OBSESIÓN, Autora: Carmen Lalinde Antón

 

 Me imagino el día del juicio final como si fuera un examen sorpresa. Nos pillará a todos desprevenidos sin haber estudiado y no porque no nos lo hayan advertido. Esto último nos lo recordarán un montón de dedos índices muy estirados, que no sé por qué son un elemento invariable en mi visión. Para ellos, la mayoría de las pasiones que hayamos vivido serán inapropiadas, posiblemente porque habrán muerto sin saber mucho de qué va el rollo. Los índices pertenecerán a ese tipo de personas que solo sabe hacer de público, para juzgar a gusto desde su butaca.

   ¿Qué dirían ellos de mi pasión por Santi?

   Reconozco que desde el principio fue algo desorbitado. El amor me encontró haciendo un filete a la plancha. Entre el chisporroteo de la carne oí el timbre de la puerta. «¿Quién será?», me pregunté invadida por el malhumor. «¡Un momento!», grité. Abrí enérgicamente, con una cara de pocos amigos que además olía a frito, y me encontré al otro lado al ser más divino que nunca hubiera imaginado. Se presentó como Santi, el nuevo vecino de enfrente. Esto me describe a la perfección. Cuanto más brillo me propongo sacar a mi autoestima más difícil me lo pone el destino. Él escuchaba paciente a la tartamuda del B mientras su mano se apoyaba en ese mentón de semidiós. Su cara iba ladeándose suavemente a derecha e izquierda atendiendo a mis explicaciones de las ventajas que nos ofrecía el barrio y me iba mostrando hipnóticamente sus dos perfiles. Ahora me gustas. Ahora también. «¿No hueles a quemado?», me preguntó poniéndose de puntillas para olfatear dentro de mi piso.

   A partir de entonces procuraba verlo siempre que podía. Vivía pendiente del ascensor, mi oreja empezó a adoptar una nueva anatomía de tanto pegarla a la puerta y me asomaba al patio a colgar la colada haciéndome la encontradiza cada vez.

   Santi, por su parte, era un interlocutor correcto pero sin pizca de emoción. Y cómo culparle. Durante los breves instantes en los que nos cruzábamos yo intentaba mostrarme irresistible y el resultado era una sobreactuación en la que sus risas quedaban rezagadas frente a las mías, estridentes y fuera de lugar.

   Así sin más, su cara se hizo un hueco en mi corteza cerebral y ahí se quedó. Congelada y perenne. Creo que fue cuando esto se me fue de las manos y adquirió la categoría de obsesión. Aunque agazapado, yo sabía que ya formaba parte de mí. De repente, ¡plop!, sus facciones emergían dentro de un cubito de hielo y se quedaban flotando entre la lista de la compra o en mis ejercicios diarios de inglés.

   Un mal día pensé que realmente no sabía nada de él. Fue entonces cuando se me ocurrió el primer y auténtico acto de vandalismo emocional. Tanteé por la mirilla cuando subía del cuarto de basuras y bajé corriendo por la escalera. Cogí su bolsa y con el corazón alocado golpeando entre mis costillas cerré la puerta de mi casa. Eché los tres pestillos y me senté en el suelo de la cocina con ella entre mis piernas. Abrí con cuidado el nudo y comencé mi delirante disección. Me encontré con un sobre de sopa precocinada, huesos que parecían de pollo, varias bolas de papel, una revista de viajes, dos boletos de la primitiva y tres latas de cerveza. Cerré otra vez la bolsa apretando aún más el nudo y juntándola con la mía en profunda comunión, la volví a bajar al cuarto de las basuras.

   Esto se repitió al día siguiente y al otro hasta convertirse en rutina. Acudía puntual a mi ritual de aprendizaje de Santi en el suelo de la cocina. Prestaba mucha atención a todo lo que salía de la bolsa y así fui reconstruyendo una vida escuchando lo que me contaba la basura de él. Lo primero que supe fue de su poco arte culinario y de las bebidas que variaban su graduación según el día de la semana. También descubrí que tenía por costumbre ir al cine, que las películas solían ser en versión original, que jugaba a la Play Station o que apadrinaba a un niño en Mozambique. En una ocasión tiró unas fotos de carnet que alisé en mi pecho y coloqué después a modo de altar en la cabecera de mi cama tras hacer una ampliación que cuadriplicaba su tamaño original. Cada noche besaba sus labios de cartón y hablaba con él. «Estos besos no cuentan, ¿eh?. Que sepas que me los debes», le decía a mi platónico amor vecino.

    A medida que conocía a Santi mi pasión por él crecía desbocada. En un salto acrobático, si cabe más demencial, llegué a hacer una copia de las llaves de su casa en un despiste del portero. Cuando coincidíamos en el ascensor pensaba en si estaría mejor de su acidez o en si las etiquetas de ayer pertenecerían a ese abrigo que parecía tan nuevo. Él contestaba cortés a mi saludo enamorado y miraba al techo durante el trayecto de los cinco pisos.

   Pero en una de mis expediciones entre la basura descubrí con fastidio una bolsa de comida para gatos. Cómo era posible si yo era alérgica a los gatos. Odiaba a los gatos. A partir de entonces cada vez que abría la basura entonaba una salva de estornudos que me nublaban la vista y dificultaban mi labor. Otro día vi los resguardos de una compra de lencería. Con los ojos llorosos por los pelos del gato y el disgusto fui a pedirle explicaciones. En esta parte puedo ver claramente a los miembros del tribunal. Sí, a los de los dedos acusadores. Seguro que aquí se taparían los ojos y negarían con la cabeza. A alguno se le escaparía un «No lo hagas…» Pero ellos no saben lo que es una obsesión como Dios manda. De pronto eres un guiñol manejado por ella. Te domina un tema recurrente y no te permite pensar en nada más. Así que fui. Cogí la copia de sus llaves y abrí la puerta envuelta en llamas, resuelta a declararle mi amor. Con mis ganas en carne viva atravesé el hall y anduve hasta el salón. Y ahí estaba él. Iba totalmente desnudo si no llega a ser por un conjunto de lencería rojo pasión. Bailaba el Deja vu de Shakira con los ojos cerrados, acariciándose muy lentamente. Miré boquiabierta al gato que, observaba la escena con parsimonia como si fuera un espectáculo que veía a diario frotándose lánguidamente la cara con sus patas. Desanduve hacia atrás el camino y cerré la puerta sin que Santi se diera cuenta de mi presencia. Arranqué su foto de al lado de mi cama y mi obsesión se esfumó a la misma velocidad que había aparecido.

Con la venia señorías, les diré para mi descargo, que fue mano de santo.

 

 

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