CRÓNICA DE LUIS VINUESA, SESIÓN 25-1

Indómito dominó

 

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Como en la anterior crónica me descubrí yo solito diciendo que las grababa, mis compañeros me han sujetado los brazos medio en broma, medio en serio y me han registrado los bolsillos hasta sacarme el móvil y dejarlo en el centro de la mesa custodiado a la redonda por un whisky JB, varías cervezas Mahou y un café cuya marca desconozco. Lo recuerdo todo perfectamente gracias a la memoria visual, también recuerdo vagamente un documental en el que denunciaban el complot del régimen para que no se conservara ningún registro de la voz de Lorca. Se le veía al poeta en una grabación muda de cine. Recordard que El cantor de jazz es de 1927. Recordard: la evocación visual sin el apoyo auditivo de la grabación puede provocar paranomasia mental. He de terminar la crónica antes de que amanezca, porque esta fantasmagoría de la memoria pasa de funcional a modernista con las horas, de modernista a romántica con los días y con los meses a barroca e incluso a rococó con los años. Llegar al clasicismo mnemotécnico dicen que es como la meditación del oriental a un paso del Nirvana, donde quizás el Partenón. Bien, pero además fui subrayando y anotando en mi libro al hilo de vuestras observaciones, cabrones, y también tengo mi modesta biblioteca amarilleando aquí en el sótano, junto a los vinos. ¡Qué exquisito el amontillado, ja, ja! Ah, sí, mis libros:

 

Llamamos literatura potencial a la búsqueda de formas y de estructuras nuevas que podían ser utilizadas por los escritores como mejor les parezca.

 

Françoise le Lyonnais, miembro del Colegio de Patafísica, cofundador del Oulipo, editor, escritor, matemático, ingeniero y jugador de ajedrez.

 

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Como no cabe aquí ni en el universo todas las partidas posibles del ajedrez y el puzzle de Perec me tiene “amontillando” perdido (llevo localizadas 92 de las 179 piezas que aparecen en el capítulo LI), paso a resumir nuestra tertulia ¾solo lo que trascendió afuera del propio libro¾ en plan divertimento-dominó, pero no al uso del dominó tradicional que se abre al seis doble, no, no, sino al uso de serpentín dinámico con el cual el escritor francés, página a página, nos cuela, por ejemplo, una memorable micronovela negra en once páginas

igual que Bolaño compuso en treinta páginas una novela río con Vida de Anne Moore

o la historia de la anticuaria que confunde los objetos de su hogar con los comerciales, como le pasaría a cualquiera que trabaje en el Ikea

o al personaje de Vera Orlova, que nos recuerda a unos a la amante de Picasso, Olga Khokhlova, a otros a una sobreviviente de la familia Romanov

o también pensamos que el lenguaje es elegante, pero el autor lo vuelve costumbrista con las porteras de las que seguro bebe el erizo de Muriel Barbery

oh, encontramos una referencia al Freeman, el periódico de Leopold Bloom y eso siempre emociona

o hallamos otro guiño a Joyce, que según Nabokov es el hombre del Macintosh, en unos marineros cubiertos de pieles cuyo capitán se llama M`Clintoch

o que hay humor reivindicativo en la pieza 53: El guitarrista que cambió de sexo para ser super-star

que el artista Bartlebooth y el artesano Winckler no son símbolos de Dios ni del Mesías respectivamente, ya que Francia es tal vez el país más laico

que Winckler, aunque llamado artesano por el narrador, es artista y cada vez que alguien va a verlo deja su trabajo como lo haríamos cualquiera de nosotros, escritores

que su mujer se llama Margarita como la de Fausto

que las descripciones de Perec son demasiado objetivas y que, aunque la estilística del libro lo pida así, yo metería algún símil refinado para cerrar

que desconocemos lo que es un G.I americano, pero nos lo aclara alguien de fuera, un espontáneo musculoso que nos dice cordialmente que las siglas corresponden a un tipo de soldado estadounidense. El informante se encuentra en una mesa cercana tomando su consumición, con una mujer al lado meciendo a un bebé lloriqueante que va vestido con un mono de algodón beige con el motivo de un corazón estampado en blanco crudo delante. Los hombros y la entrepierna son de corchetes llamados automáticos, supongo que para facilitar la acción de vestirlo y desvestirlo. Sobre el mono, una chaqueta de punto gris destapada con botones de plástico tono madera. Ahora ella lo calma dándole discretamente el pecho cuya areola brilla con el color de la mortadela.

 

 

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