ETÍLICA LITERARIA, Autor: Luis Vinuesa

 

La amistad, la historia y la literatura me han proporcionado algunos de los personajes de este libro.

 

                                                           Georges Perec, La vida instrucciones de uso

 

“Coméis como campesinos que han ocupado el cortijo; bebéis como bandidos en el desierto que le han robado el vino al ocaso”.

            Esto me lo dijo la camarera. “Así somos los escritores cuando salimos”, le dije; sí, sí, ella sabía, estaba familiarizada, pues recién se había doctorado en Filología Estadounidense. Aunque para ganarse la vida llevaba un tiempo trabajando en el establecimiento sirviendo crépes ideadas por el dueño, su abuelo cognaticio, un gallego emigrado a Francia, antiguo ayudante de cocina en el Elíseo cuando lo presidía Giscard d’Estaing. Con lo que ahorró de aquello pudo abrir su negocio, aquí en Madrid, donde mantiene su prestigio culinario, haciendo de la tradición innovación con originales crépes: pulpo con queso ahumado espolvoreado con comino, o fondue de nabo y bechamel con tropezones de champiñón, por poner solo dos ejemplos y no extenderme; pues de los nueve que fuimos, no hubo dos iguales en la elección.

            Tras la cena, la misma camarera de antes propone hacernos una fotografía. Cuando le acerco el móvil, me dice que no ha querido inmiscuirse en nuestra charla perequiana; algo podría haber aportado ella, pues su tesis versó sobre la influencia de Hemingway en los escritores franceses. Ya sabe, usted, París era una fiesta, me dice. Sí, sí, gracias por tu ofrecimiento para retratarnos. ¿No se han dado cuenta ustedes de los Louvet? ¿Quiénes? Los Louvet, los del primero derecha, los que tienen una foto de una cacería de osos que recuerda a los protagonistas del cuento de Hemingway La breve vida feliz de Francis Macomber. También poseen los Louvet otro retrato enmarcado en bambú, donde aparece el hombre en la trasera de un fuera borda muy “el viejo y el mar”. Esto del “viejo y el mar” es literal, continúa diciéndome la camarera, mírelo en el libro. Luego lo busco, le digo, haznos la foto, por favor. Enseguida, señor.

            La camarera y yo miramos la factura, no la económica, sino la de la imagen. Podríamos decir que los ocho megapíxeles son tan resolutivos como las nueve personas sentadas en una mesa ligeramente ovoide. En el sentido de las agujas del reloj, todas miran a cámara. La primera medio ríe, viste un polo verde botella con el cuello apagado a verde manzana; la boca de la segunda es un subrayado de seriedad, lleva una camisa roja que se deshilacha en el puño izquierdo; la forma de luna menguante del flequillo caoba de la tercera y su breve escote gris en sentido creciente, enmarcan una amplia sonrisa equidistante; los dedos de la cuarta persona hacen pinza pensativa sobre su mentón, debajo del cual sobresale un chaleco azul petróleo; la barba manchada de nicotina de la quinta oculta su expresión y le hace juego con la camisa beige; la sexta le tira un beso ebrio al objetivo -¡esa soy yo!- con los  botones de la camisa rosa desparejados; la séptima muestra unos labios exultantes entre los que se atisban unos dientes blancos como su camiseta muy “Marlon Brando”; la octava sonríe abiertamente, viste una blusa naranja tipo garibaldina; la novena mimetiza sus labios con el tinto de la copa que bebe y con su camisa vino Burdeos.

            La camarera me entrega el móvil.

            El móvil para que mis camaradas vuelvan a mover la boca y hablar de literatura, y para darme cuenta de que la moza del bar aparece a su vez en la fotografía -en plan Van Eyck arnolfiniano-, pues encima de la nutrida mesa cuelga un espejo oblongo que la refleja haciéndonos la instantánea. Se ha vuelto algo andrógina; parece un camarero antiguo, o de los de antes, cuando todavía el oficio mantenía su respetabilidad. Y sale de su marco para alcanzarme en la parada del autobús nocturno. Estábamos deseando que os largarais para cerrar, me dice. Ya, perdona, somos unos pesados; ya sabes, literatura y vino. Literatura y sangre, me dice. ¿Conoces La capital del mundo? ¿Nueva York?, respondo. No, hombre, Madrid, donde trascurre el cuento de Hemingway con ese nombre. Uf, no me acuerdo, le digo. Yo soy la nieta agnaticia del camarero que inspiró al escritor norteamericano, en mi familia se presume mucho de ello y por eso hice mi tesis sobre él y su influencia en los franceses. Ya te conté lo de mi otro abuelo, el ayudante de cocina presidencial. Vale, vale, digo. ¿De qué va el cuento? De dos camareros que juegan a ser toreros. Me lo sé de memoria, porque mi padre lo lee en familia en cada aniversario de mi abuelo, el camarero. ¿En cada aniversario natalicio? No, mortilicio. Ah, venga, cuéntamelo. Tomándonos unas copas, propone. La fenomenología del licor, ¿eh?, le digo. Claro, responde; pongo copas, luego salgo a que me las pongan; como tú, escritor que, después de emborronar páginas, absorbes las de otros.

 

 

(Fotografía de cabecera: Chema Madoz)

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