DEAR DEATH DOULA, Autora: Raquel Arqued González

 

Sigue nevando. Fuera, todo blanco; en el interior, igual.

Sujeto la mano de W. con las mías. La aprisiono como a un pajarillo que no debe escaparse pero que tiene que respirar.

Respirar. El pulmón de acero es una maraña de válvulas, monitores luminosos y silenciosa turbina que se aproximan y alargan su influencia por tres tubos hundidos en el joven. Tubos de plástico, ligeros, que se alojan en la tráquea como trillizos comparten el vientre materno. Uno inhala; otro, controla la presión y el último, exhala, en un ciclo que busca la efímera eternidad. Sopla aire, envía oxígeno, expulsa de nuevo, intentando infructuosamente mantener la elasticidad de los pulmones. A cada respiración se forman pequeñas olas en el tórax humano; a cada aspiración, los números cambian en los monitores; por cada dosificación de aire, porcentajes nuevos inundan la base de datos del ordenador. El respirador es el emblema de esta habitación; tiene una misión que cumple como todos y cada uno de los que, como él, trabajan en este pasillo de desahuciados. El pulmón de acero está programado para respirar un cierto número de veces por minuto. El ventilador denota calma y cuidado en su hacer; está vinculado a un cuerpo, a un cuerpo presidido por párpados cerrados y gesto de paz en el hastío.

Continúa nevando. A través de la ventana veo caer los copos y me imagino el manto que se estará formando. Cuando conocí a W. los árboles del jardín que rodea el hospital ya habían perdido sus hojas como él la esperanza de la recuperación, aunque se resistía. Por aquel entonces podía dar cortos paseos y solo necesitaba el respirador para dormir; aun así, estaba todo perdido. Si no, no me hubiera conocido.

—¿Así que tú eres…?

—Hola, soy Brittany. Encantada -me adelanté para estrecharle la mano sin permitir que acabara la frase.

—Yo no tanto, perdóname.

—Ya, lo entiendo.

—Todo esto es absurdo, los médicos me aconsejan pero, créeme, lo voy a superar —giró la cabeza hacia la ventana de paisaje otoñal.

—Genial. Igualmente me habrá gustado haberte conocido.

Él guardó silencio mientras se acomodaba en la cama.

—¿Por qué haces esto?

Sonreí.

—Me gusta.

—¿Te gusta ver morir gente? ¡Increíble!

—No, no me gusta ver morir gente, no es eso. Me apetece acompañaros.

—Debes estar muy sola.

El gesto que empleó mostró el mismo desencanto que sus palabras, pero yo sabía que era contra sí mismo. Quien de verdad estaba solo era él ya que era una desconocida quien lo asistía. Nos compadecimos mutuamente.

—Perdona…

—Tranquilo, no eres el primero que lo insinúa ni el último, seguramente. Quizás no ha sido un buen comienzo. Si quieres lo dejamos para otro día. Vengo los martes y viernes.

—Hoy no es un buen día.  A lo mejor el próximo…

El siguiente tampoco lo fue. W. era un valiente con miedo a la muerte, una barca agujereada que amarrada al muelle confiaba en no hundirse. Un tiempo más tarde me reclamó para acompañarle en un paseo por el jardín. Escuché todo lo que me quiso contar sobre sus planes de futuro.  Cuando el sol del optimismo se nubló, volvió a la carga:

—Va, en serio, ¿por qué lo haces?

—¿Por qué quieres saberlo?

—Quiero conocer en quién confío.

—Confías en una extraña que, durante dos horas semanales, se olvida de todo para estar aquí, con todo lo que ello implica.

—¿Cómo vas a crear un clima de confianza si ni siquiera contestas una pregunta tan sencilla?

—Porque a lo mejor no es tan simple. Llevo poco tiempo y todavía me cuesta…

—Ya, ya lo entiendo, como soy el más joven de la planta me han puesto con la de prácticas.

—En esto la «L» la llevamos todos desde que nacemos. La certeza de la muerte está clara, pero el momento en el que nos ha de alcanzar es incierto.

—A algunos nos dejan señales.

—Aprovecha esa oportunidad para congraciarte con la vida. Por lo menos no te pillará de sorpresa y la espera es como todo, temporal.

—¡Qué cabr…!

—¡Eh! ¡Habla bien! —corregí alegrándome de haber salido indemne de nuevo.

 

La nevada prosigue. Me incorporo para volver a ponerle a Queen, tal y como me pidió. Los últimos días le he estado leyendo, pero hace una semana me levantó una mano para señalarme los cascos y me ofreció la otra para que se la tomara. Ya no le resultaba fácil hablar por la traqueotomía. Nadie diría que tan solo unos días antes había vuelto a insistir:

—Sabes que me voy a morir. ¿Me lo vas a decir?

—¿El qué?

—No te hagas la tonta, triple D.

—¿Triple D?

—Sí, dear death doula[1].

—¡Estás tú bueno!

—Te prometo que tu secreto me lo llevo a la tumba.

—Eso es lo que se dice humor negro -me hizo reír con amargura-. Si es así te lo diré: yo he pasado por esto.

Esperaba que dijera algo, pero solo me miraba, con el mismo silencio que un sacerdote de beatas adormecido tras el confesionario.

—Me refiero a que estuve a punto de morir. Estuve sentenciada. Me dispuse para lo peor, pero los médicos, los fármacos y yo hicimos una buena escuadra defensiva. Eso me hizo darme cuenta de que no estaba preparada para enfrentarme a la oscuridad, de que nadie lo está. Me propuse hacer frente a esa angustia formándome para ayudar a quien tuviera que pasar por lo mismo que yo.

-Por lo mismo que tú, no.

Me pidió que lo dejara solo.

 

Ha cesado de nevar. La mano de W. se está enfriando entre las mías, parece que guardase una bola de nieve. Me la llevo a la boca y su tacto me recuerda el infantil bocado de quien quiere conocer a qué sabe el blanco elemento. El respirador, inamovible, solo espera; hace tiempo para que los técnicos de mantenimiento lo lleven a otra sala ahora que, a pesar de su buen hacer, ya no es necesario. Será higienizado e invadirá otro cuerpo en busca de la resurrección.

 

 

Raquel Arqued González

 

[1] Las death doula son personas formadas para asistir y acompañar a quienes se enfrentan a su muerte.

16 Comentarios

  1. Que duro, lo peor de este relato es que es real e incluso, en ocasiones, peores.
    Me ha encantado la sensibilidad con la que has escrito estas palabras.

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  2. Ayudar a un ser a cruzar el umbral que nos lleva a un mundo desconocido para la mente, es tarea extraordinaria, como lo es la narración. AMOR IMPERSONAL.

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  3. Precioso relato. Raquel…Tan hermoso como la función de la doula! Sólo había oído hablar de las doulas que acompañan en los nacimientos, no conocía este rol de acompañamiento al dar el inevitable paso de la muerte o del tránsito, como queramos concebirlo.
    Felicitaciones y sigue escribiendo ;))

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