JOYCE Y BECKETT. PARÍS, 1938 Autor: Manuel Cardeñas Aguirre

ACTO ÚNICO

Joyce.─ Las gaviotas de Sandymount son bellas, pero voraces.

Beckett.─ (Silencio.)

Joyce.─ ¡Recuerdos! Uffff. Punzada en el costado. Maldita sea, esa amalgama agria y coagulada está anidando allí donde las costillas son simplégades… ¿Me has oído?

Beckett.─ (Se remueve en la silla: como un ser humano. Quiere ventosear: como un ser humano. ¡Males del espíritu! El Aquino irlandés, seguro: ¡Ah, por fin!)

Joyce.─ ¿Qué ha sido eso?

Beckett.─ Primera y segunda Vía.

Joyce.─ ¿Aurora boreal o alto horno? En el lado sur, gran fulgor y pestilente hedor. París se quema, Sam, ¡París se quema!

Beckett.─ (Coge una cuerda a modo de manguera. Lo intenta, pero no sale nada. Frustración. El alma ahogada se encuentra seca. Se siente ridículo. La disfunción genera el sentimiento. Si sus dimensiones de cuello no fueran tan exageradas, quizás, ahorcaría algo de su ser: el teatro, por ejemplo. Deja caer la cuerda, lentamente y con cuidado la extiende a lo largo del suelo y se coloca en uno de sus extremos, de pie, mirando al frente, y con los brazos extendidos.)

James.─ (Canta.)

O se ciò negherammi 

empio destino,

rimarrò teco

in compagnia di morte

(Silencio)

Orfeo. Acto II. Destino y dulce canto mortal. Va cayendo la noche sin dañar los pensamientos. Se instala sobre la geometría plana de los tejados. Es pronto para emitir juicios de valor. Algo es seguro, tiempos de clown y cabaret.

Samuel.─ ¿Qué hemos hecho durante todo este tiempo?

James.─ (No contesta. Se quita el parche del ojo, lo limpia y se lo vuelve a colocar.)

Samuel.─ ¡Qué hemos hecho…!

James.─ Perder y perder. ¡Venga, inténtalo de nuevo! ¡No nos rindamos!

Samuel.─ (Efectúa una serie de ejercicios de calentamiento. Qué difícil es discernir dónde acaba el músculo, dónde se muestra la intención.) Allá voy. (Un salto y cae encima de la cuerda. Equilibrios con los brazos extendidos para compensar desvaríos.) En el primer día de la nueva era literaria, en el feliz momento del Nacimiento del artista Neonato cuatro grados del chivo estaban en creciente, siendo sus atributos supremos el Alma… (Salto) … la Emoción… (Salto) … la Clariaudiencia… (Salto) … y el Silencio … (Salto y giro.)

James.─ ¡Maldito bribón!: La gran Comedia de los muertos: Riñones y pintas, pintas y riñones. ¿Dónde has dejado tu nariz roja de alcohólico irlandés?

Samuel.─ (A duras penas se mantiene sobre la cuerda.) La Luna en la Serpiente es lo que llamamos gran Habilidad Mágica del Ojo: Ojo único, Ojo central, Ojo divino… (Se agacha como si fuera a sentarse; una vez en cuclillas extiende la pierna derecha y luego la encoge; repite el movimiento varias veces alternando piernas.) Este es el Ojo que equilibra el Mundo… Este es el Ojo que desde la oscuridad expele Unidad, Olor, Verdad, Sonoridad y Bondad.

James.─ ¡El gran Tommaso, el de Roccasecca!: De los Principia: Aquel que alcance la luz desde la oscuridad esfintérica… Trillado, muy trillado. Toma nota, Sam, esto te va a gustar: Estudiantes de medicina de Trinity. Trompa de Falopio. Todos polla y ni un penique.

Samuel.─ (Se levanta bruscamente. Sigue encima de la cuerda. Brazos en cruz.) Eso ya está escrito…

James.─ Estudiantes de medicina de Trinity. Trompa de…

Samuel.─ (Interrumpiendo. Con mucha rapidez efectúa un doble salto con giro.) Circe, el episodio de la mamaga. Esperando en el burdel. Luego, glub y más glub. (Salto, flexión y giro.)

James.─ No se te escapa una: La epifanfanía de la entrepierna: Un caracol y una fresa: Roce baboso y fresca sustancia.

Samuel.─ (Navega sobre la cuerda. Trayecto Southampton-Calais. Viento de babor. Marejada a fuerte marejada.) El viejo verde del mar comió su ración de algas (…) En el agua nada, en la playa descansa (…) El viejo verde de Erín se agarra el falo y son las nalgas (…) Se agarra el falo y son son son: ¡las nalgas! (Cae al suelo. Grita y grita. Quizá llore. Aunque lo cierto es que sigue gritando cual cerdo sanmartiniano.)

James.─ Calla de una vez, imberbe carcamal, entrégate a la ternura, envuélvete de acedía, haz lo que quieras, pero calla. ¡Por Pedro Nolasco, no te das cuenta de que somos expatriados! ¡Que vivimos en el filo de la expulsión y del abandono!

Samuel.─ (Preparativos para una voltereta. Diversos intentos. Desiste, no se atreve. Temor. Miedo. Terror.) Si los escritores no tenemos patria, si el Primer Motor necesitó a su vez otro Primer Motor, si la Causa Eficiente carece de tiempo porque no alberga en sí la idea de futuro, entonces, qué tenemos.

James.─ (Rascándose el bajo vientre.) La Poesía, Sam, la Poesía… Vela que nos izará de este velatorio presente en el que nos hallamos: ¡Una gran vela!… (Vuelve a cantar.)

A Dio terra,

à Dio cielo, e Sole, à Dio.

Samuel.─ (Coge la cuerda, la enrolla y la tira por la ventana.) No necesitamos lo que nos es negado.

James.─ Vas a conseguir que nos echen del mundo ahora que empezábamos a llegar.

Samuel.─ Liberados del fuego, entregados al infierno de la palabra. Qué poco nos queda.

James.─ Sigamos, pues…

Samuel.─ ¿Escrimuriendo?

James.─ Somos poetas, no sabemos hacer otra cosa que disolvernos en la pavelabratorio.

Samuel.─ ¿Buen día, entonces?

James Joyce.─ ¡No sabemos hacer otra cosa!

Samuel Beckett.─ Condenados.

(Silencio)

El negro cielo se derrama sobre las voluntades, las envuelve de noche cerrada y las convierte en sombras que vagan y vagan. En el proscenio de la vida real un foco de luz azul ilumina dos cuerpos que se enganchan al carro de la Es-cricricrí-tura por el único lugar posible donde la Carne se convierte en Espíritu, y al revés, ves vés: La palabra en el culo. Amén.

Manuel Cardeñas Aguirre, 11 de mayo de 2018.

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