PALABRAS AL VIENTO, Autora: Mª Natividad González de Orduña

(Basado en Cuento sin moraleja de Julio Cortázar)

 

Un hombre que vendía gritos y palabras escritas a quien las necesitase según el estado de ánimo o situación por la que estuviera pasando, octogenario, endeble, de voz rotunda, calvo aunque con un manojo de pelos blanquecinos en su barbilla respingona, piel acartonada con pliegues que le colgaban por sus brazos y piernas, encorvado, vestido con ropajes de otra época, en los que no faltaba detalle, como un sombrero de copa que sostenía en una mano mientras en la otra agarraba una batuta, tal vez para dar más énfasis a lo que quería expresar, luciendo una pajarita más grande de lo normal, roja con lunares blancos, camisa blanca y chorreras, un chaleco haciendo juego con su sombrero, pantalones y levita del mismo tono,  colgándole una cadenilla que sujetaba un reloj antiguo por uno de sus bolsillos y calzado por unos lustrosos zapatos de charol terminados en punta, se encontraba subido en una especie de pedestal que estaba en el centro de una curiosa plaza de un lugar pintoresco, en la que se daban discursos e intercambiaban libros, había exposiciones de cuadros, una vieja que decía que adivinaba el pasado y futuro a quien quisiera escucharla, y un joven repartía pequeños frascos con ungüentos en los que anunciaba la cura de todo tipo de dolencias, aparte, de otros personajes que no vienen al caso, se trataba de un espacio en plena actividad pero centrémonos en este sujeto que nos llamó  la atención; a punto estaba de iniciar su charla a las gentes que pasaban por allí,  cuando nosotras, las 27 letras que formamos el abecedario,  tomamos la decisión de dar un salto sin pensarlo e introducirnos en su boca, que acababa de abrirse para que nuestro mensaje tuviera un canal  a la vez de darle voz, de esta guisa, comenzamos nuestra oratoria que empezaba así:

¨Hemos estado en todo tipo de vivencias, a nosotras siempre nos  han usado, utilizado, copiado, manipulado incluso agredido pero también estudiado, analizado,  traducido e interpretado, resultando a veces aprendidas, cantadas y memorizadas, recordadas u olvidadas.

Pasamos por toda clase de situaciones, alegres, tristes y agridulces.

Vivimos tiempos de riqueza, pobreza, guerra y paz.

Servimos de adorno, trampa, mentira, verdad, advertencia, consejo, proverbio, refrán, anuncio, arma arrojadiza o lección.

Según nuestra manera de comportarnos nos convertimos en  ruidos, susurros, pasamos a un tono normal o nos refugiarnos y escondemos por medio de silencios, además de pausas provocando en momentos de incertidumbre.

Aparecemos en idiomas y dialectos, habladas, leídas, escritas, esculpidas, grabadas escuchadas u oídas según los casos, admiradas, respetadas o criticadas llegando a ser en ocasiones malditas y censuradas.

Según y cómo nos agrupemos, podemos ser educadas, cultas, soeces, vulgares, sencillas, pedantes, inoportunas, insultantes, diplomáticas, repetitivas, sutiles, atrevidas, elegantes,  halagüeñas y etc., adquiriendo el disfraz de argot o tecnicismo.

De acuerdo con nuestra manera de actuar, hablamos, ordenamos, regañamos, contamos, preguntamos, exclamamos, narramos, describimos, admiramos, afirmamos, negamos, gritamos, callamos, criticamos, dudamos, defendemos, o dañamos.

Existimos desde el principio de los tiempos al sustituir a los sonidos (acompañando al ser humano a lo largo de su vida)  y estaremos hasta el final de ellos…

Somos lo que no se sabe, cuando lo que se está buscando, no se encuentra, estamos en el diccionario, nos llaman abecedario nuestra empresa es la Real Academia  de la lengua.

Se  nos puede ver o mirar y sentirnos cómo una brisa que os acaricia  siendo  capaz de enamoraros sin tocaros llamando vuestra atención,  aunque podéis interesaros o ignorarnos.

Subliminalmente en ocasiones nos transformamos  en una voz interior, en off, en sexto sentido e intuición,  conducidas por la fe en oraciones y plegarias.

Nuestra forma puede ser mayúscula, minúscula, en cursiva, negrita  o de color.

Normalmente siguiendo un orden, nos situamos en textos escritos en prosa o verso, al principio de un escrito o al final, es decir, en el título o a pie de página sin embargo esto no significa que no seamos capaces de ubicarnos en cualquier otra parte  como anotaciones, añadidos  apéndices o pestañas tanto en papel como en el ordenador.

Físicamente somos signos unidos unos a otros obedeciendo unas reglas que si las omites se convierten en faltas de ortografía,  somos de dos clases; vocales o consonantes, trabajamos juntas y libremente en armonía para evitar cacofonías.

Aunque formamos parte de un todo, cinco de nosotras que se denominan dígrafos van siempre unidas, las restantes funcionamos separadas teniendo siempre en cuenta nuestro objetivo  de formar un sentido exacto y literal de lo que queremos explicar.

Somos una serie  de símbolos con carácter, algunas abiertas, otras cerradas, con destino según sea nuestra misión  para  ser denominadas palabras graves, agudas y esdrújulas incluso algunas veces, hemos sustituido a los números ya que éstos los podemos escribir con letras y no al revés, por otra parte, aunque todas somos imprescindibles para la labor que hacemos en el lenguaje, unas trabajamos más que otras pero no por ello somos más importantes.¨

Y dicho todo esto, viendo que ya se hacía de noche y se iban encendiendo las farolas y las personas se iban retirando a sus hogares quedando cada vez, más huecos vacíos, nos unimos todo lo que pudimos, unas con otras, formando algún que otro hiato, diptongo y triptongo para no perdernos,  dando un salto, salimos todas de la boca de aquel buen hombre, entrelazadas unas con otras formando palabras  dentro de una frase, nos fuimos por los adoquines para terminar en el que habíamos permanecido, donde se podía leer una cita que solo sabíamos formar nosotras en la cual aparecíamos todas y cada una de las letras que tenemos en nuestro abecedario sin repetirnos ni una sola vez, así dimos por terminado nuestro manifiesto, pero los gritos resonaban de vez en cuando en las esquinas, dejando ecos que rememoraban las voces que  habían poseído  a nuestro orador durante el día.

 

 

Mª Natividad González de Orduña Navas.

 

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