz para pasárselo a ella, que continuó diciendo que Alfaguara —la nueva editorial de 2666— había suprimido la nota de los herederos urdida por el gran Bolaño.

    «Acaso los ejemplares antiguos se conviertan en objetos de culto —concluye Mariola».

     Román la acompañó al aeropuerto. Al salir de casa, ella le entregó las llaves a su vecina y casera, quien no dejó de sonreírse ante la indumentaria de mi hermano: blusa roja estrecha excusada por chambra rosa de manga larga, y mallas negras que le estaban cortas. Bailarinas forzadas en chancletas. Complemento de bolsa de plástico, blanca con estampaciones de letras verdes:

Farmacia Lda. Leticia Márquez Grandiano

ABIERTA 12 HORAS

c / Letame, 8 28089, Madrid

donde Román portaba el móvil, la cartera y las llaves del chalé de Leonardo Vico. Al menos, la vestidura era larga y le tapaba el culo.

    «¿A ver cómo se le marca el paquete?». —dijo la abuela de Albertito, levantándole la chambra. Tanto ella como Mariola se carcajearon.

    —La verdad es que también yo me reí —prosiguió mi hermano—, a pesar de cierto ardor de estómago que me bajaba hasta la polla. Vamos, que iba salido perdido ya en el taxi, quizás por aquellas mallas ceñidas a mi piel sin la opresión de los calzoncillos. Me dio por fantasear, pues, que protagonizábamos la película Taxi Driver y yo podría follar allí mismo con Mariola en el asiento trasero con total impunidad: estábamos en el Nueva York de los Setenta. De modo que le daba besos a mi chica donde pillaba, preferentemente en el cuello mientras ella me contaba su nuevo cometido profesional. El taxista solo se hallaba atento al tráfico y a ciertos peligros inconcretos basados según percibimos por la radio en que su gremio andaba de huelga.

     «El conductor iba de esquirol, yo de fauno en celo y Mariola de ninfa de los negocios, tan contenta porque había subido un escalafón en el organigrama: de transportista furgonetera a representante comercial de los dulces del convento. Las de la orden de su tía ampliaban mercado en las Baleares, ya habían adelantado mercancía por transporte aéreo —más eficaz que el marítimo— y Mariola viajaba a concretar acuerdos y planificar trazabilidades. Su puesto de transportista lo pasaba ahora a ocupar aquella joven que a veces le ayudaba a cargar. Como aún era novicia, se le permitía entrar y salir del convento para la tarea distribuidora.

    —Ah, la kierkegaardiana —recordé, mordisqueándole el lóbulo a Mariola, que se encogió levemente al punto en que el taxista pitaba; o le pitaban, no supe discernir.

      —Te voy a echar un polvo en el servicio del aeropuerto —le susurré a mi chica—, que luego no vas a volar en avión, sino en cumulonimbo.

     »Ella se enroscó sobre mí. No era la primera vez que lo hacíamos en unos servicios públicos: en los del intercambiador de autobuses de Plaza de Castilla en una ocasión anterior.

    —Verás qué limpios están los del aeropuerto —le dije abiertamente a Mariola mientras ella le pagaba al taxista, que nos pidió celeridad en salir y en sacar nosotros la maleta; si le hacíamos el favor.

   »En esta operación estábamos cuando otros chóferes empezaron a increpar violentamente al nuestro, que se largó quemando ruedas con el maletero abierto.

    —¿No te ha puesto cachonda esta escena? —le pregunté a Mariola cuando franqueábamos las puertas automáticas bajo un coro de taxistas para mí celestiales.

      —No tienes condones —me dijo ella, ya dentro.

      —Es igual.

      —Mira —advirtió mi chica—; o eso, o aprovechas que vas conmigo y con mi tarjeta de crédito para sacarte ropa del duty free».

 

La instalación es el Capítulo 7 de la novela “Caronte ida y vuelta”

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