YESO OCRE, Autor: Luis Vinuesa

 Soy el primitivo del camino que he encontrado, Paul Cézanne

 

Lydia estaba dormida cuando pasaron la cena. El auxiliar de vuelo no había querido despertarla, pero tampoco dejarla de perdida y le preguntó si quería tomar algo.

            —Un batido de chocolate, por favor.

            —A poco te puedo traer un sándwich —dijo él.

            —Gracias, con el batido de chocolate está bueno.

        Lydia calculaba que había dormido muchas horas sobre el océano Atlántico, siete, ocho…

Con un pitido se encendió la luz del cinturón. Tras ajustárselo, intentó conversar con el pasajero de al lado.

            —Hay turbulencias.

            —Perdona, hija, pero yo, en estas, prefiero platicar a solas con Dios.

            Como Lydia se mostró perpleja, el hombre aclaró:

            —Rezar, quiero rezar. ¿No ves que lo ha… go por to… dos?

            Los baches aéreos tomaban el ritmo del Boeing o el Boeing tomaba el ritmo de los vaivenes; en cualquier caso, empezaba la danza del pánico. Lydia procuró pensar en otra cosa. Le acudieron a la mente sus últimos movimientos con abuela Josefa. Esta, tras porfiar con los agentes de aduanas, había escoltado a Lydia hasta la misma puerta de embarque. Por otro lado, su hermano Roberto tenía una prueba de violín por la mañana. Ella le había escuchado practicar casi toda la noche. Mientras desayunaba, Roberto apareció fugazmente para despedirse y recordarle que no olvidara el regalo para la prima Sonia, quien recibiría a Lydia en Madrid.

          Las turbulencias cesaron. La luz del cinturón se apagó. Quizás Lydia había exagerado la situación, pero le había servido el recordar a sus seres queridos para evadirse del miedo.

            Su vecino el orante, pegado a la ventanilla, roncaba ahora ruidosamente. Desde que Lydia visitara un taller de imaginería católica, tenía enfrentadas la razón y la fe. De cualquier modo, pretendía ser respetuosa. Iba a agradecerle al sacerdote, cuando despertara, el haber rezado por todos los ocupantes del avión.

           En ese momento llegó el auxiliar de vuelo con un batido de vainilla; no quedaban de chocolate y se disculpaba por ello.

              —Gracias, igualmente.

             —De nada.

          Al rato, el mismo el tripulante de cabina de pasajeros regresaba haciendo comprobaciones. Al estirar un brazo para cerrar un portaequipajes, se le descubrió una mancha de sudor cual mapa de México en el sobaco de la camisa beis.

             Cuando llegó a la bandeja de Lydia, recogió el envase del batido.

             “Un silencio lindo”, se dijo ella mientras lo veía alejarse por el pasillo.

            Luego pensó en sus familiares del futuro, su prima Sonia y sus tíos, que la esperaban en el aeropuerto con chalecos reflectantes haciendo señales luminosas al avión, indicando el hangar sin tabiques del subconsciente. Lydia había caído en un sueño donde sus tíos la retenían en la aduana a causa del chivatazo de abuela Josefa: registraban su equipaje, buscando el regalo de su hermano y de ella para la prima Sonia.

           Fue despertada por el impacto del tren de aterrizaje; presionó con los pies el suelo enmoquetado.

Su prima y sus tíos la recibieron con alborozo. Se trasladaron en taxi a la residencia campestre, al norte de Madrid.

             Luego de dejar sus cosas en la habitación, Lydia bajó con Sonia al jardín. Pasaron a una senda de grava, que se extendía entre los setos recortados. Desembocaron en una glorieta donde surgían dos columpios, tristes en la tarde desapacible.

        Nada más sentarse, se retaron a ver quién llegaba más alto. Se columpiaban estirando y encogiendo las piernas como gimnastas sincronizadas. Se tomaron de la mano y saltaron aprovechando la máxima fuerza centrífuga. Terminaron tiradas por el suelo entre carcajadas.

En el salón, los adultos les habían dejado la estufa encendida. Fuera caía la nieve, blandamente, en el atardecer.

             —Toma, un regalo —dijo Lydia— de parte de Roberto y de mí.

        —¡Gracias! Ahora lo desenvuelvo —dijo Sonia—. Oye, ¿por qué no viene tu hermano?

            —Un doctor dice que es incapaz de tomar un avión.

            —¿Y tú, no tienes miedo? —le preguntó su prima.

         —Tengo un método —contestó ella—; la noche previa la paso en vela, así voy dormida durante casi todo el trayecto.

            —¿Y cómo ha ido esta vez?

          —Hubo turbulencias y pasé miedo, sí. Pero, no sé, había un aeromozo que en cierto modo me protegía.

            —Los españoles decimos azafato —apuntó Sonia.

            Lydia se esforzó entonces por retener en su memoria la cara del TCP e intuyó que con el tiempo solo permanecería, como relieve en el recuerdo, la fragancia de su transpiración masculina.

            —¿Qué vas a estudiar al año que viene? —le preguntó su prima.

            —Bellas Artes —se le ocurrió—, voy a ser escultora. ¿Y tú?

           —¡Lingüística! —exclamó, mientras se probaba los pendientes de ámbar con forma de lágrima.

 

 

(Imagen de la cabecera:  “La mesa”, escultura en yeso dorado, Giacometti)

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