EL TREN DE CHIRICO, Autora: Carmen Lalinde Antón

    En cada visita miro absorta el tren que aparece en el cuadro. La primera vez no sabía ni quién era Chirico. Tuve que ingeniármelas para averiguarlo. Cuando lo veo me invade la misma sensación de calma que se crea alrededor del tren. Como si sólo importara adónde vas. “No te preocupes”, me dice con su traqueteo, “atrás no dejas nada importante. Venga, vamos arriba y empieza de nuevo…” Muy entusiasmada me lo creo, me levanto de la silla de la sala de espera y al momento me detiene la ciática. Oh, oh…, intento suavizar mi mueca y enderezar a la vez una columna vertebral que sujeta tozudamente a dos mellizos. Coloco ambas manos en los riñones e imagino un Chirico tatuado en mi tripa luciendo en todo su esplendor. Ay, madre…, qué espacio publicitario tan desaprovechado…

   “No se levante tan rápido, Sra. Martínez”, me dice la enfermera con un gesto feo y la mirada torva. Creo que se dirige por igual a los niños y a mí. Entre regañinas saludables salgo otra vez cabizbaja de la consulta. Me han vuelto a echar la bronca por el peso. Dicen que estoy al borde de la diabetes. “¡Pero cómo lo hago Doctor!”, grito en silencio, “si es la ansiedad la que me está cebando…” Aunque claro, no le voy a contar mis cosas a él y mucho menos con la otra detrás batiendo sus alas. Cómo le voy a decir que me he embarcado en esto yo sola. Y cuando digo sola, es sola… Porque hombre, él sabe que hay un donante misterioso para mis dos óvulos pero de lo que no tiene ni idea es de que no tengo a nadie que me ayude en esta gran aventura.

   “Ta-ta-ta-ta”, me calló mi madre. Negaba con la cabeza y con sus dos brazos estirados cortaba la conversación una y otra vez. Hablaba de enfermedades heredadas, de aberración y de egoísmo y no tuve más remedio que irme compungida y sin poder exponer mis argumentos.

    Si es que no se le pueden pedir peras al olmo. Siempre hemos enfocado todo de forma muy distinta. Por eso me fui de casa tan pronto. Necesitaba hacerme mayor e irme a un lugar más grande. Algún sitio donde no me supiera el nombre de todos. Y eso que yo no soy de las que está deseando que el trabajo le meta un empujón a su vida. Ni muchísimo menos… yo lo único que quería era salir y entrar sin dar explicaciones. En realidad se trataba de mantener un equilibrio dentro de mi ecosistema. El pueblo me comía a mí y yo me quería comer el mundo. Es curioso, porque es ahora al ponerme de perfil cuando parece que me lo he comido de verdad…

   Y mira que soy mona, porque lo soy, incluso he tenido mis incondicionales, pero es que apunto fatal… Voy y primero disparo a uno que no me convence, luego a otro que es un cerdo, después que si ahora enfoco a varios a la vez para quitarle hierro a eso del amor y divertirme un rato… Pues estando yo así, viviendo a lo relajado, un buen día creí escuchar un tic-tac muy bajito que salía de algún sitio de mi cuerpo. Y en un par de temporadas otoño-invierno, cuando todavía me estaba preguntando qué era eso que se oía a lo lejos, me di cuenta de que el ruidito había alcanzado un volumen atronador y ya ni el mejor de los artificieros podía pararlo.

   Entonces me puse como loca a buscar atajos para ser madre. Cogí información de un par de sitios y atravesé la ciudad con un cuaderno y un lápiz decidida a tomar apuntes para tener descendencia. Me llevó un taxista rumano. Era simpático. Tan rápido al volante como dando conversación. Se presentó enseguida y me dijo que se llamaba Constantín. Su coche era un modelo deportivo tuneado y el interior estaba forrado de chapas de cerveza. El conjunto era un sarampión brillante que recorría el techo, las paredes y el salpicadero. Cuando el semáforo parpadeaba la luz ámbar se colaba incendiando la nave nodriza de Constantín. Seguro que no había oído hablar de Chirico ni de la calma de su tren.

