RITMO SINCOPADO, Autora: Silvia Sánchez Muñoz

Nos llamaron un frío día de invierno a las tres de la madrugada para decirnos que lo tenían. De camino al hospital, fueron todo nervios, balbuceos y palabras farfulladas a media voz: el bolso que no termina de cerrarse, dónde están las llaves del coche, cuatro grados bajo cero, ¡qué frío!, ¿qué pasa?, el coche que no arranca, me hago pis, ¿será ese?, maldito coche, el móvil, llama a un taxi y por favor dese prisa que vamos al hospital. No pudo salir mejor, hasta los médicos se sorprendieron de la pronta recuperación de Jon y de lo bien que el corazón del chico de la moto que se había estampado contra un árbol fue acogido por su cuerpo.

Antes del trasplante, cuando sentíamos que nuestro tiempo se agotaba, me había hecho la idea de que la vida continuaría sin Jon, y ese vacío me ahogaba hasta asfixiarme, como la caída a un pozo oscuro sin fondo. Incluso en las noches en vela en las que él estaba ingresado en el hospital y me obligaban a irme a casa a dormir, me despertaba sobresaltada temiendo que la noche me hubiese robado su rostro. Entonces, encendía la luz para ver su retrato, nuestro retrato, y conseguía sosegarme.

Dos años después de recibir el corazón, sentíamos cierto alivio, había pasado el tiempo suficiente para que su cuerpo no lo rechazase, y el músculo seguía latiendo con vigor en el pequeño espacio que ocupaba en el tórax; la cicatriz tenía un tono más rosado y el surco del escalpelo hecho sobre la piel había dejado de ser una rugosidad protuberante que sobresalía sobre su pecho, volviéndose una línea fina e imperfecta que apuntaba al cielo.

Pero una duda me inquietaba. La sentía pender en el aire, igual que el golpeteo de una rama sobre el cristal de una ventana poco antes de que estalle una tormenta. Al principio fueron cosas anecdóticas: clases de pintura, novelas de misterio que nunca antes había leído, el gusto por las comidas. Incluso su forma de hablar también se había vuelto diferente: Jon siempre había sido una persona muy charlatana que le encantaba escucharse a sí mismo, y a veces daba vueltas de manera reiterada a un tema solo por el placer de enhebrar una palabra tras otra. Pero últimamente, lo notaba ausente, cuando hablábamos sus argumentos eran planos y las diatribas dialécticas se tornaron simples monosílabos. Al contrario de lo que solía hacer, en ocasiones se acostaba muy tarde, viendo películas en blanco y negro subtituladas en el comedor, y yo lo observaba a escondidas desde la puerta sin saber muy bien qué hacer, viendo su perfil iluminado por el resplandor tenue de la televisión. Consulté a los médicos y me explicaron que a veces ocurría: procesos de adaptación que podrían venir acompañados de una ligera depresión. A priori, nada por lo que tuviera que preocuparme.

Sin embargo, lo que me hizo sospechar que había en él el poso de algo ajeno, fue su forma de acercarse a mí. Jon solía ser un hombre cariñoso en el trato, atento, halagador, incluso cuando empezó a enfermar y necesitaba más atención. Pero físicamente, nunca había sido muy prolífico, no era una persona de muchos besos, ni caricias, y en el sexo, siempre había sido rutinario. Por eso, después de su recuperación, me desconcertaron las caricias en lugares públicos, los besos efusivos y espontáneos, o tocarme la pierna por debajo de la mesa mientras cenábamos con amigos en algún restaurante. Pero sobre todo, el placer tan intenso en mitad de la noche, cuando me buscaba entre las sábanas con un deseo casi salvaje que nunca antes habíamos compartido.

Fue un fin de semana en Ibiza poco antes de empezar el verano, cuando se despejaron todas mis dudas al respecto. Recuerdo el momento como una instantánea de polaroid, con colores vivos e intensos, y los contornos difuminados: veo su imagen sobre la toalla azul, de espaldas a mí, con el pelo húmedo agitado por la brisa. Habíamos estado paseando por la orilla unos dos kilómetros y recuerdo que le besé la cicatriz contenta de que apenas se hubiera cansado. Olía a sal, a sudor y a restos de crema solar. Me dijo que le apetecía darse un baño y yo lo esperé en la toalla leyendo un libro. Observé complacida como nadaba al ritmo sincopado de las olas, mecido por la respiración constante del mar. Salió del agua con una amplia sonrisa y se sacudió como un perrillo para mojarme y yo, riendo a carcajadas, le pedía que parara ebria de felicidad. Ese día hacía bastante calor, así que al rato me acerqué al chiringuito a por una cerveza y una botella de agua mientras él me esperaba tomando el sol. Y fue en ese instante, apoyada en la barra del bar con las bebidas en la mano, cuando recordé que Jon no sabía nadar.

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