DE PERSIANAS Y NUBES, Autor: Luis Vinuesa

 

Escogimos La vida instrucciones de uso por la admiración que esta obra ejerció sobre Bolaño. El de Blanes inicia y termina su Paseo por la literatura soñando con un Perec niño, de tres años. Sí, la infancia formulada mediante la literatura, o algo parecido dijo Baudelaire, pero entre medias Bolaño sueña que folla con Carson McCullers. Eso es de adultos oníricos. Los dos murieron con la misma edad, cincuenta, la edad perfecta para combinar el deseo y el amor en el fondo de una margarita. Perdonen, son las altas horas, el alpiste del canario, la posibilidad de encontrar a Perec en Bolaño, ¡de proclamar cual profeta la relación! El sobresalto como cuando tiras la bayeta por la ventana y amanece. Así me ha ocurrido con la pieza 119 de La vida instrucciones de uso: “Américo moribundo que se enteró de que se daba su nombre a un nuevo continente”. El primer atlas que designaba su nombre para América data de 1507. Aunque en 1503 se descubrió un planisferio que llamaba al continente Consobrinia, que viene de Jean Cousin, quien según la tradición de Dieppe había llegado a las Antillas cinco años antes que Colón. Luego hubo un mapa deteriorado del que se tergiversó Terra Consobrinia con Terra Colombina. Bien, pues en Los detectives salvajes hay algo semejante: según el herr profesor Pinchas Lapide “(vaya nombrecito, dijo Claudia)”, experto en hebreo y arameo, se confundía gamta, maroma de barco, con gamal, camello, de ahí la equivocación en el siguiente proverbio: “Es más difícil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico vaya al reino de los cielos”. (Mateo 19, 24-5). Vale, pues ha sido con el Evangelio en la mano cuando se me ha ocurrido echarlo a volar. Menos parábolas, resumo: he llamado a Tomás, no el apóstol, sino el tertuliano que esta tarde ha dicho algo al respecto de esto del camello y la aguja y que yo escuché a medias por cierto choque lateral de otras palabras cuyos desperfectos solo fueron de chapa y pintura. Tomás, con la voz somnolienta, me manda a tomar por Tolstoi, pero le ruego que debo asegurarme. Eso lo debía haber hecho yo por la tarde, me ha dicho. ¡Y lo estaba!, suplico, ¡pero asegurado de refilón, solo a terceros! Ahora necesito tu documentación de primera mano, le digo. La mano que te voy a meter, dice él. Vamos, Tomás, que fuiste apóstol antes que ingeniero. Bien, dice mi contertulio, Pietro Marido, un discípulo de Andrea Palladio, llevó a cabo la segunda parte de la obra de su maestro, Las antigüedades de Roma (1554), un tratado considerado durante más de dos siglos como la mejor guía sobre las ruinas de la ciudad eterna. Esa segunda parte se ampliaba -gracias al patrocinio del papa Pío IV- a todo lo que fue el Imperio romano, desde Britania a Cafarnaúm, que es adonde vamos y adonde apenas si llegó el becado Pietro Marido -Pío V cortaría la subvención-, el lugar en el cual el apóstol Mateo fue recaudador de impuestos. Ah, Cafarnaúm, un enclave pintoresco donde había un pequeño acueducto no más alto que un hombre y cuyos ojos tenían forma ojival. Los lugareños los llamaban agujas, de ahí que resultara “muy difícil que un camello pasara por el ojo de una aguja”. Gracias, Tomás, por la explicación, le digo, pero tengo dudas sobre la versión: la tuya, la de  Bolaño o la de san Mateo. Eso es como decir un amigo, un escritor, o un apóstol, me dice Tomás, tú eliges. ¡Y me cago en Tolstoi!, exclama, ¿a qué estabas ayer? No abarcaba con todo, digo, parcelaba sinécdoques. ¿Cómo cuáles? Como la idea del diablo junto al inframundo de los sótanos. Dime más. La memoria junto al tiempo que bostezan los baúles al ser abiertos. Que la obsesión, para bien o para mal, nace de la pasión. El puzzle o lo imposible de recuperar la vida en el recuerdo. Vale, vale, dice Tomás, me vuelvo a dormir. ¡Espera!, ¿te acuerdas que elogiamos a Perec, cómo eleva y baja el lenguaje a su antojo? Sí, por las escaleras de servicio de la casa de la calle Simon-Crubellier. Y yo por ellas, le digo, tropezando como un buzo. Estaban oscuras ayer, ¿eh? Sí, Tomás, como un camión llenó de ojetes. Eso lo dijo María José, parafraseando a Stephen King. Sí, si es que somos unos comparatistas.

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