LA CORBATA, Autora: Concha Vallejo

 

El abogado nos ha citado a las once en el juzgado. Me preparo y antes de salir me miro de reojo en el espejo y suspiro, coquetería femenina, sigo siendo una mujer guapa, o sigo “estando buena” como diría mi hermana pequeña, aunque la verdad es que poco me importa. Él me abandonó hace dos años, cuando consideró que yo ya no valía un esfuerzo. Afortunadamente, el tiempo ha cumplido su misión, y hoy me siento bien después de haberme tragado día a día mi decepción y mi impotencia.

Nos conocimos hace diez años, yo resbalé al bajar del autobús y él me ayudó a incorporarme. De aquel encuentro solo recuerdo su mirada, que me hablaba de admiración y de sorpresa. Después el azar jugó a nuestro favor y nos volvimos a encontrar en la fiesta de un amigo común. “Quiero verte otra vez, me encantan tus ojos soñadores, tu sonrisa risueña, tu elegancia”, me piropeaba sin palabras.

A los seis meses nos casamos.

Durante un par de años fui feliz. Educada a la manera tradicional, me consagré al cuidado de mi esposo: siempre estaba atenta a sus deseos, nunca le llevaba la contraria. Si nuestros criterios diferían, era yo quien cambiaba de opinión. Sólo veía el mundo a través de sus ojos, y si estos se enturbiaban, sabía que yo era la culpable; ¡Ay! esa mirada, esos ojos que pronto dejaron de mirarme, si no era para transmitirme su desprecio.

 

Él comenzó a salir a todas horas, me acusaba de ser una aburrida, de enfermarle con mis constantes quejas, de tener que recurrir a los amigos, a las juergas, incluso a otras mujeres.

Cuando me pidió el divorcio, supe que de nuevo se había disfrazado de mago para pasar de ser sapo de charca a príncipe de cuento; lo mismo había hecho conmigo. “Pobre mujer”, pensé.

Camino despacio, aún faltan unos minutos para llegar al Juzgado. Le quise mucho, pero ya no le quiero. ¿Cómo podría? Le hubiera abandonado, pero escogí languidecer y apurar hasta el último sorbo de mi cáliz. Alguien escuchó mis plegarias y vino a mi rescate en forma de mujer.

El juez ha dictado sentencia, no siento ni pena ni alegría, definitivamente el vínculo se ha roto. Ya soy libre, ya no tiene poder sobre mí. Lo perdono, no le guardo rencor, ni eso quiero tener suyo.

Han pasado unos días y el único recuerdo que guardo del que fuera mi esposo es el de la corbata azul con flores amarillas que llevaba en el juicio.

El lazo estaba roto.

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