    Llevaba una camiseta negra de tirantes que dividía su cuerpo en varias secciones musculadas. Me recordaba a los carteles de cualquier ternera en cualquier carnicería. Pero lo mejor era su forma de hablar. Lo hacía como si utilizara muchos triptongos en cada frase y encima con el acento varonil del conde Drácula. Vamos, que enseguida me lo imaginé hablando de amor con muchas erres y derrapando por mi cuerpo.

  Al llegar me despedí de Constantin, un tanto mareada, pero sin olvidarme de la propina para que se tomara una cerveza a mi salud. Le dije que debía dejar un sitio para mi chapa. “Clarrro”, me contestó señalando su corazón. Yo me bajé del taxi alucinando una vez más con mi puntería.

   Abrí la puerta del local y asomé mi cabeza con cautela a lo que me pareció el universo de la pulcritud. Una chica repeinada hacia atrás de piel morena que olía a frutos exóticos me recibió para explicarme el tratamiento como si acabase de salir de una piscina de pétalos con una bata blanca. Fue tan amable y comprensiva conmigo que incluso se me pasó por la cabeza hacerle madrina de mi futuro hijo. Pero la corriente de empatía se interrumpió en cuanto me dijo cuánto iba a costarme el ser madre. Ella hablaba y yo, en un ejercicio de auto convencimiento, cerraba los ojos soñando una vida plena con mis churumbeles. Cuando llevaba varios miles de euros sin apuntar en mi cuaderno firmé la versión materno-filial del Quijote.

    Después entré en una espiral en la que no pararon de estimularme y hormonarme hasta que consiguieron que una parte del padre de mis hijos, al que jamás había visto la cara, saliera del banco de semen y se instalara cómodamente en mi útero. Toma ya. Devastador para el ápice de romanticismo que todavía podía quedar en mí.  Pero, como si se tratase de los mismísimos Romeo y Julieta después de su primera noche retozando juntos, mis dos ovulillos prendieron a la perfección con los espermatozoides del donante misterioso y así es como, mes a mes, conseguí llegar a parecer un buldócer humano.

  Esta mañana, en cuanto empecé a sentir contracciones cada cinco minutos llamé a un radio taxi. Casi me pongo de parto en la acera al abrir la puerta y ver los cien mil destellos luminosos. Pobre Constantín. Mi urgencia a él también le ha dejado lívido. Su taxi esquiva el tráfico igual que si estuviéramos en un video juego. Me duele. Me duele mucho. Nada más llegar me apoyo en el brazo de mi fornido acompañante y me conduce hasta los asientos que están enfrente del cuadro. “Ay Chirico, súbeme a tu tren que tengo miedo…”

   Sale la enfermera y entre jadeos firmo justo donde me señala con su dedo huesudo. El doctor parece que se alegra de verme. Sonríe, aprieta mi hombro y pide que me monitoricen. Sigue el hilo de mi mirada. Yo sigo respirando al compás del tren. Imagino un balanceo que me tranquiliza. Tengo a Constantín soltando aire regularmente a mi lado y entretanto cuenta anécdotas de los partos en Rumanía de todos sus sobrinos.

   He dilatado demasiado rápido y no me ponen epidural. Yo me dejo llevar en la camilla mientras silbo y chillo como el tren de Chirico. Y justo cuando mis mellizos y yo vamos desaparecer en el ascensor que nos lleva al quirófano veo a mi madre corriendo por el pasillo. “Por fin el olmo nos ha dado peras”, le susurro a mi tripa.

  En un suspiro somos cinco. Lloro y río mirando las caras de mis pequeños. A mi lado moquean mi madre y Constantín. Comparo gestos y creo atisbar un leve aire familiar entre todos que me confunde. Tengo que acordarme de preguntar a Constantín si alguna vez ha sido donante… ¿Tú que crees? Le pregunto a Chirico. Él sigue su camino imperturbable, como si me quisiera decir que sólo importara el destino.

(Fotografía de cabecera: La recompensa del adivino, Giorgio de Chirico.)

7 Comentarios

  1. Provocas con tus escritos la misma sensación de calma que describes al subir a un tren, sólo importa lo que lees…
    Enhorabuena es un placer leerte

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