AL PIE DEL HELICÓN, Autor: Manuel Cardeñas Aguirre

 

Wittgenstein, Tractatus, 5.6. «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo»

El filósofo merodeando por el territorio de la poesía. La palabra-razón asediando la palabra-símbolo. El Tratado sistemático mirando cara a cara a la Metáfora ilusoria.

¿Los límites de mi lenguaje?: ¿cuáles son?, ¿dónde están?: ¿en el nombrar?, ¿en la sintaxis?, ¿en la incapacidad para verbalizar lo pensado y lo imaginado?, ¿en el desconocimiento del propio lenguaje?

Los Momentos de Dominio

Que le sobrevienen al Alma,

Y la dejan con una Insatisfacción

Demasiado exquisita para expresarla.

 

Emily Dickinson nos lo cuenta en el poema anterior, los límites (la no expresión) los provocan los sentimientos al caer sobre una conciencia desprevenida.

Escribo (Yo) como el que lava su piel después de una lluvia de barro, restregando costrones, arrancando pegotes, (escribo y escribo), limpiándome para ensuciarme cuanto antes, compulsión y vehemencia, azul sobre azul; la página en blanco se abre a mis ojos como si fuera un escaparate donde mostrarme y a la vez permanecer oculto de la Realidad. Diáfano. Acristalado. Sin fronteras.

(Escribo. Yo.) La voz del alma es un cabello suelto que habla a la Luna. La voz de la Luna son gotas de hielo repicando en las Estrellas. La voz de las Estrellas es el Eco de una mirada en la Noche. La voz de la Noche…

Y así, indefinidamente, la Poesía (siempre fronteriza con el lenguaje, siempre limítrofe con la expresión) puebla el Yo de razones para imaginar.

No hay límites para el lenguaje (Salvo los que le imponga la ignorancia asumida o el ahogo desenfrenado que causan los sentimientos) ¡No hay límites!

 

 

(¿Y “los límites de mi mundo”?, insiste el filósofo)

“La derrota de tu cuerpo”, le oigo decir al maestro Gelman en una grabación antigua.

Me persigue la frase-verso, augurio de carta de tarot. (¿Se han puesto en contacto el filósofo con el poeta?) Su contenido es inapelable. Cae en mi interior. Navega por mis venas como coágulo que se desprendiera cada poco de mi cerebro. (Asumir el no asumir, pensar el no pensar) Intento burlar su aparición. No puedo, sigue ahí.

Lo único que conjura el vacío de la pérdida es la escritura, me respondo. Beatus ille.

La Escritura es Silencio expresado (La Derrota sería la imposibilidad de imaginar) es Movimiento de la Conciencia (Sentimiento que abraza Mundo y Razón) es el Cuerpo que lucha para no ser derrotado…

Y luego (Seguir acariciando) la palabra

Y luego (Seguir escribiendo) la vida

Y luego (Seguir poemando) deseos y frustraciones

Y luego (Seguir luchando contra) La derrota de (Tu) cuerpo.

 

Lo único que me tranquiliza es escribir. (Con pasión)

 

 

“Yo sé dónde nacen los Manantiales, Manantiales Constantes”,

Emily Dickinson

 

 

 

(Fotografía de cabecera: Claude Lorrain, Apolo y las Musas en el Monte Helicón)

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