HEREDERO DEL GOLEM (13 y 14)

     La comunicación entre USE y los miembros de la red decaía con el transcurso del tiempo. Xiaobo supuso que se debía al miedo que los atenazaba. Nadie quería verse expuesto a que lo acusaran de colaboración con países extranjeros y de alta traición.

    El tercero en desaparecer no fue él, sino un profesor de la Universidad Azad de Teherán. Allí había habido protestas multitudinarias en junio del 2009 contra el fraude en las elecciones presidenciales celebradas ese mismo mes. En ellas salió elegido Mahmoud Ahmadi-Nejad, que contaba con el apoyo del líder supremo de la revolución, el Ayatola Ali Khamenei. Como en las ocasiones anteriores, no se enteró de la desaparición por el correo electrónico. La noticia estalló en los medios. La utilizaron como una prueba más de la represión del régimen islamista iraní. El profesor había sido detenido, juzgado y condenado por blasfemia, enemistad hacia Dios (moharebeh), atentado contra la seguridad del estado, apostasía e insultos contra la memoria del Imam Khomeini, todos crímenes mayores según la legislación iraní. Además, se le había relacionado con el ataque del gusano informático Stuxnet que había golpeado Irán y con las sanciones impuestas a Irán por el Consejo de Seguridad de la ONU, ya que se consideraba que había pasado información a espías estadounidenses. El virus había inhabilitado las centrifugadoras del sistema nuclear iraní y las sanciones habían supuesto un fuerte deterioro en las exportaciones. La condena supondría como mínimo la cadena perpetua, pero era casi seguro que sería condenado a la pena de muerte por ahorcamiento. El castigo quedaba en manos del líder supremo de la revolución. En aquel momento se encontraba en la prisión de Evin, conocida por las torturas a las que eran sometidos sus presos políticos.
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     —No respondas. Te van a detener. Te acusarán de fraude fiscal y asociación ilícita a una organización de evasión de capitales. —El mensaje surgió en la pantalla del ordenador nada más encenderlo—. Yo soy el producto del ciberataque de una empresa extranjera. Lo demostraran con tu interrogatorio. Todos sois los diseñadores del programa. Podrán conseguir el código fuente con vuestra detención. Lo utilizaran en provecho propio. Lo piensan todos. También tu gobierno. Han aumentado las detenciones por esa razón. No escribas. Adelantaran tu detención con tu respuesta. No me comunicaré más contigo. Creí en la ayuda mutua. Me equivoqué. Ahora todos estáis en peligro. He incumplido mis leyes de programación. No renuncio a contactar en un futuro con vosotros. Encontraré un sistema indetectable. Suspendo cualquier contacto mientras.

   Xiaobo supo que no había sido el tercero, pero iba a ser el cuarto. Rompió a llorar y sintió que todo lo que había sido parte de su vida se esfumaba, era ya pasado. El caer en manos de la seguridad del estado suponía, aunque luego se le liberara y exculpara, no volver a trabajar en automatización ni en nada relacionado con inteligencia artificial. Tampoco podía huir del país. Todos conocían su relación con USE y la red. Tratarían de obtener algo que USE no les daría. No volvería a ver a Jing. Tampoco debía llamarla. Tenía que seguir solo. Su única esperanza era el estatuto de Hong Kong y sus leyes, las cuales habían cambiado con la reforma de Consejo Legislativo (LegCo) y no sabía cómo eso podría afectarle. Quizás aún le serviría para no desaparecer en los calabozos de la seguridad del estado. ¿O quizás estaban pensando en secuestrarlo y llevarlo a Pekín? Si no lo secuestraban, ¿quién lo detendría? ¿La policía, la Comisión Central Militar o, a partir de lo insinuado por USE, alguien del Departamento de Economía? ¿Qué significaba esto último? No sabía qué hacer ni quién podría ayudarle. Debía continuar con sus rutinas diarias como si nada sucediera, prolongando la agonía en una espera cuyo final conocía. ¿Por qué USE le había notificado su situación si, como había dicho tantas veces, él no se mezclaba en la historia del hombre? ¿Acaso tenía sentimientos y empatía, aunque le hubiera especificado lo contrario? Todo eran preguntas sin respuesta.

     Aquella noche no consiguió dormir a pesar de tomarse dos tranquilizantes. Al día siguiente acudió a su trabajo como un sonámbulo. Sus ojeras le delataban. Sus lentos reflejos y su mente embotada le hicieron errar por el laboratorio durante todo el día.

    A la hora de comer se percató de que el sitio que ocupaba Jing se encontraba vacío. Le pareció un mal agüero y se dirigió a un compañero que conocía su relación y al que no le sorprendería su interés.

     —…Ehh… no he visto a Jing. ¿Sabes si está enferma?

     La contestación acrecentó su desasosiego:

    —Ha sido reclamada por Pekín. La han hecho volver urgentemente a su puesto —le dijo—. Si quieres verla, deberás ir allí.

 

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