CINE DE VERANO, Autora: Nuria Pradilla

Si tuviéramos que enumerar la cantidad de películas cuyo título contiene la palabra verano la lista sería bastante extensa. Se me vienen a la cabeza algunas de las clásicas como El largo y cálido verano (1958, Martin Ritt), De repente, el último verano (1959, Joseph L. Mankiewicz), Un verano con Mónica (1953, Ingmar Bergman), Crónica de un verano (1951, Jean Rouch y Edgar Morin), Verano del 42 (1971, Robert Mulligan), Las bicicletas son para el verano (1984, Jaime Chávarri) y Verano 1993 (2017, Carla Simón), esta última —basada en la propia historia de su directora— supuso su debut y ha sido galardonada con varios premios a nivel nacional e internacional.

Es solo una pequeña lista realizada de memoria, pero seguro que hay muchas más. El caso es que la irrupción del verano ha hecho que me plantee esta cuestión, la de su presencia en lo cinematográfico, y ya no me refiero solo a las películas que hacen mención al estío en su título, sino también a las que, aunque no lo mencionen, lo evocan en su puesta en escena, a las que, casi podríamos decir, que lo utilizan como mecanismo para la evolución y desarrollo psicológico de los protagonistas. Y es que el verano parece ser la estación óptima para situar a determinados personajes a los que se quiere desnudar —literal y psicológicamente— y escarbar en su esencia más profunda y oculta. Por eso las altas temperaturas a veces son utilizadas como excusa para el detonante de ciertos comportamientos. Si bien la calidez del verano ha propiciado en el cine muchos romances y pasiones, también cuando el clima que se representa se torna más bien tórrido o bochornoso, la pantalla nos puede llegar a mostrar situaciones asfixiantes, donde los ánimos se inflaman y las emociones se ponen al límite.

Precisamente una de las películas en las que el verano tiene una presencia altamente relevante para el devenir de su protagonista cumple ahora cincuenta años. Se trata de El nadador (Frank Perry, 1968), basada en el cuento homónimo de John Cheever. En este magnífico y desasosegante relato —en el que un hombre de mediana edad se propone a atravesar a nado el condado a través de todas las piscinas de una lujosa urbanización, realizando de esta forma un trayecto de trece kilómetros que le separa de su casa— el verano no solo es necesario como situación ambiental (para que sea posible que Ned Merrill encuentre en su camino esas piscinas llenas de agua y preparadas para su propósito), si no que también, el verano, es el causante de que, en el inicio de la historia, su ánimo se muestre exultante, se sienta joven de nuevo, y se decida a emprender semejante hazaña.

De hecho, en el relato, se hacen constantes referencias a la estación. La historia de Cheever comienza así: «Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: “Anoche bebí demasiado”».

Y también casi desde el principio se introducen elementos que parecen presagiar el desenlace final, en el que el protagonista, aparentemente feliz y lleno de vitalidad, culminará su aventura de atravesar a nado el Río Lucinda (nombre escogido en honor a su esposa) con un desgarrador descubrimiento de sí mismo y de su verdadera realidad. «Hacia el oeste se amontonaban las nubes…», nos cuenta el narrador en el relato, mientras que en la película, es en la segunda piscina, cuando sus vecinos, los Graham, se fijan en el cielo y en una nube oscura y amenazante que parece presagiar una tormenta, presagio que el protagonista no parece percibir, más al contrario, la nube le parece evocadora, «como una ciudad de ensueño vista desde un barco».

El film, protagonizado por Burt Lancaster en el papel de Ned Merrill, se mantiene fiel a la esencia del relato y consigue transmitirnos esa idea de desasosiego y de crisis existencial del protagonista, pero sustituye la información que Cheever nos proporciona a través de un narrador omnisciente por la obtenida a través de los diálogos y con la aparición, incluso, de personajes que no aparecen en el cuento.

En la versión de Perry también es frecuente la reiteración de algunos recursos cinematográficos para ilustrar los diferentes estados emocionales que va atravesando el protagonista. Estos resultan quizás un poco exagerados y, hoy por hoy, puede que incluso anticuados y poco imaginativos. Uno de ellos es el desenfoque, que a veces se combina con un acercamiento del plano hacia los ojos del protagonista, y la superposición de imágenes, que nos sugiere la visión distorsionada que tiene Ned Merrill del mundo que le rodea.

También podemos ver alguna escena en la que, con el uso de la cámara lenta y un montaje repetitivo que incorpora fundidos de imágenes, se pretende dar una imagen épica del protagonista, lleno de esa juventud y vitalidad a la que quiere aferrarse.

Pero volviendo al tema del verano, podemos ver —tanto en el relato como en la película— varios momentos en los que el personaje se ve alterado ante determinados signos que parecen estar anticipando el fin de la estación y el fin al que se dirige el propio Ned Merrill. En la versión de Cheever, una pequeña tormenta sorprende al nadador en una de las casas que visita, allí se resguarda mientras es testigo de una de esas visiones premonitorias.

«Permaneció en el jardín de los Levy hasta que pasó la tormenta. La lluvia había refrescado el aire, y él temblaba. La fuerza del viento había despejado de sus hojas rojas y amarillas a un arce y las había dispersado sobre la hierba y el agua. Como era mediados del verano Ned supuso que el árbol se hallaba enfermo, pero sintió una extraña tristeza ante ese signo del otoño».

