MANTO DE LLUVIA, Autora: Mirta Ferriccioni

 

Cleo se había acostumbrado a imaginar el universo en la transparencia del agua.

Mil hilos de blancura gris entraron por su boca. La bebió contenta, le refrescó el cuerpo. Llegó a su estómago. Quiso sentir la frescura en la cara, y cogió con sus dos manitas en copa la fina tela informe y se cubrió con ella el rostro.

Siguió el rastro de pequeñas gotas que mojaban la tierra. A medida que caminaba estas se hicieron más grandes, y una vez todas juntas se convirtieron en charco. Y entonces la niña chapoteó.

Cogió una piedra en el camino. Se entretuvo, jugó con el aire húmedo que se transformó en lluvia. La lluvia derivó en lago, y ahí metió sus pies. Unos patos hacían círculos en el agua cuando nadaban moviendo sus patas por debajo de la superficie. Mientras las partículas del aguacero que caían picoteaban la balsa lisa de la extensión líquida.

La niña siguió andando. Vio grandes piedras y luego surgir un río caudaloso, cuyo fluido bajaba haciendo saltos. Hizo un barquito de papel, este saltaba cuando la cinta líquida lo hacía. Los chorros hacían arcos y luego espuma que se desparramaba y juntos corrían río abajo. Descubrió así que las aguas podían tener dos orillas en vez de una circular que empezaba y terminaba en el mismo punto.

Cuando jugaba, imaginaba trazos de zumos en el aire; si este vibraba sabía que ahí había migajas de frutas húmedas que dibujaban infinitas filas irregulares, como las vetas de un acantilado de piedra.

Su vida se convirtió en camino, sus pies en huella, su boca en grifo, sus ojos en lagos, su nariz en un túnel por donde se colaba la humedad de los árboles. Su piel transparente tenía los granos húmedos que exhiben las hojas de una vegetación tierna.

Muchos lagos surgieron cerca de su casa. Manantiales, pequeños remansos. A la noche se asomaba a ellos y contemplaba el reflejo de las estrellas. Ellas se escondían de día, pero salían de noche al igual que en el cielo. Cuando hundía sus manos en el lago, a veces creía cazarlas, pero ellas se diluían y se iban como una película resbaladiza y deforme, fragmentándose.

Un día con sus pies livianos decidió recorrer mundo. Se fue caminando, despacio. En ese largo viaje se convirtió primero en adolescente y luego en mujer.

Atravesó brisas sin vapores, tormentas de polvo sin remojo, mantos de lluvia. Y supo mucho después que ese momento era inolvidable. Pero siguió su camino y quiso llegar más allá.

Un día arribó a unas orillas. Y ahí vio surgir un mar inmenso y sinuoso, de aguas que se perdían en el horizonte, lleno de espuma, de rebeliones, y también de consistencia lisa. Entendió entonces que el mar tenía dos orillas, pero que una era desconocida o supuesta.

Recordó el chorro de manantial con su pinta de flor, donde la simetría era otra. Su cuerpo delgado se sumergió en el mar. Se empapó y se le anegó todo el cuerpo, ella era ya una niña-mujer de agua. Toda su mortal espesura era un vaivén trasparente.

Navegó con las olas, rompió a llorar en las costas y vio como sus lágrimas se convertían en espuma. El mar le dio soledad, y vislumbró la inmensidad. Sostuvo sí esta vez en sus manos las estrellas, livianas como ella. Se acostumbró a su cuerpo hecho de mar, a sus amigos los peces.

Luego empezó el hastío o la nostalgia y quiso regresar, sabiendo que iba a dejar una habitación vacía. Que su cuerpo chorreante quizá vacilara en la tierra. Pero un tiempo, un viento a contrapelo la empujaba hacia la orilla. Allí jugueteó con olas minúsculas, de esas cuyas burbujas se sumergen en la arena.

Y un día la niña que fue agua sin darse apenas cuenta se convirtió en gota. Se desperezaba al despertar, y ésta adquiría las deformidades de las manos empujando, de las piernas estiradas, de los brazos en horizontal. De la espalda curva cuando soñaba en posición fetal.

A veces lograba ser redonda, perfecta, otras tenía un comienzo estrecho, como de globo que se infla y termina en panza circular. Alguna vez simulaba su aspecto de niña, con su vestido y su cabeza redonda, provocando círculos concéntricos a su alrededor. Una mañana observó que era espejo, y amplificó su pequeña dimensión a través de la arena y el mar que se reflejaba en ella. Se había dado cuenta cuando miró a otras gotas que como una lente absorbían lo que les rodeaba. Se miró a sí misma y comprendió que el paisaje estaba dentro de ella. La arena, el mar y su espuma, el reflejo del sol y las luces iridiscentes que este provocaba.

A veces jugaba con un grano de arena, ya que su vida era ahora minúscula. Este traía consigo a sus hermanos y de ellos aprendió la modestia, la cualidad de la suma, de la resta, de que ella era una entre tantos.

Cuando el día se iba, se sumía en la oscuridad, y dormía. Incapaz de asirse a nada, o tal vez porque ese viento a contrapelo se lo impedía, debía cumplir su condición de gota. Con las rodillas sobre el pecho y los brazos cruzados sobre ellas, con la espalda erguida, contemplaba el mundo a través de su ventana de cristal.

Un día despertó en otro lugar, ahora ya no era el mar, sino un bosque. Le costó acostumbrarse a los rugidos de los animales y a sus caras a veces feroces. Eso dependía en qué punto del bosque estuviera. Si estaba en un árbol, su perspectiva era mejor, si estaba en el pelo de un león, solo le llegaban sus vibraciones y su color de pelo naranja amarillento.

Y así se acostumbró a rodar por los caminos, pero esta vez sin pies, como un objeto volátil y redondo en el viento, el viento a contrapelo. Ella quería ir para un lado, y el viento la empujaba hacia otro. Pasó por muchos lugares, por tierras secas, donde querían apoderarse de ella, por tierras fértiles, y vio cómo su sabia, junto con las de otras iguales a ella, hizo crecer una hermosa calabaza.

Y así rodo y rodó. Empezó a pensar que aquella vida de gota, le daba muchos amigos, pero que algunos no eran siempre conscientes de ella. Se sumergió en otro abismo. Las paredes eran finas y maleables pero no se podían romper. Alguien la saludaba desde fuera. Ahora, atrapada por un tejido tenso y delgado, era incapaz de traspasarlo.

Ella había sido de todas las aguas, salada, o dulce. Había recorrido muchos caminos surcados por hilos o superficies líquidas. Tenía la sospecha de haberlas creado, y sin embargo ahora solo era una gota.

Cierta vez observó cómo sus congéneres disminuían, y por lo tanto los ríos, los lagos, las aguas subterráneas, mientras los hielos se derretían y el mar inundaba las costas, con su agua salada.

Gota dulce era, en este trance de una clase, Y vigilaba cómo sus amigas disminuían su existencia. Avizoraba el desequilibrio, la pelea con las que venían del mar. Antes eran hermanas. Antes, cada una, estaba en el lugar que tenía que estar.

Ahora todo es conflicto. Ella es una más en un conjunto, con un viento que la lleva. Amanecerá en cualquier orilla, no en la que haya elegido. Es como un árbol que se ha convertido en semilla, pero sin norte. Antes era niña-mujer de agua en el río, en el mar, en los manantiales. Ahora solo es una gota, que, clausurada, se aburre de sí misma.

Cleo sueña con romper las barreras y convertirse por una vez en aquel manto de lluvia, que supo mucho después, inolvidable

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