INSTANTE A TRES VOCES, Autora: Marina Gibert Carmona

Podría decir que esta es mi historia, pero mentiría, es una historia prestada, porque fueron unos niños, en concreto mis hijos, quienes la hicieron posible.

Este verano, cuando me fui de vacaciones, estaba especialmente cansado, sin duda más que otros años. El cielo caía sobre mí como una losa fría cada mañana, a pesar de que los días eran luminosos y había una dinámica festiva girando alrededor del sol.

Bajaba a la playa con mi alma colgada del brazo a modo de gabardina y, en cuanto tenía la más mínima oportunidad, la cogía por el cuello y la arrastraba por la arena con la esperanza de que con el roce se deshiciera definitivamente o bien resucitara. Pero no se producía el milagro, ni en uno ni en otro sentido.

En la última semana de mi tiempo vacacional, en un instante, todo cambió. La fuerza del mar, de un puñetazo, envió el cielo más allá de las nubes y la frescura de sus aguas devolvió a mi cuerpo a esa sabrosa danza con la vida.

Recién estrenado este despertar, llegó el día en que teníamos que volver a la ciudad a continuar con lo rutinario de nuestras vidas. De ninguna manera estaba preparado.

El pensamiento me llevó al calor del asfalto derritiéndose bajo mis pies, al olor de los tubos de escape y al traqueteo del tren que me llevaba todas las mañanas a la minimalista y neutra oficina en la que trabajo desde hace veinte años. Era el anticipo de un final nefasto.

─¡Todos al coche!, grité a los niños.

─No papá, no nos queremos ir, déjanos seguir en el agua.

─No lo digo dos veces, volvemos a casa.

─Nos estamos bañando papi, porfa…

─Ni porfa ni nada, quien se quiera seguir bañando que coja el mar y lo meta en la maleta.

Ni cortos ni perezosos, los niños cogieron el mar por sus cuatro esquinas y lo doblaron ocho veces, hasta que cupo en la mochila del pequeño. Con el equipaje ya completo, nos metimos todos en el coche y continuamos con nuestras vacaciones. Yo iba abstraído pensando en las ocurrencias de los niños, pero ellos tenían pensamiento propio…

Que súper ideas tienen a veces los mayores. Nunca lo hubiera dicho, especialmente de papá que este verano vivía un presente que más bien parecía un ausente nostálgico. Su mirada perdida no permitía advertir ningún signo aparente de genialidad y, a pesar de ello, ocurrió. Como quien dice una tontería, nos animó a llevarnos el mar a casa y fue una súper idea. Lo introdujimos en la mochila de mi hermano pequeño a modo de libro escolar y nos metimos en el coche mientras papá iniciaba el regreso a casa.

Enseguida me di cuenta de que no lo habíamos doblado bien e iba goteando. Al principio se humedeció la mochila pero, tras una hora de viaje, nuestro piececillos chapoteaban en el agua. Me empecé a reír porque una estrella de mar me hacía cosquillas. Antes de que se dieran cuenta los mayores de que algo raro pasaba en las trincheras, les hice una señal a los chicos para que simularan una emergencia y papá buscara una estación de servicio. Así que empezaron a gritar a coro:

─Pis, pis, pis…

Objetivo cumplido. Abrí la puerta de atrás en cuanto el coche se detuvo y salimos corriendo. Los tres nos dirigimos al baño y, al llegar allí, abrimos la mochila y sacamos el mar. Con la presión del agua que gritaba por liberarse de su cárcel, en un instante, explosionó, inundando todo el baño en segundos y, como el peque se había dejado la puerta entreabierta, ocurrió lo peor. La estación de servicio quedó bajo las aguas en cuestión de segundos. Salimos nadando a toda mecha, mientras mi hermano mediano agarraba el tentáculo de un calamar que se había colado en el café de una señora.

Mientras braceábamos hacia la salida fuimos enrollando el mar. Papá dice que la ropa enrollada se arruga menos que doblada. Así que con la doble intención de que el mar no se arrugara y no hiciera aguas, lo fuimos disponiendo a modo de papiro y de nuevo lo guardamos en la mochila, mientras mamá, que hasta ahora no se había enterado de nada, se ponía furiosa con nosotros.

─¡Que vergüenza!, ¿estáis locos? Pero… ¡a quién se le ocurre robar el mar! ¿Es qué no tenéis conciencia de las cosas?

Otra vez mamá dramatizando. Sólo habíamos obedecido a papá…

Sé lo que están pensando, así es, dramatizo para reclamar mi espacio. Desde que nací primero fui la “hija de”, luego la “esposa de” o “la hermana de” y ahora la “madre de”. Mi ser queda diluido como el azúcar en una infusión después de ser removida con esmero. Y, aunque parezco invisible, existo. De vez en cuando tengo que dar un zapatazo en la mesa para poner un poco de orden en el caos. ¿A quién se le ocurre robar el mar? Y lo peor es que no ha sido una ocurrencia de los niños.

Con el susto en el cuerpo por la inundación del área de servicio, salí teléfono en mano intentando resolver el problema. Porque eso sí, lo mío es apagar fuegos. Llamé a los bomberos para ver si podían hacer algo con el pobre camarero al que se le había clavado el colmillo de un tiburón en la espalda. Se me antojó que esos forzudos que salen de vez en cuando en los almanaques, podrían hacerse mejor con la bestia que los enfermeros de una ambulancia. Aunque pasados unos minutos también los llamé a ellos.  Por si acaso.

Cuando llegamos a casa obligué a los niños a sacar el mar al jardín de atrás porque, eso sí, no estaba dispuesta a que me ensuciaran la casa, que luego ya se sabe a quién le toca recoger.

Extendieron el mar y siguieron chapoteando en el agua como si nada.  Mi marido, que no se había bañado en todo el verano, se unió al juego. A mí, mientras fregaba los platos, al contemplar la escena por la ventana, se me escapó una sonrisa. Tampoco era tan malo el plan. Esto nos permitía prolongar nuestras vacaciones indefinidamente. Eso sí, que no se enteraran los vecinos que, ya se sabe, la envidia es muy mala.  En cuanto terminara de recoger me iría yo también a refrescarme saltando olas.

Sonó el timbre y, secándome las manos en el delantal, me dirigí a abrir la puerta. Cuándo los vi, me ruboricé como un tomate que, de tan maduro, estuviera a punto de perecer hundiéndose en su propia pulpa. En un instante, cambió de nuevo nuestra suerte. Los agentes debieron percibir mi cara de turbación y, lo más amablemente que pudieron dadas las circunstancias, me explicaron que habían localizado el mar por GPS y que venían a llevárselo.

5 Comentarios

  1. Enhorabuena Marina, me ha gustado mucho tu relato, sabes poner una imagen a un sentir, y algunas de tus “fotografías” se me quedarán grabadas en la retina, como la del alma colgada del brazo a modo de gabardina. Lo has clavado!
    Si no he contado mal, faltan dos voces… Por qué se callan éstas?

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