Esta primera tormenta no aparece reflejada en la película, sin embargo, la referencia a la caída de las hojas amarillas —que, en el cuento, vuelve a observar el protagonista en otra de sus visitas a los vecinos—, y el presagio del otoño, queda sintetizada en las imágenes del inicio de la versión cinematográfica. Vemos un paisaje con árboles de tonalidades ocres. También vemos un búho, patos levantando el vuelo, un ciervo, una liebre, unas hojas secas que caen al río, mientras, escuchamos unas pisadas entre la maleza que finalmente nos llevarán a un plano en el que aparece Ned Merrill en bañador, avanzando entre los árboles, saliendo de la penumbra y dirigiéndose a la primera de las piscinas en las que se zambullirá.

Las caléndulas son otro de los elementos que simbolizan la aniquilación del verano y que Cheever utiliza hacia el final del relato, como antecedente del desenlace final.

«Cuando salió al prado oscuro olió crisantemos y caléndulas —una tenaz fragancia otoñal— en el aire nocturno, un olor intenso como de gas. Alzó la vista y vio que habían salido las estrellas, pero ¿por qué le parecía estar viendo a Andrómeda, Cefeo y Casiopea? ¿Qué se había hecho de las constelaciones de mitad del verano? Se echó a llorar».

En la película, esta alusión a las caléndulas sucede mucho antes en el argumento, después de una de las primeras visitas a las piscinas del vecindario de la que Ned Merrill sale acompañado de una joven (la antigua niñera de sus hijas), a la que ha convencido para que le acompañe en su aventura.

Todos estos signos van acuciando al personaje, al que, según avanza la historia, cada vez se le hace más patente que el verano está desapareciendo, que la calidez y la energía con la que comenzó el día se está tornando en un frío que no solo le afecta físicamente. De hecho, en uno de los primeros párrafos de la narración, Cheever, para describir a Ned Merrill llega a identificarlo con un día verano.

«Podría habérselo comparado con un día de verano, en especial con las últimas horas de uno de ellos, y aunque le faltase una raqueta de tenis o una vela hinchada por el viento, la impresión era, decididamente, de juventud, de vida deportiva y de buen tiempo».

El filme de Frank Perry, cuyo guion fue escrito por su mujer, Eleanor Perry, se planteó en un principio como un proyecto personal e independiente. Perry no tenía demasiada experiencia cinematográfica en ese momento y cuando Burt Lancaster aceptó involucrarse en el proyecto y la producción elevó su presupuesto, la productora, Columbia, comenzó a desconfiar de la capacidad del director (el propio Lancaster, que había sido dirigido recientemente de forma magistral por Visconti en El Gatopardo [1963], tampoco estaba totalmente convencido de los resultados que podría obtener Perry), hasta el punto de que sustituyeron varias escenas rodadas por él por otras filmadas por Sydney Pollack, como la del encuentro con su ex-amante Shirley rodada por Perry con la actriz Bárbara Loden y que fue eliminada en favor de la de Pollack, interpretada por Janice Rule.

A pesar de estas vicisitudes y de su mala recepción en la fecha de su estreno (hoy es para muchos una película de culto), El nadador consigue transmitir esa desazón que invade al protagonista, esa mezcla de crisis existencial y de brusco despertar de un sueño americano que golpea a este hombre ya no tan joven, que por momentos parece haber perdido la razón, o más bien, que parece querer ignorarla. La banda sonora de Marvin Hamlisch (que debuta en el cine con esta película), va alternando pasajes líricos con ciertos compases que remarcan el declive de Ned Merrill y se integra perfectamente con el desarrollo de la historia, colaborando a potenciar ese sentimiento de melancolía, de pérdida, que transciende a su visionado.

El final de la película coincide con el desencadenamiento de una fuerte tormenta. Ned Merrill llega a su destino enfrentándose definitivamente a su realidad, a la casa vacía, al fin del verano, al engaño que ha construido sobre su propia existencia.

Por lo tanto, disfrutemos del verano que acaba de comenzar, de sus representaciones literarias o cinematográficas, pero disfrutémoslo sobretodo en vivo, ahora que todavía está presente, antes de que aparezcan esos sutiles signos que anticiparán su extinción. Después ya solo nos quedará la duda de si el verano realmente existió o si solo fue un paréntesis de fantasía, una especie de evasión de nuestra propia realidad.


Fotografía de la cabecera: Nuria Pradilla

Más información:
http://www.cuentosinfin.com/el-nadador/
http://www.rtve.es/alacarta/videos/dias-de-cine/nadador-50-anos/4598415/

2 Comentarios

  1. Hice una pausa en mi verano para leer tu estupenda reflexión-reseña sobre el cine en esta temporada. Gracias, ahora aprovecharé una tarde de verano para ver la cinta de Woody Allen: Comedia sexual de una noche de verano., basada en una comedia teatral de Shakespeare y programaré alguna que otra de las que mencionas. Qué mejor fórmula que cine y literatura para abrazar el verano. Gracias.

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