CRÓNICA DE LUIS VINUESA, SESIÓN 14-12

No se admiten flores ni coronas

 

 

“Después se ponía a llover y volvíamos tranquilamente a casa [Perec y Bolaño] ¿Pero dónde estaba nuestra casa?”

                                                                       Bolaño, Un paseo por la literatura

 

Acaso en la calle Simon-Crubellier. Quizás adentro del edificio, por supuesto que en cada piso. Pero ahora pongamos solo en el apartamento de la señora Moreau, con Henri Fleury como decorador. Vaya oficio glamouroso, Perec, que le buscaste a Henry Flower, a quien le afrancesaste el nombre para borrar su pasado dublinés.

A todo esto, MJ. propone una novela que se vaya borrando a medida que avanza la propuesta. La idea es tan bartlebootheana, que los wincklereanos, por temor a la nada artística, proponen otra ronda de bebidas. Sí, Bolaño, ya sé que la diseminación de la misma (o parecida) palabra es notoria en cada secuencia sintáctica. En la anterior casi sale lo que llamaríamos epanadiplosis, que suena a ardor de esófago, pero que es figura retórica que cohesiona el puzzle como las cruces de Lorena, los muñequitos y otro tipo de cruces. Perec y Bolaño cruzaron viaje, ellos, dos muñequitos enormes de la literatura. El primero pasaba por Sumatra junto a la “tribu esquiva” –La vida instrucciones de uso-, el segundo por Borneo junto a “los basureros del bosque” –2666- . Tú miras un mapa y Borneo y Sumatra cruzan el mismo paralelo, la pieza encaja.

(Vaya, si Hemingway fue un maestro de la repetición, se ruega indulgencia…)        JM. dice algo así como que el artista es el científico y el ingeniero el artesano, por lo que se me ocurre desvelar el catálogo secreto, del cual tan solo escogeré las palabras más relevantes a mi juicio para que Perec decida si acertamos -o acertó él- con el signo de la venganza que anuncia al principio de la novela y que como lectores construimos (nadie sabe que grabo las sesiones, la de hoy salió nítida, en el local donde se respiraba un gran ambiente navideño).

El catálogo secreto es único en cada sesión, la literatura engaña al algoritmo. Así, pues, la palabra “arte” se pronunció treinta y dos veces, “artesanía” veinticuatro y “artes”, en plural, una. “El arte por el arte” no se dijo, porque ya se adelantó Gautier y no es cuestión de repetirse. “Permanecer” se emitió en nueve ocasiones y “trascendencia” en seis. “Cerveza” salió diecisiete veces, lo que no expresa la exactitud de las consumiciones; por contra, “vino” se pronunció cinco veces, y cinco fueron los riberas bebidos por dos asistentes diferenciados. Por último, mencionaré algunos términos sueltos que quedaron suspendidos como soles negros en la sala luminosa de Navidad y que deseo recuperar en recuerdo de una sesión memorable: acuarela, gimnasia, estudio, acolchado, druida, constructo, Querétaro, fotografía, enero.

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